La necesidad de dolor

Cuando terminó de leer la última página, con los ojos devorando cada palabra, Sara cerró el libro lentamente y suspiró con tristeza. Qué horrible era la guerra se dijo con la mirada brillante y una creciente angustia en el pecho. Lo decía con cierto alivio, en realidad. Era, se repetía, mientras las bombas caían a su lado. No a su lado, no, al lado de alguien lejano pero igual a ella, que no había leído el libro porque, ya saben, los libros existen solo para disimular y hay quienes no tienen tiempo para eso.

— ¿Sabías que los rusos incendiaron Moscú cuando Napoleón los invadió? Sus propias casas, sus pertenencias… ¡Qué locura!

Amelia, recostada en la cama, la miraba con curiosidad. Le gustaba estar presente cuando Sara terminaba un libro para ver la reacción en su cuerpo; se le aflojaban los hombros, respiraba con una emoción exasperante y parecía como si acabase de despertar de un sueño. Levantaba la vista y la miraba, un poco perdida, sin reconocerla del todo, sonriendole distraída. Y entonces empezaba a hablar.

— ¿A quién se le ocurre? Y pensar que todo, todo esto — y señaló el libro para remarcar aquel esto — es real. Alguien estuvo ahí, alguien lo vivió. Es increíble.

Suspiró una vez más, con los ojos cerrados, haciendo silencio. Amelia dejó escapar una risa que cortó de inmediato.

— ¿Qué? — Preguntó Sara.

— ¿Qué, qué?

— Te reíste con esa risa de burla, la de “no estoy de acuerdo con lo que decís”.

Amelia pretendía escapar a la confrontación; no le gustaba hablar demasiado de cosas importantes, porque sentía que las palabras eran mucho más lentas que sus pensamientos. Sara seguía mirándola insistente, abrazando el libro como si de un niño indefenso se tratase.

— A ver… No es un locura. Eso pasa ahora, pasa todos los días. Nosotras solo… bueno, nosotras tenemos suerte ¿No? Pero nos olvidamos todo el tiempo que, en realidad, nada cambió.

Sara juntó las cejas y se acomodó en la silla visiblemente incomoda. Dejó el libro sobre el escritorio y, mirando una vez más a Amelia, suspiro cansada.

— Si, ya sé. A veces es fácil olvidar. Es preocupante.

Amelia se arrepintió sabiendo lo rápido que Sara podía deprimirse. Sabía que, al hacer ese comentario, la mente de Sara se había sumergido en la profundidad más oscura, donde las ideas solo podían ser horribles y, peor aún, reales.

— ¿Hay alguien incendiando Moscú? Ahora, en algún lugar, hay alguien muriendo por lo mismo que morían hace muchos años. No en moscú, no, pero si en otros lados. Se incendian, ¿No? Todo se prende fuego.

— Si, si… Se siente raro. Saberlo, y estar tan lejos.

— Estamos tan lejos de ellos como lo estamos del pasado, Lia. Pero creo que nos vamos a incendiar toda la vida por esto — llevó una mano a su pecho — toda la vida esto nos va a quemar por dentro sin que nos demos cuenta.

— ¿El dolor?

— No, la necesidad de dolor. La necesidad de ser cruel o recibir crueldad.

En aquella habitación, esa tarde de septiembre, los muros que teje la indiferencia se habían agrietado. Afuera había un sol maravilloso y se escuchaba los gritos juguetones de les pequeñes saliendo de las escuelas, y los comentarios monótonos de dos hombres discutiendo sobre política. A una cuadra un joven corría alrededor del parque convenciéndose que eso era amarse a si mismo, y dentro del parque, entre el pasto húmedo y pisado, crecía el aroma a primavera, indiferente al amor, al dolor, o a cualquier otro sentimiento humano. Sara y Amelia se miraban en silencio, con las paredes derrumbándose y confundiendo los gritos con el miedo, y el sol con el fuego de las casas ardiendo. Dos panoramas distintos que en el contexto de sus pensamientos parecían complementarse.

— Necesidad. ¿Vos sentís esa necesidad?

— No, no. Pero no me espanta, no todo el tiempo. ¿A vos te espanta? La guerra, morirse de hambre, que te peguen un tiro, quien sea, cuando sea, porque sí. La tortura, la violación. No solo a vos, ni a mi, sino saber que pasa, que esta pasando. ¿Te pesa?

— A veces — admitió Sara con verguenza. Le hubiese gustado decir “siempre”, pero sabía que no era la verdad.

Amelia sonrió con tristeza.

— Es así. Somos los rusos incendiando Moscú. Si prendemos fuego toda consciencia, si dejamos solo la indiferencia, no hay dolor que entre, ni forma de que nos interese lo que venga de afuera. Y al final nada importa…

— Pero ¡No quiero! No quiero quemarme.

Sara se puso de pie mientras repetía no quiero. A veces parecía una nena de cinco años, sobretodo cuando se enojaba. Amelia trató de incorporarse un poco en la cama, pero el peso del derrumbe le quitó las fuerzas y simplemente siguió con la mirada a Sara, quien ahora estaba junto a la ventana y miraba a la gente, los autos, los arboles del parque, como quien mira algo que no comprende y por ello le repugna.

— ¿Qué es real de todo esto, Amelia? — susurró sin dejar de mirar por la ventana — ¿Qué es esta falsa paz, cuando en realidad estamos muertos de miedo?

— No quería que te pongas así.

— Ah, pero ya está, ya soy así.

Había lagrimas en sus ojos. Amelia se preguntó si era en serio, o la intensidad de su propia actuación la había llevado a llorar. Sara era exagerada, apasionada, mentirosa; Amelia podía ver el fuego en su interior, que muchos confundían con la pureza de su carácter, pero que ella entendía (y ahora más que antes) como su ignorancia. Sin embargo, no podía dejar de sentir curiosidad. Sara lloraba, miraba afuera, sin realmente mirar nada, y suspiraba. Una, y otra, y otra vez.

— Es todo mentira, Lia, todo mentira. Nos incendiamos. ¡Nos estamos incendiando! Y nosotros mismos prendimos el fuego. La historia se repite y no nos estamos dando cuenta. ¡Qué fácil es olvidar!

Amelia se levantó, se dirigió al escritorio y tomó el libro con una mano. Estaba manchado de café y labial en varias hojas, y arrugado en el lomo. Todo aquello, de pronto, era extremadamente aburrido y sin significado; los muros volvían a levantarse y afuera otra vez era primavera.

— ¿Me lo prestas? — preguntó Amelia, sin mirar a Sara, ya guardando el libro en su mochila.

— Si, si — contestó con una voz mecánica y lejana. Seguía mirando por la ventana, inmóvil como si fuese una porción más del paisaje.

Sin decir nada, Amelia guardó sus cosas, abrió la puerta y se fue.

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