A day in the life

Marta G. Navarro
Aug 24, 2017 · 9 min read

Son las 7 de la mañana y vuelvo a abrir los ojos. Debí quedarme dormida hacia las 3 pero no puedo estar más tiempo en la cama, como si ponerme en marcha hiciera correr más rápido las manecillas del reloj. Repaso mentalmente, y luego en voz alta, el contenido de mi equipaje con especial cuidado de no olvidar los encargos para Patricia ni la bolsa con la ropa que he usado estos dos días en Málaga. Es una lista corta y sencilla, pero no la consigo acabar. En mi mente se cuelan imágenes de los recodos de las calles en las que Los Beatles se criaron, o el edificio que me dará la bienvenida, el John Lennon Airport. O bien otro letrero, el de The Cavern Club. O más bien “the other” Cavern Club, porque está construido enfrente de la ubicación original del mítico club.

Me da miedo volar, o más bien despegar y aterrizar. Así que eso achaco el hormigueo que siento por todo el cuerpo y que me convierte en un ser torpe y distraído. Más de lo normal, quiero decir. Pero hay algo más, un estremecerse del cuerpo cuando algo le hace vibrar. La noche anterior había intentado apaciguar los síntomas a base de mojitos y buena conversación. Hasta que acabé la noche brindando con Southern & Comfort y ahí lo vi claro. Ese exótico licor de whisky, que suelo pedir cuando en el local de turno lo tienen disponible, lo bebo desde que un amigo (por entonces amigo, mejor dicho) me hizo una detallada narración de su primera experiencia en Liverpool. Y, por lo que sea, me convenció de que allí lo típico es beber Southern & Comfort. La primera vez que lo probé, con cola, me gustó. Tiene un regusto dulce y una graduación contundente que complace mis expectativas de embriaguez cuando la situación lo requiere.

“Así que era eso”, me dije anoche, “estoy nerviosa por el viaje”. Muchas son las veces que he oído hablar de Liverpool en casi 20 años. Y unas cuantas las ocasiones en las que he estado a punto de cambiar. Pero para cambio el que ha dado mi vida los últimos doce meses. Culminarlos en la tierra prometida de los beatlémanos me parecía hasta una misión de obligado cumplimiento.

Mi relación con el universo de Los Beatles tiene mucho que ver con el amor. Ellos mismos dijeron que al final el amor que das es el amor que recibes. Y tenían razón. Descubrí a los cuatro de Liverpool de manera consciente por culpa de Antonio y David, que pusieron en mis manos una pluma y la edición de bolsillo de un libro de Jordi Sierra i Fabra que fabulaba sobre la adolescencia de John Lennon y su relación por entonces con Paul McCartney. Sandra, por entonces mi “muy mejor” amiga me regaló una cinta de casete con éxitos de Los Beatles que rulaba por su casa. Lo mejor: los títulos de las canciones estaban traducidos al español.

Pero la conversión llegó de la mano de un amigo muy especial, uno de esos amigos con derecho a conversación que fui teniendo por entonces. Consiguió de manera casi mágica, como de contrabando, un CD-Rom con toda la discografía de Los Beatles. Y nos tumbábamos en el suelo de su habitación, a nuestros 14 años, a escuchar canciones que nos parecían de lo más estrambótico y que seleccionábamos porque su nombre nos pareciera divertido. Pronto descubrí que habían escrito una canción con mi nombre, Marta. Y, obviamente, era una oportunidad demasiado golosa como para que mi asilvestrado ego la dejara pasar sin creer que era una señal del destino. Pues no, hija mía, era el nombre del perro pastor de Paul, una preciosa hembra para más señas. Bueno, y dicen que puede que su turbulenta relación con Jane Asher le sirviera de inspiración para escribirla, pero no nos vamos a meter en asuntos de alcoba que de eso no sé yo.

No era consciente por entonces de que se había abierto una puerta a una experiencia no solo musical sino casi a una forma de vida. Buscando cosas de Los Beatles me conecté por primera vez desde un cibercafé paleolítico, hasta que di con la página sobre ellos que montó Enrique Cabrera casi cincelándola en la web como un Atapuerca del siglo XX. “Los Beatles” es lo primero que tecleé en el buscador del IRC-Hispano cuando compré mi primer ordenador con windows , un Fujitsu en el que me pasaba todas las horas que permitía mi tarifa plana: de 18 horas a 8 horas del día siguiente y 24 horas al día los domingos y festivos nacionales. En el canal #beatles conocí a algunos de mis mejores amigos, personas que continúan en mi vida y han sido cruciales en muchos momentos. Compartíamos una intimidad que ahora, con esto de la globalización digital, sería inaudita. Creo que tiene que ver con ese empeño en no desconectarnos sin agotar las horas de tarifa plana, cuando se te acaban los temas de conversación comienzas a hablar de lo realmente interesante. Casi por aburrimiento, por rellenar el tiempo. Juntos lloramos a George Harrison y juntos vivimos el día a día durante algunos años. Luego vinieron los foros, las redes sociales… pero esa es otra historia.

Con Toni Hernández Ritore en 2001. Convención de Beatlefans en Alginet.

Y de ahí saltamos a otro momento importante, un día de San Patricio en el albor del cambio de siglo. Había caído en mis manos poco antes un ejemplar de la revista El Giraldillo, que glosaba la por entonces raquítica oferta cultural de Sevilla y provincia. Y yo no podía creer lo que leían mis ojos porque un pub irlandés, el O’Neills, acogería un concierto tributo a Los Beatles. Por entonces estaba yo pelín obsesionada con el álbum The Beatles, comúnmente llamado “blanco”. Me había jugado mi nota de inglés de COU comprometiéndome a traducir las letras de todas sus canciones. Y lo hice, que es lo peor. Así que me planté en el concierto tributo y, a la mínima de cambio, con mi pequeña voz de mis pequeños 18 años gritaba “Hapiness, hapiness” a la banda. Que no es que les deseara la felicidad, no, sino que me moría por escuchar en directo “Hapiness is a warm gun”, una de mis canciones favoritas del álbum blanco, sospecho que también porque es la que precede a “Martha my dear”. El ego asilvestrado, recuerden. Total, que la tocaron. Y yo, claro aluciné. Y seguí alucinando los dos o tres días por semana que resultó que el grupo tocaba en O’Neills. Y cuando empecé a trabajar en una tienda de discos alucinaba más aún. Porque colaba cada día entre los discos del hilo musical algún disco de éxitos de Los Beatles y mi jefe venía bramando pidiéndome que lo quitara. O porque el entrañable y único “Manolito Beatle” aparecía por la tienda de vez en cuando besando el suelo por donde pisaba una beatlémana, o sea yo, y gritando “¿dónde está la de la perra de Paul?” (o sea, Martha, o sea también yo). Una vez me señaló durante mucho rato desde lejos gritando que tenía cara de Lennoniana y que él mismo fue de Lennon una vez pero ahora era más de Paul.

Pasaron los meses y seguía yendo a todos y cada uno de los conciertos tributo de aquella banda. Ya la cosa llegó al punto de que si tocaban en Granada, allá que me plantaba, y si iban a Valencia me hacía amiga de un tal Nacho, del foro, porque me rescataba del hostal que había reservado diciendo que mi habitación era lo más parecido a la escena de un crimen de una película almodovariana. Dejé la habitación dos horas después de entrar en ella, así que no he pasado más vergüenza en mi vida. Y seguía teniendo 18 años, o 19 ya. ¿Qué más dará? Total que los músicos en vista de que iba a estar en todos los conciertos me metieron en plantilla. Se convirtieron en mis segundos padres, de hecho tienen la edad de mi padre, y de ellos aprendí casi todo lo que sé de la vida. Quiero decir esas verdades ocultas de la vida que o te las enseña un mentor o nunca descubres. Como en qué consiste un bautismo de fuego gaseoso en una banda de rock, o a beber alcohol, o a robar comida de los caterings o el sex appeal que en los demás produce que estés con una banda de rock aunque no te subas al escenario.

Un buen día todo eso terminó y terminaron también cuatro largos años de escuchar solamente música de Los Beatles juntos o en solitario. Instintivamente me alejé de toda la vida social relacionada con los de Liverpool. Como cuando terminas una relación que ha sido corta pero muy intensa y necesitas cambiar de aires, dejar pasar el tiempo para recordar aquello como una época feliz.

Con Erra Biurrun y Nacho Ramos en 2002. Convención de Beatlefans en Alginet.

Pienso en todo esto mientras Luis intenta averiguar cómo acceder a la terminal de salidas del aeropuerto con su coche y respiro hondo como si así la mezcla de hierbas relajantes que me he tomado a modo de comprimido me fuera a hacer más efecto. Pero no, sigo nerviosa. Así que me pongo a adelantar trabajo con el portátil en la mismísima puerta de embarque hasta que llega el momento de subir al avión. Me toca al lado de dos mujeres oriundas de la mismísima Liverpool. Una chica joven muy sonriente y una mujer de 51 que lleva desde el año 86 viviendo en España y tiene 3 hijos, una de ellas casada con un cubano nacionalizado español. Y, claro, ahora con esto del Brexit o se casan o él no puede tener nacionalidad inglesa. Luego está el mayor, de 31, al que ya le ha dado la señora el toque para que vaya pensando en hacerla abuela algún día. Que es muy trabajador pero muy tranquilo. Él y su otro hijo trabajan la temporada de verano en Menorca mientras que la chica está en Liverpool pero se va a trabajar a Irlanda por lo del Brexit.

¿Qué cómo sé todo esto? Porque la señora me ha visto la cara de sustito antes de despegar y ha estado todo el viaje pendiente de que estuviera bien. Cuando el aparato ha llegado a su máxima aceleración y se ha despegado del suelo me ha cogido la mano con mucha educación y sutileza y vive Dios que lo he agradecido. Igual sigo teniendo el ego asilvestrado, porque ambas cosas me han parecido muy simbólicas y bellísimas. La generosidad y el cariño de esa mujer de Liverpool, del propio Liverpool acogiéndome y la ascensión. El acelerar lo máximo posible y dar ese salto de fe que debemos dar de vez en cuando para seguir siendo felices. Una vez que lo das el cuerpo se relaja poco a poco, te das cuenta de que no pasaba nada y que, de hecho, te has quitado un peso de encima.

Si, hace tiempo que Los Beatles han vuelto a mi vida aunque nunca se fueron. Como vuelve todo lo que ha sido bueno e intenso, y lo recibes con más madurez y sabiduría que la primera vez. Lo disfrutas porque ahora sabes que es efímero, que se puede marchitar en cualquier momento. Y prueba de ello es que hoy, por fin, me tomaré mi primera copa en Mathew Street para después bajar por primera vez las escaleras del Cavern. Y soltaré una lagrimilla, no sé si física o no, recordando todas aquellas veces que bajé otras escaleras mientras sonaba la música de los magos de Liverpool y yo soñaba que estaba donde hoy voy a estar. Cerrando mi propio círculo allí donde, para John, Paul, George y Ringo, comenzó todo.

Aeropuerto John Lennon, Liverpool. 2017.

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Marta G. Navarro

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Periodista, locutora y presentadora. Fan de @thebeatles . Zurda. Escribo cosas. Escúchame en @SabelotodoRadio y a veces en @ProgramaDelYuyu .

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