Descifrando el enigma de Alan Turing

El siguiente texto incluye pasajes de la película “The imitation game”.

Alan Turing fue un genio que sentó las bases de lo que hoy llamamos informática moderna. Personalmente hacía mucho tiempo que no descubría una figura que me causara tanta admiración como él y es el primer mérito que le encuentro a la película basada en su vida y protagonizada por Benedict Cumberbatch. Este actor, por cierto, vuelve a dar un giro de timón magistral a su carrera con una interpretación en la que sale de sí mismo para ser ese Turing cinematográfico que construye la película. Que si, según todos los cronistas, biógrafos y allegados la personalidad de Turing era ciertamente distinta pero, en mi humilde opinión, el Turing que nos muestra la pantalla es así con un propósito.

Es obvio que una película jamás podrá reflejar fielmente un libro o unos hechos que ocurrieron en la realidad. Y cuando lo intenta, como en Lo Imposible, corre el riesgo de parecer poco verosímil. Paradojas de la vida. Sobre qué podemos considerar una buena adaptación creo que hay varias corrientes de opinión. Me quedo con aquella que piensa que adaptar es transmitir unas ideas principales, unos conceptos básicos que sean coherentes con la historia que se adapta. Para mí un gran ejemplo de esto es la versión cinematográfica de “Yo, robot”. La película no se parece en lo más mínimo al libro pero, creo, consigue transmitir con la misma intensidad las ideas básicas en que se asienta.

Eso mismo pasa en “The imitation game”. La película dibuja a un Alan Turing que es diferente, en el más amplio sentido de la palabra. Usa y exagera recursos como un supuesto síndrome de asperger para marca esa diferencia hacia fuera y hacia el mundo interior de Turing. Enfatiza aspectos que marcaron la vida del matemático como la muerte de su primer amor, Christopher Morcom, tomándose la licencia de ponerle a la máquina con la que descifraron el código de Enigma su nombre. Me parece más efectivo marcar así la influencia de esa muerte que con una larga escena de Alan llorando o depresivo. Porque eso es lo que ocurrió realmente según las crónicas.

Otro aspecto que se critica es el tratamiento del personaje femenino, Joan Clarke. Su personaje es la perfecta aliada para reforzar la idea fuerza de la película, que es la diferencia. Queda claro, una vez más, en la frase que dice Turing a Clarke y que se repite hasta tres veces en el metraje (que yo contara): “A veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina”. Por ello, si, me parece necesario y pertinente inventarse la escena de Clarke con el examinador militar que la manda a la zona de “secretarias”. O la oposición de sus padres a su nuevo trabajo, e incluso relacionar la proposición matrimonial de Turing con facilitarle la vida profesional a Joan. La realidad no era diametralmente opuesta pues, finalmente, Clarke se casó con un hombre bastante mayor que ella y no he leído que tuviera hijos. Pero si que tuvo una carrera brillante, así que en realidad tuvo que ingeniárselas para hacer lo que le gustaba en un mundo de hombres.

Del mismo modo que pasa con los aliados, toda película necesita un antagonista. Y en “The imitation game” el antagonista es la violencia con la que podemos reaccionar a lo diferente y cómo eso nos puede hacer sentir bien. ¿Me van a decir que no es una manera de plasmar de la tragedia de Turing que, además, es una verdad universal? Brillantemente representa esa tragedia en un puñetazo, un superior que intenta romperle la máquina o una mala relación inicial con sus compañeros. Pero detrás de esas “metáforas” está la violencia con la que fue tratado desde el momento en que se supo públicamente que era gay. Una violencia con la que su nación se ha sentido bien hasta hace muy poco tiempo, cuando Isabel II le indultó.

No hacía falta contar la muerte de Turing y claro que a poco que indagues te enteras que no es cierto que el tratamiento le afectara tanto como se muestra al final de la película o que Clarke parece que nunca le visitó. Pero esa escena, amigos, resume de una manera muy emocional y muy bella cómo fueron los últimos años de Alan Turing. Cómo defendió quién era, cómo no entendió ni aceptó la violencia que ejercieron sobre él por ser diferente… Cómo, probablemente, esa desesperación acabó por empujarle hacia el suicidio. En ese momento Joan Clarke le dice lo que seguramente muchos de nosotros habríamos querido decirle en ese momento. Que era maravilloso que fuera diferente, porque eso salvó muchas vidas, porque eso permitió que hoy les esté escribiendo en esta máquina con teclitas. Y que ustedes me lean. Y, sobretodo, que no hay que arrepentirse ni avergonzarse por ser diferente o que nadie tiene derecho a juzgar a otro por serlo.

Remata la narración ese imprescindible policía que le creyó espía, cosa que tampoco pasó en la realidad pero sirve para reflejar lo absurdo del proceso contra él cuando se descubre que Turing simplemente era homosexual. Ese arrepentimiento del policía, ese interrogatorio que sirve como hilo conductor… Convierte al policía en todos nosotros y permite que desde el principio sea Turing quien cuente su propia historia. “No me juzgue hasta que no termine de hablar” “¿Y bien? ¿soy una máquina o un ser humano?”. Qué manera tan sencilla y efectiva de llevar el hilo conductor de una película y, a la vez, explicar al espectador qué es el test de Turing.

Cuando salí del cine me recorrió una sensación extraña por el cuerpo. No entendía por qué en los anuncios luminosos con los que me iba topando no había grandes fotografías de Einstein, Hawking… o Turing. En su lugar había otras figuras, que representan otras cosas. Ni mejores ni peores, pero otras que me costaría trabajo intentar admirar.

Me gusta:

Me gusta Cargando…

Relacionado


Originally published at martagnavarro.wordpress.com on January 25, 2015.