La cuadratura del círculo de la igualdad

El humano es un ser débil, emocional, vulnerable y muy veleta. Ya sea por la evolución, por vivir de espaldas a la naturaleza o por el gen autodestructivo que algunos autores sostienen que tiene la humanidad. El caso es que la confrontación, el rechazo y el ataque a lo diferente es una constante a lo largo de nuestra historia escrita. Pero estoy convencida de que no siempre fue así o no habríamos sobrevivido como especie 200.000 años. Eso solo puede hacerse trabajando en equipo, por decirlo de algún modo. Mencionaba Risto Mejide en su libro Urbrands que el “problema” vino cuando los humanos comenzamos a asentarnos en grupos numerosos. Entonces ya no conocías a todos los individuos con los que te cruzabas, no tenías empatía con ellos y eran necesarias leyes que garantizaran la convivencia. Y supongo que ahí, como no podíamos conocer a todo el mundo, comenzamos a clasificar. En plan

Vale, yo soy moreno y bajito. Entonces voy a confiar en los morenos bajitos porque son como yo. Ese es rubio, no es como yo ni como los que estoy acostumbrado a ver. ¿Será hostil? Ah, mira, ha levantado el brazo. Quiere matarme, seguro, porque yo para saludar no levanto el brazo. Lo voy a matar yo antes.

Puede parecer exagerado el ejemplo pero pensemos en las películas de extraterrestres. En la mayoría a los pobres se les da presunción de violencia cuando a lo mejor vienen a la Tierra porque se ha pueto de moda cual Marina D’Or del universo.

Ahora compliquemos ese ejemplo con siglos de evolución de un modelo social basado en la acumulación de bienes que se traducía en dominar al resto de la “manada”. Bueno, algunos se erigían en poseedores de poderes intangibles como el divino para adquirir los bienes que les hicieran poderosos. Los que conseguían tener cierta influencia en el resto de mortales se preocupaban en demonizar las diferencias que les vinieran bien según el caso. Lo más habitual es colocar a los humanos con determinados rasgos físicos o color de piel por encima del resto para justificar que tengan determinados privilegios. Eso si, se cuidaban de elegir los rasgos menos comunes para ser menos entre los que repartir el pastel. Luego también estaba aquello de necesitar mano de obra gratis e inventarse que por tener la piel negra o amarilla eras menos humano, no tenías alma o cosas así. Así que te podían esclavizar. Incluso la elección de Japón como objetivo de las bombas atómicas tiene ese componente de

bueno, los alemanes son blancos como nosotros así que la historia nos va a perdonar mejor cargarnos a los japoneses que son amarillos, bajitos y con los ojos rasgados que a otros que se parecen a nosotros.

El ataque a lo diferente ha existido a todos los niveles. Lo han sufrido etnias como la judía y la gitana casi durante toda su existencia. Pero también lo hemos sufrido los zurdos y los pelirrojos. No hace tanto tiempo que a los zurdos nos ataban la mano izquierda a la espalda o nos pegaban con una regla cada vez que usábamos nuestra mano hábil. Por no hablar de que en teoría estábamos endemoniados o del taxista que me dijo una vez que nunca sería feliz porque mi vida siempre iría al revés por ser zurda. Toma castaña pilonga. Seguro que todos, si lo pensamos un poco, tenemos una historia de algo por lo que nos han percibido como diferentes y nos han hecho daño por ello. Ya sea en el colegio, en el trabajo, la familia, amigos… Pensemos, por ejemplo, en la tendencia que tenemos a juzgar a nuestros compatriotas por la región en la que nacieron, el idioma que hablan o el barrio donde viven. Bueno, creo que el contexto se entiende, ¿no?: siglos de gentecilla asustada por el que no sea exactamente como ellos. Pues ahora nos metemos en harina.

Pese a que vivimos en el siglo XXI y estamos globalizados por Skynet… digo internet, estamos asistiendo en España a un auge de la confrontación. Ojo, que la confrontación puede ser buena. Cuando se pone un tema sobre la mesa y se debate con pasión es que importa, y que algo está cambiando en la percepción social al respecto. Como la herida que escuece porque se está curando. Podría poner ejemplos de debate y confrontación que han dado como resultado cambios sociales, como el avance en la igualdad de derechos para el colectivo LGTB. Pero el foco urgente está ahora sin duda en la confrontación de género. No voy a intentar dar una explicación al origen del patriarcado porque para eso ya hay investigadores que han publicado estudios serios al respecto. Lo cierto es que en algún punto comenzó a existir y la mujer desde entonces se ha visto relegada a un segundo plano, anulada, infantilizada y menospreciada. La buena noticia es que a día de hoy somos conscientes como sociedad de ello, enhorabuena por nosotros. La mala es que son tantos los clichés y comportamientos aprendidos que sustentan el machismo que parece una lucha utópica deshacernos de ellos. Llevamos muy mal, al menos en España, descubrir que hemos hecho algo mal. La culpa, ese concepto judeocristiano que nos atormenta, nos hace sentir fracasados ante el error en lugar de animarnos a avanzar aprendiendo del fallo. Entonces si, por ejemplo, a mí de pequeña me enseñaron que las mujeres no pueden ser militares voy a recelar e incluso reaccionar mal ante la que se ha puesto las normas por montera y ha decidido serlo. Por varios motivos: porque yo quería serlo y no lo hice por mi educación, porque me considero mayor como para cambiar mi manera de pensar… Pero el resultado es el mismo, ataco para mantener mi status quo o mi pensamiento.

Y, entonces, como en toda revolución nos colocamos en una postura radical, extrema, a ver si basculando desde el lado más débil llegamos al punto medio. Porque ese mensaje radical es el único que puede hacer a la gente reaccionar. Para atacarlo o para defenderlo. El problema es que, a la vez, ese mundo globalizado del que hablábamos manda mensajes contradictorios a las nuevas generaciones: hipersexualización de la mujer, relaciones de pareja tóxicas o con violencia cruzada, apología del machismo adolescente… Supongo que porque transgredir lo políticamente correcto, jugar con fuego, es excitante a determinadas edades. Pero el caso es que el resultado es una polarización extraña que a ratos me preocupa y a ratos no. No porque, como decía antes, presiento que la omnipresencia del discurso de género desembocará en un cambio de mentalidad, conseguirá derrumbar muchos de esos clichés haciéndonos conscientes a nosotras y a ellos para evitar perpetuarlos. Pero mientras tanto ese discurso está generando daños colaterales, como la gestión del fenómeno del maltrato. El maltrato de hombres a mujeres no es un asunto nuevo ni es cierto que cada vez haya más casos. Lo que hay son más denuncias, más control, más atención. Y, está claro, que muchos asesinatos y casos de malos tratos están sustentados en la concepción machista de las relaciones. El “eres mía o de nadie” o “las mujeres tenemos que aguantar”. Pero esa simplificación que nos lleva a creer ingenuamente que erradicando el machismo terminamos con los asesinatos de género o el maltrato de hombre hacia mujer hace que se nos escapen por el camino otros muchos elementos clave para una auténtica solución del problema. Incluso admitiendo que en el origen del maltrato de hombre a mujer está únicamente el machismo. Un menor que vive en un contexto de violencia normaliza el uso de la misma en las relaciones interpersonales, sufre trastornos en el apego, la autoestima… No es complicado que cuando crezca reproduzca inconscientemente los patrones aprendidos, de víctima o verdugo. Ahí ya tenemos una tipología de caso que no se resuelve atacando solo desde el género. Caso extremo, muy extremo, es el de Beth Thomas. Sus sesiones de terapia se convirtieron en un documental que sirvió para alertar de las consecuencias que tiene el abuso de menores. No obstante, los niños que han vivido en un contexto de maltrato al estar también expuestos a traumas en su primera infancia, pueden presentar algunos rasgos o pensamientos similares aunque infinitamente más leves. Con lo que podemos deducir que es necesario ampliar los frentes desde los que se ataca el maltrato para tener éxito.

Al final lo sencillo sería ser como uno de esos niños que descubren que da igual si tienes los ojos marrones o azules, que eso no te hace mejor ni peor. Eso es lo coherente. Pero nos han enseñado que según el color de la piel y la procedencia serás una persona que no respete la vida de los demás, o un tipo mentiroso y tramposo, poco de fiar, o poco civilizado… Nos han dicho que los extranjeros vienen a delinquir y abusar del sistema público español pero que nuestros abuelos emigraron a Alemania en busca de un futuro mejor. A los niños os dijeron que no debíais llorar y que seríais fracasados si no podíais “controlar” a vuestra mujer. A nosotras la sociedad nos animaba a ser señoritas o princesas y tener por objetivo en la vida “encontrar un buen hombre con el que formar una familia”. Eso ya pasó. Ahora no es momento de lamentarse por cómo nos programaron, o culparnos por llevar pensando así toda la vida. Es hora de mirar alrededor, parar por la calle al desconocido que más opuesto a tu persona te parezca, y hablar con él o ella 10 minutos. Haciendo ese simple ejercicio recordaremos algo que la humanidad necesitaba saber hace 200.000 años para sobrevivir:

Todos somos únicos pero iguales. Sufrimos, tememos, amamos, soñamos, comemos, follamos y morimos.