Legado

Un día moriré y, espero, me sobrevivirás larga y felizmente. De hecho, lo necesito. Porque nadie como tú ha entendido mi alma, porque heredarás mi legado, mi huella, y serás responsable de mi subtítulo definitivo. De ese que me hará pervivir mientras una sola persona, en cualquier rincón del mundo, me recuerde.
Necesito que cuentes lo que se siente al levantar la cabeza en plena calle y dejar que el viento te despeine. Lo afortunados que somos por volver a casa, por tener un lugar al que llamar casa donde lo que nos espera nos hace sonreír: una biblioteca repleta de tomos a la espera de ser leídos, un amigo fiel de cuatro patas, una jauría de pequeños humanos que se arremolinan a tu alrededor nada más verte, una persona especial con el netflix puesto y el brazo extendido en tu dirección, la tradicional reunión de amigos semanal que no quieres perderte… Aquello que te hace llorar de alegría mientras notas el viento en la cara y miras a tu alrededor tratando de entender qué has hecho bien en la vida para obtener tanta felicidad. Eso que da alegría a tu vida.
Si, he dicho que debes llorar de alegría. Cuéntalo así. Cuenta por mí que hay dos tipos de llanto, uno que es bueno y otro que debes evitar a toda costa. Del primero ya hemos hablado, va acompañado de una amplia sonrisa y de un brillo en los ojos tan poderoso que se refleja y contagia en todos aquellos que los miren.
El segundo llanto es el que te guiará cuando te pierdas en los oscuros senderos de la duda, el desconcierto, el dolor y el drama. Ese llanto desconsolado que encoge tu corazón y que es una mezcla de rabia, impotencia e incomprensión. Ese llanto que no es el que sana tras la pérdida y el desamor. No, es ese otro que sabes inútil. Huye de lo que te provoque ese llanto. Corre en dirección contraria hasta que no te queden fuerzas, deja atrás el bloqueo, la indecisión, lo tóxico y la incoherencia con lo que te piden tu corazón y tu alma.
Cuando te pregunten por quién fui, cuenta que te dije que sonrieras a todas las personas con las que te cruces. Que no les mires, que les veas. Que descubras en una décima de segundo su grandeza y su singularidad. Del que sujeta los brazos de una niña para que de el salto más grande del mundo, de la que va gritando por el móvil vestida con una bata de guatiné y calzada con zapatillas de estar por casa, de los que compiten en chabacanismo por su atuendo, pocos modales y por el estruendo que sale de sus teléfonos móviles. Ellos dicen que es música, pero supongo que ya estoy vieja para aceptar que lo sea.
Sonríeles y algunos te devolverán la sonrisa. Otros te mirarán desconcertados, incluso asustados agacharán la cabeza. O te harán agacharla a ti por interpretar tu sonrisa como una invitación al coqueteo. Pero no pasa nada, sigue sonriendo. La ofensa, el error y el problema está en los ojos del que mira y no en la intención del que actúa desde el corazón.
Nunca traiciones al amor. Ama a tus amigos con un amor generoso, infinito e intenso. Un amor que no espera a cambio más que la felicidad del amado. Ama a los tuyos con generosidad, sobre todo a los que no lo merecen y cuando no lo merezcan. No te sientas culpable por amar al que no debe ser amado, es un rasgo de tu grandeza y no de su victoria. El amor no se elige, se sobrelleva. Es la fuerza más poderosa de la naturaleza. Aquella que hará que cumplas mi última voluntad y hagas que estas palabras que hoy te escribo perduren en todos los oídos y los ojos posibles.
El amor nos arrastra, se lleva por delante nuestras convicciones y hasta nuestro instinto de supervivencia. Nada puedes hacer por detenerlo, así que la única estrategia de supervivencia es la misma que aplicarías a un tsunami. No te opongas frontalmente, déjate llevar por su fuerza hasta el interior, hasta una orilla segura. No siempre sale bien, pero no te queda más remedio que intentarlo. Necesitas creer que no morirás para no vivir con un temor constante, pero lo harás. Morirás. Así que no postergues nada, porque nunca tendrás la seguridad de que no sea tu última oportunidad de hacerlo.
La libertad y la felicidad son del que enfrenta, del que no se esconde. Los demás viven sepultados en razones, motivaciones y excusas. Se han expulsado a sí mismos del paraíso del alma y no es que no escuchen su voz interior, es que han olvidado que la tenían. Asegúrate de que esto no les pasa a los niños y niñas de mis ojos, de mi alma. A aquellos por los que no daría la vida gustosa, sino feliz y encantada, a poco que supiera que con ello les salvo. Esos y esas a los que no quiero ver morir. Díselo, diles todo esto. Y diles que cuando no esté se verán obligados a hacerlo por mí. Eso es lo único que quiero en mi memoria: canciones y risas. Muchas. Siempre. Hasta el día en que se apague ese pequeño recuerdo que quede vivo de mí.
Enjúgate esas lágrimas que estás echando, es absurdo llorar por lo que de seguro ha de venir cuando aún no ha sucedido. Cógeme de la mano, dame un abrazo cuando me veas. Pero no uno de esos abrazos contenidos. Dime sin palabras todo lo que nunca me dirás con ellas. A mi pesar. Porque imaginar es hermoso, pero saber es siempre la respuesta correcta. Aunque duela. Especialmente cuando duele. Víveme, quédate a mi lado que yo no me querré nunca ir del tuyo. Hasta el final. Ríñeme o felicítame por este post, pero guárdalo para cuando necesites cumplir la promesa a la que te ato sin pedírtelo. Hasta entonces, me despido contando los segundos que faltan para volverte a saludar.
