Maneras de mirar el mundo

«Cada uno cuenta la feria como le va» dice el saber popular. Yo añadiría que, además, cada uno cuenta como quiere la feria que ha vivido. O como puede. Nacemos en posición fetal, mirándonos el ombligo. Y hasta entonces, hasta que nacemos, es algo necesario. Por razones de espacio dentro del vientre materno y porque lo primero que descubrimos es a nosotros mismos. Pero, instintivamente, una vez que nos deslumbra por primera vez la luz del mundo, abrimos los ojos con curiosidad para descubrir todo lo que nos rodea. A esa mirada la llamamos «mirar con ojos de niño» y, a medida que pasan los años, nos vamos olvidando de ella.

Antes o después los avatares de nuestra existencia harán que tengamos el instinto de replegarnos de nuevo hacia nosotros mismos, como aquel bebé recién nacido que fuimos. Todos, en algunos momentos, lo seguimos haciendo. Y, claro, eso de observar el mundo desde nuestro ombligo tiene sus desventajas. Descubrir si alguien cercano pasa por esa fase es sencillo. Vayan a su muro de Facebook o tómense un café con ella/él. Inmediatamente aparecerán frases como «el que no me valora no me merece», «de su envidia nace mi fama»,… decenas de proclamas de cómo el mundo está contra esa persona sin que medie un motivo aparente. Es más, un afectado de «ombliguitis» no dejará espacio en la conversación para otra temática que no sean sus desgracias. Si conocen a alguien así, preocúpense. Algunos no vuelven a levantar su mirada del ombligo el resto de su vida.

Pero otros, cansados de pasar las horas contando las pelusas de su ombligo, deciden tener la valentía de alzar la mirada. Y «¡oh, sorpresa!» descubren que, igual, su visión era equivocada. Que aquel chico que no le da los buenos días no lo hace por animadversión sino por la vergüenza del enamorado. Que todas aquellas amistades que perdió no se fueron más que por la negatividad que él proyectaba, ocupado en compadecerse. En definitiva, que el mundo no conspira para hacerle desgraciado. Con un poco de esfuerzo esa persona recuperará la mirada del niño. Descubrirá que, como el río que siempre esta ahí pero nunca es el mismo, todo lo que le rodea amanece siendo algo nuevo cada mañana. Incluso él mismo. Volverá a vivir mil ferias, y en algunas le ira peor que en las pasadas. Pero ahora sabrá ver su parte bella, sus matices, el punto de vista de otras personas.

Porque, además de mirarse al ombligo y mirar al mundo, existe una tercera forma de vivir: mirando a los ojos. Del amigo, del enemigo, del conocido y del desconocido. Del jefe, del compañero, del marido, del hijo… y hasta de uno mismo, a través del espejo. Y, entonces, se produce la transformación. Vuelves a tomar café con esa persona o a encontrarla en Facebook y te saluda con un sincero «¿Cómo estás?». Te mira a los ojos, reales o virtuales, escudriñando las historias que pueda ver en ellos.

Quien vive mirando el mundo en los ojos de otros se siente libre. Libre de la incomprensión, los malentendidos o los pesares de la propia existencia. Porque a poco que busque en la mismísima calle siempre encontrará unos ojos que, sin mediar palabra, le digan «estoy contigo».