Mensajes en el viento

Marta G. Navarro
Sep 5, 2018 · 4 min read

Vivimos. O eso creemos. Porque solo nosotros somos testigos de nuestra existencia. Vivimos, de espaldas a nosotros mismos. Nos miramos por la mañana al espejo, antes del café, y tomamos esa imagen como cierta. Sin acordarnos de que todo lo que percibimos no es más que una construcción nuestra. Que la realidad, para nosotros, acaba donde termina nuestra experiencia. Que solo tenemos conciencia de algo más allá por lo que nos cuentan, y percibimos pasado por el tamiz de nuestro cerebro y nuestras orejas.

Despreciamos con ligereza a los que se erigen en guías del alma y nos dicen que escuchemos las voces en el viento, que busquemos las señales de nuestro destino en lo cotidiano: una flor, el vuelo de un ave o una conversación callejera. Olvidamos, una vez más, que nuestra percepción es una sinfonía de estímulos orquestados por nuestra inconsciencia. Haga la prueba:

Salga a la calle con auriculares y música puesta. Yo le propongo esta, pero vale casi cualquier pieza. Ahora imagine que sus ojos son una cámara de aquellas de cine en blanco y negro, pesadas y que no pueden moverse con ligereza sino a golpe de hombro. Y vaya enfocando su mirada en diferentes sitios, al ritmo de la música, mientras camina sin rumbo. Un golpe de mirada y, en un tendedero, el viento mueve unas prendas. Mire hacia otro lugar, y la luz intermitente de un coche parece haberse unido a una extraña fiesta en su cabeza. Gire un poco el rostro, y un gato cruza la escena caminando muy estirado como si, lentamente, bailara al compás de la música que suena.

¿Qué está pasando? ¿Qué brujería es esta? Pues que el mundo solo existe tanto tiempo como nosotros reparemos en su existencia. No solo con la vista, hagan este experimento sin ver sino solo escuchando. Prestando atención a diferentes sonidos cada vez, mientras permanecen en silencio. En un lugar rico, lleno de vida como un parque. El resultado es el mismo. Manipulamos y transformamos lo que debe ser real según la cantidad de información que nuestro inconsciente almacene sobre ella. Solo hay algo que no podemos manipular ni falsear: la ingeniería que hay detrás de todo ese proceso, nuestra propia esencia. A nosotros. Somos máquinas perfectas, quizá porque no hemos participado en nuestro diseño. Tanto si creen, como yo, que el golpe de gracia nos lo proporcionó una existencia absoluta que yo llamo Dios pero otros perciben y llaman de otro modo, como si achacan ese diseño a la Madre Naturaleza. En ambos casos estamos diseñados muy bien, tan bien que ya hemos visto que podemos manipular hasta la percepción de nuestra propia existencia.

Entonces, se dicen algunos, “¿por qué existe el mal? ¿por qué nos destruimos?”. Porque somos Skynet, un sistema que dejó de escuchar las directrices maestras y decidió hackearse, pervertir aquello de actuar por su cuenta. Nos creímos muy listos, que unos podrían controlar a todos manipulando no solo la percepción propia sino la ajena. Fíjense en que aquello que sabemos a ciencia cierta que es impulso y estímulo humano, sin intervención del intelecto, es aquello contra lo que casi todas las civilizaciones luchan pero que aquellas comunidades humanas aisladas protegen y fomentan: las necesidades fisiológicas y las emociones. Es decir, lo que nos hace humanos. Como si a menos humanos parezcamos más mérito tenemos.

Pero somos perfectos, tendentes al equilibrio gracias a un fenomenal diseño. De modo que el mundo que nos rodea “conspira” (borra eso) porque solo existe en nosotros, lo generamos según aquello de lo que queramos convencernos. A veces nuestro consciente gobierna ese reflejo. Pero la mayor parte del tiempo es el inconsciente, ese apasionante y desconocido almacén ingente de datos sin límite, quien maneja el proyector. El que nos muestra aquello que, tras procesar la información disponible, ha concluido que es mejor que veamos. Por eso los sueños, los dejavú, las corazonadas, esa persona que te cruzas que te recuerda a alguien, ese olor que crees que ha venido por el aire o ese sudor frío que te roza una parte del cuerpo cualquiera y no sabes cómo sabes interpretar.

Seamos tan humildes como para entender la grandeza de nuestra existencia, la lógica matemática tan avanzada que nos gobierna. Paremos en seco. Pare. Sí. Ahora. Ahora mismo. Mire alrededor y, sin miedo ni vergüenza, atrévase a interpretar lo que ve, siente, escucha, huele, toca. Abra Twitter, o Facebook, o Instagram, o Whatsapp. E interprete todo lo que lea como si el mundo no tuviera otra cosa más que hablar todo el tiempo de usted. Cierre los ojos y háblele sin hablar a los que ya no están. Y espere respuesta. Vuelva a abrirlos y sepa, con toda certeza, que esto lo he escrito hoy y ahora para usted y nada más que para usted. Para que tenga todas las preguntas y todas las respuestas. Para que sepa que no es que el destino nos envíe señales, somos nosotros mismos los que nos gritamos como aquel que le grita al televisor mientras ve una película porque desde fuera todo se ve mejor. No se fíe de usted mismo pero sí de quien crea que le creó, sea su Dios o la Madre Naturaleza. Y viva. O crea que vive. Porque no sabe, ni usted ni nadie, cuánto le durará esa experiencia.

Marta G. Navarro

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