Seguir soñando

Hace ya un tubo de pasta de dientes que no estás a mi lado. Tres series, dos temporadas de RuPaul’s Drag Race y un trailer de Star Wars. El paquete de rollos de papel higiénico, no obstante, es la mejor unidad de medida para las ausencias. No sabes lo que ha cambiado tu vida hasta que tienes que tomar decisiones trascendentales como “¿lo compro de doble capa?” “¿pack ahorro de 4 unidades o familiar de 12?” Junto con la lista de chats del whatsapp, que más que una lista es un ranking de cotidianidad.
He intentado escribirte. Ahora. Bueno, enviarte uno de mis audios de whatsapp. Si, uno de esos que se cortan constantemente y en los que digo paridas. Quería mandarte, además, una foto que era muy tú. Me ha llevado un rato bajar entre los otros chats hasta encontrarme con tu foto y tu nombre. Ahí me he quedado, inmóvil, mirando el teléfono a la espera de que alguna neurona me ordenara el siguiente paso.
De vez en cuando me paseo por nuestro sitio favorito en el mundo, aunque aún no me atrevo a pararme delante de él. Hoy se me ha escapado una sonrisa, pero de esas de oreja a oreja que duran horas. Recordaba aquel día, allí mismo, en el que hablábamos de nuestros sueños. De los del pasado, momentos mágicos que atesorábamos en el alma y nos contábamos en secreto. De los del presente, como habernos descubierto y ser ya parte imprescindible de nuestros respectivos caminos. De los del futuro… y sonreías.
Sonreías porque sabías que acto seguido venía la perorata de siempre. De sueños locos, ideas peregrinas, ocurrencias hilvanadas por el hilo del “¿por qué no?”. Sonreías y me mirabas con admiración, solo entonces, porque sabías que no soy de las que se rinden.
Madurar es conocerse, lamerse las heridas, acogerse, aceptarse y quererse a uno mismo. Asumirnos como asumimos a los que nos rodean. Es lanzarse a por aquello que siempre creímos que tendríamos toda la vida para alcanzar, pero ahora sabemos que apenas nos queda tiempo para lograrlo. Es calibrar nuestra habilidad para conseguir realizar nuestros sueños. Y entonces seguir soñando, convertir la vida en sueño. Cambiar los “no puedo” por “¿y si lo hago?”.
Algunas de esas cosas las aprendí de ti, de cada una de las almas que me han acompañado. Lo sabes porque cuando alcanzaba una nueva meta te lo contaba en uno de esos estúpidos audios. Incluso aquel último logro del que tantas veces habíamos hablado y que tuve tiempo de contarte. Por eso hoy he sonreído de oreja a oreja, porque te lo debo. Por ti debo seguir soñando, convertir cada día en un sueño, sonreír, amar y creer en la magia que a mi vida le has dado. Pasen los años que pasen, incluso cuando tenga más de 100 años. Por eso me he quedado inmóvil, porque por ese maldito whatsapp ya no puedo contártelo.