Yndira y Claudia

Si una defensora de derechos humanos denuncia que fue víctima de tortura y violación por parte de una mujer policía yo le creo.

Si una policía indígena, madre de tres, pobre, dice que fue víctima de una mujer prepotente, alcoholizada y clasista, yo le creo. ¿Ustedes a quién le creen? ¿A ambas?

Pero mis creencias, en ambos casos, responden a mis prejuicios y convicciones y sobre todo a una experiencia acumulada de información cotidiana sobre abusos policiales contra activistas y de abusos de clase contra desposeídos, si a esto le sumamos el gran desastre que es la procuración de justicia en nuestro país tenemos un buen caldo de cultivo para la desconfianza. Desconfiamos por principio.

Ante esto es indispensable que las víctimas denuncien penalmente y exijan investigaciones serias que finquen responsabilidades, solo así se puede tener cierto grado de certidumbre. Y ojo, la presunción de inocencia tendría que aplicar siempre en todos los casos.

Por otro lado, el caso específico de Yndira Sandoval es muy lamentable porque trivializa el tema urgente que es la defensa de los derechos humanos y da argumentos facilones a quienes descalifican el activismo feminista.

Este caso tiene una complejidad interesante porque los divergentes ángulos que permiten análisis, desde la cobertura en medios o el linchamiento en redes sociales, hasta la particular clase política que detenta un poder absurdo, ameritan reflexiones más reposadas.

Por lo pronto yo esperaría que se aclare qué pasó para dejar de lado lo que podríamos creer que pasó.