El fútbol como instrumento de nacionalización

Las selecciones de España y la URSS escuchan los himnos antes de la final de la Eurocopa de 1964 || vía ABC

Los historiadores entendemos por la nacionalización de las masas o de un Estado la incorporación de una serie de políticas desde la administración central que están encaminadas a crear una conciencia nacional, es decir, que como ya dijo E. Hobsbawn, no es otra cosa que “tradición inventada”, teniendo como referencia un pasado histórico común. Por lo tanto, debían crearse lugares comunes para esa conciencia colectiva nacional, símbolos oficiales que fuesen aceptados por la gran mayoría, legitimar el nuevo Estado a través de esa tradición histórica común. Crear una enseñanza pública común a todo el conjunto del Estado, una lengua común a la nación que permitiera la total integración de la población a los engranajes del Estado, un servicio militar que cumpliera un papel unificador, una red de comunicaciones o una prensa nacional son solo ejemplos de las políticas nacionalizadores que podía llevar a cabo un Estado. Pero con la llegada del nuevo siglo y la inmersión del fenómeno de la cultura de masas y la creación del ocio, los gobiernos encontraron en el deporte un filón importante para intentar nacionalizar a la población.

L’Auto, un diario francés, fue el primer medio de comunicación en usar la palabra “furia” para definir el juego que practicaban los jugadores de la selección española masculina de fútbol. Fue durante los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920. Muy pronto el resto de los medios de comunicación, sobre todo los belgas y neerlandeses, empezaron a utilizar el término “furia” de forma despectiva, no solo por el juego tosco que desplegó la selección española, sino como un rasgo propio de la identidad española, algo ya demostrado durante la historia, como por ejemplo, los Tercios de Flandes, el Saco de Roma por parte de las tropas de Carlos I, la conquista de América o la Inquisición. La “leyenda negra” de la historia España resucitaba de nuevo y lo hacía de la misma forma peyorativa y antiespañola, pero ahora se aplicaban todos esos rasgos negativos al deporte. Fue promovida, sobre todo, por belgas y holandeses, en cuyos discursos nacionales seguía estando presente y ocupaba un lugar muy importante en el imaginario colectivo.

La consolidación de las estructuras deportivas entre 1900- 1936 en España hizo que deportes como el ciclismo, boxeo y, sobre todo, el fútbol consiguiesen convertirse en espectáculos de masas, que penetraron todas las capas de la sociedad. Obviamente, la burguesía se diferenciaba en gustos y preferías siendo el atletismo, el baloncesto, el hockey o el rugby sus deportes. Esta expansión del deporte como parte del ocio generó la aparición de la prensa deportiva. Los diarios de información general enseguida incorporaron una sección dedicada al deporte en general y al fútbol en particular. Fue, sin duda, una manera más de narrar la nación. Un complemento al trabajo que ya hacían historiadores, escritores o profesores.

Antes de que surgieran las selecciones nacionales, los clubes de los barrios, pueblos o ciudades fueron los primeros a los que los aficionados se ligaron emocionalmente, generando identidades locales. Con la llegada de las selecciones provinciales, regionales o nacionales la coexistencia no fue para nada problemática como así lo demuestra que la selección catalana de fútbol jugó contra Francia el 21 de febrero de 1921 o que el 13 de marzo de 1924, una fecha que se podría pensar tardía, Cataluña jugó contra España en Barcelona. No obstante, cabe recordar que en España todavía no se había creado la Liga española de fútbol, y que la única competición organizada a nivel estatal fue la Copa Príncipe de Asturias creada en 1915. Alfonso XIII siempre intentó vincular la Corona con los espectáculos deportivos. Aparte de que el rey era un gran amante del deporte, se dio cuenta muy rápido de lo que este podría hacer por él: nacionalizar a la población sin que fuera plenamente consciente de ello. Lo que Michael Billig, en 1995, llamaría “nacionalismo banal”. Todas estas competiciones estaban plagadas de símbolos provinciales, regionales o nacionales. La creación de las selecciones nacionales, los cánticos, las banderas, el convertir las victorias deportivas en victorias nacionales, la convivencia de las masas compartiendo el mismo sentimiento ayudaría, sin ninguna duda, a expandir el nacionalismo.

Pero volvamos a los Juegos Olímpicos de Amberes un pequeño momento. Al igual que nacía el famoso discurso de la “furia” española, con connotaciones negativas para los medios de comunicación extranjeros, pero con connotaciones positivas para los medios españoles, también nació a la vez el discurso del fracaso. La única derrota que se produjo en aquella competición fue en la final contra los anfitriones y la manera que encontraron los medios de comunicación para contarlo fue la de la fatalidad y la de las injusticias arbitrales. Este discurso se consolidó en los Juegos Olímpicos siguientes, los de París en 1924. Pero el discurso fatalista traspasó al deporte rey. Las derrotas en otras disciplinas también se explicaban en estos términos de fatalidad y de envida extranjera. No se nos puede olvidar que España venía del Desastre del 98, una derrota que había marcado a la sociedad y al discurso nacional y como no podía ser de otra manera, también llegó al deporte. Durante la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República el discurso siguió siendo el mismo, quizá en el período democrático se vivió una politización del deporte y un incremento de la práctica de este por parte de las clases populares con la integración de las mujeres.

Iniciada la andadura de la Dictadura de Primo de Rivera se impuso en todas las escuelas del territorio español la Cartilla de Gimnástica Infantil, se convirtió en un manual sobre la educación física para todas las escuelas de educación primaria. El deporte fue un elemento más en su intento de adoctrinar a las masas. Quizá, el hecho más relevante respecto al deporte rey sucedió el día 24 de junio de 1925, cuando en el campo de Les Corts, unas 14.000 personas “xiularen” la Marcha Real. Primo de Rivera decidió cerrar el estadio durante seis meses por el “desafecto al patriotismo” de los catalanes. Finalmente, Joan Gamper, no pudiendo soportar la presión política, marchó a Suiza. No está de más recordar que la Dictadura de Primo de Rivera fue especialmente dura con Cataluña.

La llegada de la Segunda República no solo supuso una reordenación de los nombres de muchas calles en todas las ciudades, sino que también los clubes deportivos eliminaron toda referencia al régimen que acababa de caer. Así todos los clubes de fútbol pasaron a eliminar cualquier referencia a la monarquía y a eliminar de sus escudos la corona. Además, como acabamos de comentar unas líneas más arriba, la incorporación de la mujer en el deporte fue muy importante durante este período. Hay que tener en cuenta que durante la República las mujeres alcanzaron igualdad jurídica en el matrimonio, se favoreció la incorporación de esta al sistema educativo, la expansión de las asociaciones que permitió incorporar a las mujeres a la práctica deportiva. Cabe destacar que el deporte femenino fue más un fenómeno de las ciudades grandes o capitales de provincias, que de las zonas rurales y, también, de las clase altas y burguesas. Nunca se eliminó el discurso masculino que entendía que el deporte no era apto para la mujer, o mejor dicho, que había deportes no aptos para la práctica femenina. Una de las figuras femeninas más relevantes es Ana María Martínez Sagi que fue la primera mujer en España que llegó a la directiva de un club de fútbol como el FC Barcelona en 1934. Intentó crear una sección femenina, pero no lo consiguió. Ante tal fracaso dimitió de su puesto.

Con la llegada de la dictadura franquista el deporte se vio como un medio de adoctrinamiento nacionalista. Nada nuevo bajo el sol. Alemania e Italia hicieron exactamente lo mismo. Bajo un régimen de corte fascista la Delegación Nacional de Deporte quedó bajo el mando de los falangistas, siendo José Moscardó su dirigente. A partir de ahora el deporte quedaba bajo el control absoluto del Estado. Se impulsó la implantación de la gimnasia en los colegios, creándose una fichas biológicas obligatorias para controlar el desarrollo físico de todos los españoles. Además, el régimen creó tres categorías de ordenación del deporte: las federaciones nacionales de los deportes reglados, el deporte del Movimiento (copia de las instituciones nazis y fascistas) y el deporte militar. A pesar de que Moscardó intentaba potenciar el deporte amateur frente al profesional, del cual era muy crítico, siempre fue consciente, junto con el régimen, de lo que le podría reportar el fútbol. Una de las primeras cosas que hizo fue cambiar el color rojo del uniforme de la selección española de fútbol por el azul falangista, además, de obligar a los jugadores a saludar con el brazo en alto y cantar el Cara al sol antes de los encuentros. Lo que realmente quería era convertir los estadios de fútbol en una especie de templos patrióticos, donde existiese casi una veneración por la patria. A pesar de este nacionalismo, las selecciones regionales siguieron jugando partidos. El franquismo no intentó acabar con ellas, sino que, a través de la prensa, quiso incorporarlas como un elemento intrínseco a la españolidad. Pero la caída del Tercer Reich produjo que los falangistas comenzasen a tener menos peso en el régimen franquista. Comenzaba así la “desfascitización” en el deporte. El saludo fascista dejó de ser el oficial y la selección española abandonó el color azul falangista para volver a vestir el color rojo en el año 1947.

Entre los años 1940 y 1950 se produjo la expansión y consolidación definitiva del fútbol como el deporte rey. El régimen no dejó de nacionalizar y adoctrinar a través del fútbol y, mucho menos ahora, que los partidos eran retransmitidos por radio y que el NO-DO permitía hacer reportajes sobre los partidos de la selección. La dictadura supo sacarle jugo a esto, pues la prensa escrita, la radio y la televisión podían estar con un mismo partido de la selección española una semana. Durante una semana los españoles eran bombardeados con la retórica nacionalista a través de la disputa de algo tan sencillo como un partido de fútbol. Era perfecto para que en el ciudadano fuese calando el discurso oficial. También, y como se venía haciendo con anterioridad, el franquismo vinculó las victorias deportivas con gestas históricas, lo que contribuyó a crear una continuidad entre el pasado histórico y el imaginario colectivo sobre el nacionalismo franquista. Una de las anécdotas más comentadas se produjo durante el Mundial de 1950 cuando España se enfrentó a Inglaterra y Matías Prats le preguntó al presidente de la Federación española de Fútbol si tenía unas palabras para el Caudillo, este le respondió afirmativamente añadiendo: “Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión”, lo que provocó una pequeña crisis diplomática. Al igual que las crónicas deportivas sacaban a relucir el Imperio en América y la piratería cuando jugábamos contra Inglaterra, también cuando se jugaba contra Francia se hacía referencia a la Guerra de Independencia, especialmente al Dos de mayo de 1808. La batalla de Lepanto quedaba reservada cuando se jugaba contra Turquía y los Tercios de Flandes cuando Bélgica aparecía en el horizonte. Tampoco podemos obviar cómo el franquismo utilizó al Real Madrid para presentarlo como embajador de España y, por lo tanto, del régimen franquista. No era algo oficial, pero sí era algo de lo que el club y jugadores eran plenamente conscientes. Pasó a encarnar la furia española. Obviamente, el régimen franquista se dio cuenta rápidamente de que podía potenciar su imagen e intentar poner remedio a su aislamiento internacional a través del club blanco gracias a las victorias conseguidas en la Copa de Europa.

En el tardofranquismo se hizo un uso sistemático de Televisión Española para seguir expandiendo la narrativa nacionalista a través de los eventos deportivos. Hay que recordar que en 1960 los diarios deportivos españoles tenían tanta tirada como los periódicos de información general. Esto unido a la celebración en 1964 de la Eurocopa en España hizo que la retórica de la furia estuviera más presente que nunca en el discurso franquista. Un dato curioso de esta utilización de la televisión como una auténtica “caja tonta” era que cada 30 de abril y 1 de mayo se reponían los mejores partidos de la selección española, en un intento bastante grotesco de contrarrestar las movilización de protesta obrera en el Día Internacional de los Trabajadores. La dictadura ofrecía fútbol para tranquilizar a las masas, algo así como el “pan y circo” de la Roma Clásica.

Pero tampoco en época franquista nos libramos del discurso fatalista y derrotista que nos acompañaba en las derrotas. Quizá en un intento de desviar la mirada de lo realmente importante: la precariedad de las instalaciones deportivas y la poca inversión que se hacía en el deporte. Las causas de las derrotas iban más allá del factor humano. España siempre derrotada por envidia. Esa España que siempre recuerda al Desastre del 98. Solo al final del régimen se alzó alguna voz crítica con sistema deportivo del país.

Material utilizado de interés:

Goles y banderas. Fútbol e identidades en España. Alejandro Quiroga Fernández de Soto. Marcial Pons. Madrid, 2014.

“El Real Madrid, ¿”equipo de España”? Fútbol e identidades durante el franquismo”. Política y Sociedad. Vol. 51, nº2, 2014, págs. 275- 296)

“Clubes y selecciones nacionales de fútbol. La dimensión etnoterritorial del fútbol español”. Revista Internacional de sociología (RIS). Vol. LXIV, nº45, págs. 37–66.

Hemerotecas digitales consultadas: ABC, AS, El País, El Diario