De Guanajuatos y Michoacanes

Martín R. Alberdi
Nov 7 · 8 min read

Después de un mes viajando, puedo decir que he aterrizado mentalmente en México y que ahora viajar es mi rutina. Es un estado mental nuevo, ya que en el horizonte inmediato no hay planes de regreso y me permite improvisar de una forma absolutamente impensable en cualquier otro contexto vital. De alguna forma, la capacidad de actualizarse respecto a una vida convencional es mucho más sencilla, porque los ciclos entre cambios son mucho más cortos y cada sitio te lleva a una mentalidad nueva. Al mismo tiempo, cabe el peligro de no estarse quieto y olvidarse de los placeres lentos del viaje. Me temo que en la resolución de esta tensión está la serenidad del proceso…


San Miguel de Allende es una ciudad conquistada por jubilados hippies estadounidenses. En el hostal coincido en la habitación con tres mochileras estadounidenses de +75 años. Sus comportamientos son los de un viajero de 20 años, lo cual para empezar me descoloca por completo. Me atrevería a decir que incluso se comportan como adolescentes: se pasan las mañanas en la cama comiendo chucherías y viendo Netflix. Nunca he visto a señoras de 75 años en hostales y menos viendo Netflix y comiendo chuches en la cama. Es una imagen que destroza todos los comportamientos arquetípicos que le atribuyo a personas de avanzada edad… Las admiro durante tres días por su dinamismo y su deseo de seguir conociendo y no estarse quietas a pesar de los achaques de la edad. Ellas me invitan a comer y cenar y siento que les doy el mismo juego que ellas me dan a mi: conversaciones novedosas y una mentalidad compartida a pesar de las evidentes diferencias.


La estancia en Guanajuato no defrauda. Me recuerda algo a Maastricht porque es una ciudad universitaria, tiene un tamaño equiparable y los estudiantes se miran y se dejan ver. El centro de Guanajuato es una especie de parque temático donde todos andan vistiendo sus mejores vestimentas y celebran su existencia. Eso sí, a diferencia de en Maastricht, en Guanajuato la gente cotorrea y salsea.

Una nube estancada entre las casitas del centro de Guanajuato.

La ciudad tiene varias lecturas. Por un lado, el centro guay/hipster/alternativo en el que Guanajuato podría ser Granada. Hay artistas por todos los lados y se escucha música en la calle y los garitos. Por otro, el Guanajuato periférico, el de los cerros, donde se amontonan las casas de cemento y se ve y huele la basura. Es una estructura urbana parecida a la de otras ciudades latinoamericanas en las que he estado… la desigualdad por barrios y las microburbujas de calle a calle. Me apena y me alegra Guanajuato, porque veo contradicciones y no sé bien cuál de las dos tendencias va ganando.

Foto desde el cerro de la Bufa, a una escasa hora a pie del centro de Guanajuato. Cómo se aprecia en la imagen, la ciudad está construida tanto en plano como en pendiente.

En otro orden de cosas, el festival Cervantino está estupendamente organizado y pensado para todos. Hay multitud de eventos gratuitos de cine, pintura, fotografía y música en fabulosos edificios coloniales. Descubro a Graciela Iturbe, una fotógrafa mexicana que retrata a las mujeres campesinas en los pueblos de Oaxaca. Mujeres que hacen el trabajo duro de campo y organizan el comercio en los mercados.

Nuestra Señora de las Iguanas. Una de las fotos más famosas de Graciela Iturbe, tomada en el mercado de Juchitán, Oaxaca.

“Es la juchiteca la dueña del mercado. Es ella la del poder, la comerciante, la regatona, la generosa, la avara, la codiciosa. Sólo las mujeres venden. Los hombres, con su machete y su sombrero de palma, salen en la madrugada a la labor; son iguaneros, campesinos, pescadores. A su vuelta, entregan su cosecha y las mujeres la llevan cargando en una jícara pintada de flores y de pájaros a la plaza; su cabeza altiva coronada, frutas espléndidas y rotundas, plátano macho, guanábanas que se abren, papayas, sandías, piñas, anonas, zapotes, chicozapotes, guayabas que destilan su olor irrepetible.” (Elena Poniatowska en Juchitán de las Mujeres)


Me hago fijo en un bar/restaurante de Guanajuato: La vida sin ti. La vida sin ti está regentado por L., un autodeclarado “descompositor desafinado”, que bebe whisky con agua mineral para desayunar, comer y cenar, y entre medias hace unos menús del día para él y sus igualmente alcoholizados amiguetes. L. te observa desde la cocina y te va preguntando (e incluso diría amenazando) qué tal te está pareciendo su comida. Dependiendo de su estado de ánimo el menú es de dos platos o de tres más café y chupito de mezcal. Entran y salen sus amigos (todos borrachos), se sientan conmigo y me comentan batallitas guanajuatenses.

L. también me cuenta su historia, una historia de un romántico empedernido que en otra vida fue poeta en Portugal y que hoy se dedica a cultivar los pocos placeres que se le dan de cine: comer, fumar, beber y escuchar música en Youtube a todo trapo desde un Windows 98 colocado estratégicamente en el centro del bar, también al servicio del cliente.

L. se sienta conmigo y me habla de Rockdrigo González, un cantautor de los movimientos contraculturales mexicanos de los años 80, fundador del rock rupestre y un cínico profesional que murió prematuramente en el temblor del DF en el 85. Parte del manifiesto de Rockdrigo me recuerda al propio L., amante de la vida perra y los placeres hedonistas:

“Los rupestres por lo general son sencillos, no la hacen mucho de tos con tanto chango y faramalla como acostumbran los no rupestres, pero tienen tanto que proponer con sus guitarras de palo y sus voces acabadas de salir del ron… son poetas y locochones, rocanroleros y trovadores, simples y elaborados. Gustan de la fantasía, le mientan la madre a lo cotidiano, tocan como carpinteros venusinos y cantan como becerros en un examen final del conservatorio” (Rodrigo González en el Manifiesto rupestre)

L. me parece un tipo destructivo, pero me cae francamente bien por ingenioso y porque no se toma demasiado en serio a si mismo. Para rematar su excelente actuación, cuando le pregunto si el whisky no le pasa factura, me canta íntegramente el único tema de un más que olvidado cantautor méxicano enfatizando sonoramente el estribillo: “La neurona que me queda me la quiero reservar para el día de mi muerte no se me vaya a pasar”.

Durante mi estancia en Guanajuato, vuelvo y vuelvo a la vida sin ti porque siempre salgo diferente a cuando entro.


Mi larga estancia en un hostal en Guanajuato refresca reflexiones olvidadas. La reflexión sobre la contraposición de los viajeros latinoamericanos con los europeos me acompaña desde mis tiempos peruanos, ya que en muchos casos se juntan pero no se mezclan y aparte de una evidente barrera lingüística, también hay, a mi juicio, un trasfondo de cómo están estructurados nuestros cerebros.

El viajero europeo lo define todo en términos de problemas y soluciones. Esa lógica está muy bien para abrir una empresa, pero no para viajar indefinidamente por Latinoamérica. En cambio, el viajero latinoamericano no sólo acepta la incertidumbre, sino que la busca: no planea ni compra sus experiencias a priori, ya que vive al día y se deja llevar por los estímulos que le rodean. Es un marco de acción a todas luces ineficiente, pero cargado de sentido si lo que quieres es salir de la zona de confort y aprender a utilizar herramientas diferentes a las del día a día o la vida convencional. Un ejemplo concreto es el uso de la tecnología durante el viaje. Al contrario del latinoamericano medio, el viajero europeo busca las soluciones a los problemas cotidianos (ir de A a B, reservas de hostal, recomendaciones de restaurantes, etc. ) en el smartphone, lo cual es razonable si tienes que llegar al trabajo a tiempo, pero no si el objetivo es integrarse culturalmente en México hablando con cualquier personaje que te topes. Lo peor es que incluso desde el prisma problemas-soluciones europeo su conducta es infructuosa, porque la mayoría de los grandes hallazgos en México no están tecnologizados…

Conclusión: Para trabajar un alemán está muy bien, pero prefiero viajar con un colombiano.

PD: Me extraño a mi mismo utilizando la categoría identitaria “europea”, que en España a nivel cultural significa bastante poco, pero creo que ampliando el foco geográfico tiene sentido, ya que al menos a nivel organizativo, creo que los europeos afortunadamente cada vez nos parecemos más entre nosotros. Digo afortunadamente porque la vida suele ir más sobre crecimiento económico que viajar por Latinoamérica…


El Día de Muertos es un acontecimiento distintivo de la cultura mexicana. El 1 y 2 de noviembre los mexicanos celebran literalmente la muerte y van a los cementerios a pasar el día y la noche con sus seres queridos. A lo largo de semanas, las calles se van decorando con la flor cempasúchil característica de estos días y van disfrazándose de catrinas, esqueletos de mujeres vestidas elegantemente y de forma colorida. La calavera es un icono estético, equiparable al sol o la luna en sus connotaciones positivas.

Viniendo de una cultura con una concepción de la muerte tan lúgubre y sacralizada, su comportamiento en los cementerios me sorprende: las familias honran a sus antepasados haciendo las cosas que les gustaban a ellos por muy banales que sean. Hay gente bebiendo cervezas en la tumba, bailando reggaetón y cantando baladas. Los niños corretean y juegan al pilla pilla entre las tumbas. Al menos por estos días, los mexicanos desdramatizan la muerte y se acuerdan de sus familiares desde sus comportamientos más cotidianos.

El Panteón de Cristo en Pátzcuaro.
El Panteón de Cristo en Pátzcuaro. Afortunadamente no se aprecia el reggaetón en la foto.

Entro en la combi entre apresurado y sudoroso para marchar de Morelia a Pátzcuaro. En la combi B. me ofrece su ayuda para llevar mis trastos y entablamos conversación, ya que ella también va a Pátzcuaro. B. me habla de la religión mormona a la que pertenece y los valores colectivos que la fundamentan, a lo que yo le respondo con disimulada indiferencia. B. vende cáctuses para ganarse la vida y va a Pátzcuaro a los restaurantes y plazas a ofertarlos. Tiene problemas de salud y por edad debería está jubilada, pero no le queda otra más que vender sus plantitas. En la estación de Pátzcuaro nos despedimos con el plan de volver a encontrarnos para comer una hora después en la plaza del pueblo.

Nos encontramos una hora después y me cuenta sobre su pasado, cargado de pequeñas derrotas: dos divorcios traumáticos, pobreza económica y una vida de alcoholismo. Me dice que ella no ha nacido para ser querida y que en la religión mormona ha encontrado un contexto de pertenencia y unas reglas de conducta constructivas. Los mormones prohíben los vicios y se apoyan mutuamente para cumplir sus estrictas reglas. Yo de los mormones sólo sé que son creacionistas y de primeras me suena a cuento chino. Pensándolo en frío después de nuestro encuentro, pienso que que más da que sea creacionista si a ella el mormonismo le ha sacado del alcoholismo. También reflexiono sobre el argumento de Tyler Cowen, un economista/filósofo/sociólogo estadounidense, que dice de forma provocadora que Estados Unidos necesitaría más mormones, porque en Utah, donde casi la mitad de la población es mormona, generan mayor movilidad social al proveerse mutuamente y no caer en el abuso de drogas ni alcohol. Me quedo dudando…

Martín R. Alberdi

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Viajando Las Américas: paso a paso, sin pausa pero sin prisa

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