Je ne suis pas Charlie
Me atrevo a decir que todo ser humano tiene tendencia a anticipar el todo a partir de una sola de sus partes. En cierto modo es de lo más razonable: nuestra mente ha sido perfeccionada durante milenios de evolución para pensar que si vemos aparecer una trompa por una esquina, tras ella seguramente hay un elefante. Cuestión aparte es que nuestro tataratataratatarabuelo ramapitecus habría usado esa señal para poner tierra de por medio y el homo ¿sapiens? casi con seguridad reaccionaría a la inversa. Sea como fuere, por el título de este texto la inmensa mayoría de ustedes se habrá formado una opinión, acertada o no, de lo que sigue. Para intentar compensarlo haré dos cosas. La primera, expresar con rotundidad mi absoluta condena por lo ocurrido en París la semana pasada. Y la segunda, resumir en una corta frase lo que quiero compartir aquí: condenar un asesinato no implica compartir una ideología.
El pasado miércoles doce personas fueron asesinadas y otras cuatro heridas de gravedad en la redacción del semanario Charlie Hebdo por dos encapuchados armados con fusiles automáticos. Los asesinos huyeron y siguieron matando hasta que finalmente, dos días después, las fuerzas policiales francesas dieron con ellos, los acorralaron y en sendos asaltos acabaron con sus vidas y rescataron a varios rehenes. El domingo numerosos líderes mundiales se daban cita en la manifestación convocada por el gobierno francés y la prensa se llenaba de declaraciones acerca de las nuevas medidas que se iban a tomar contra el terrorismo autodenominado yihadista. Durante estos días el “hashtag” #JesuisCharlie se ha hecho vírico en la red y numerosos medios han publicado viñetas y artículos para rendir homenaje a los fallecidos y manifestar su determinación a defender la libertad de expresión.
Si decir Je suis Charlie significa reclamar y defender la libertad de una publicación a poner cualquier idea por escrito, yo soy Charlie. Si decir Je suis Charlie significa reclamar y defender los derechos fundamentales de los fallecidos, empezando por el derecho a la vida, yo soy Charlie. Si decir Je suis Charlie significa estar plenamente de acuerdo con el contenido, el mensaje y las formas con que el semanario expresaba sus ideas, entonces yo no soy Charlie. Tras muchos atentados parece darse el fenómeno de que defender las ideas de la víctima pasa a ser la opción natural y lógica, sin pararse un segundo a analizar si en realidad estamos o no de acuerdo con esas ideas y pasando a considerarlas automáticamente válidas y merecedoras de apoyo explícito. Algo en nuestras conciencias nos lleva a pensar, o más bien a sentir, que la víctima de un asesinato no puede estar equivocada y que honrar al fallecido implica honrar lo que el fallecido pensaba. ¿Cuantos de nosotros conocemos en profundidad lo que publicaba la revista? A raíz de aquellas famosas viñetas de Mahoma les dediqué alguna atención. El semanario no solo arremetía contra la barbarie yihadista. Por ejemplo, sus miembros dibujaron hace algún tiempo una viñeta en la que el símbolo cristiano de la santísima trinidad, padre, hijo y espíritu santo, aparecía formando un trío sexual, cada uno sodomizando al anterior. ¿Habrían asistido los dirigentes de nuestros países a una manifestación como la del domingo si un comando de extremistas cristianos hubiera decidido asaltar la redacción tras aquella publicación? ¿Estrecharían la mano del líder de un país de mayoría musulmana donde hubieran asesinado a los miembros de una publicación que hiciera mofa de los símbolos cristianos?
Los redactores, dibujantes y periodistas fallecidos tenían el derecho a publicar cualquier cosa que se les pasara por la cabeza, por muy ofensivo que pudiera ser para algunos. Estoy absolutamente convencido de que el derecho a la libre expresión es un derecho universal y ha de ser defendido por el sistema judicial de todas las naciones. Pero afirmar eso no implica estar de acuerdo con cada cosa que decidieron publicar. Ni siquiera estar de acuerdo con algunas de ellas. Si unos ciudadanos de mi país afiliados a grupos neonazis pidieran los permisos necesarios para realizar una concentración pacífica en una plaza de mi ciudad, yo querría que mi ayuntamiento se los concediera e hiciera lo necesario para evitar cualquier tipo de violencia. Pero si alguien con ideas opuestas sacase un arma de repente y asesinase a varios de ellos, no pasaría a estar de acuerdo con los ideales que en su día abanderó Hitler por el mero hecho de que eran esos los ideales de las víctimas del asesinato. Las víctimas pueden estar en lo cierto pero también pueden estar equivocadas, como seres humanos que son. Nadie tiene razón por el hecho de que alguien lo asesine. Se puede argumentar que en el caso de la manifestación de neonazis el ideario de las víctimas habría sido de sobra conocido y solo algunos radicales de extrema derecha estarían de acuerdo con el mismo. ¿Pero cuánto tiempo hemos dedicado a estudiar el ideario de las víctimas del asesinato del pasado 7 de enero antes de proclamar que también nosotros somos Charlie? Aunque a lo largo de su historia Charlie Hebdo cargó tintas con su particular estilo contra numerosos sectores, incluidas las otras dos grandes religiones del mundo occidental, el judaísmo y el cristianismo, así como numerosas figuras políticas, en los últimos tiempos tenía contenidos (por supuesto siempre en mi humilde opinión) principalmente racistas (en concreto contra la raza negra) e islamófobos. No soy creyente de ninguna religión y soy de raza blanca, por lo que no se trata de sentirme ofendido por pensar que atacan mi religión o mi raza. Simplemente no estoy de acuerdo con el contenido de algunas de las viñetas. Eso no justifica nada de lo que ha pasado ni disminuye un ápice el derecho indiscutible a publicar lo que se quiera. Pero que esos animales descerebrados decidieran asaltar la redacción y acabar con la vida de los miembros de la revista tampoco hace que de un día para otro mi opinión sobre los contenidos de la misma cambie y esté de acuerdo con ellos. Para mi son dos hechos aislados, sin relación alguna.
Si se les pregunta a los miembros de las sociedades llamadas occidentales dónde terminan las libertades de un individuo o colectivo, una gran mayoría responderá que en el mismo lugar donde empiezan las libertades de otros. Estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación. Y para vigilar que así sea, los países donde tipos como yo pueden escribir opiniones como ésta o donde existen publicaciones como Charlie, disponen de dos instrumentos: las leyes y los jueces. Las primeras determinan qué es ilegal y qué no lo es. Los segundos garantizan (o lo intentan) que se cumplan las primeras y que todo aquel que cometa un delito sea castigado proporcionalmente al mismo. Esta es al menos la teoría. Si cualquier ciudadano francés, musulmán o no, se siente ofendido por el contenido de las portadas del semanario, dispone de la posibilidad de pedir que se estudie si la revista está cometiendo o no algún delito. Y en este punto hay que insistir en otra cuestión que a menudo tampoco se percibe con la claridad que debiera: un acto inmoral o poco honorable no tiene por qué constituir necesariamente una acción ilegal y, por tanto, penada por la ley. Y tampoco pretendo calificar como inmoral o poco honorable el comportamiento o el contenido de la revista, sino afirmar que incluso si así fuera, de ello no sigue necesariamente que dichos comportamiento o contenido sean ilegales. Dado que la revista permaneció abierta y en activo deduzco que hubo de darse alguna de las tres siguientes posibilidades: que nadie sintió que se vulneraban sus libertades, que aunque hubo al menos un ciudadano que sintió que se vulneraban sus libertades no hizo uso de su derecho de llevar el caso ante un juez o que hubo al menos un ciudadano que, sintiendo vulneradas sus libertades, denunció el caso ante un juez y este falló que no se estaba cometiendo ningún delito. Por lo tanto habría que concluir que la revista no vulneró las libertades de nadie al ejercer su derecho a publicar los contenidos que consideró apropiados e incluso aunque una mayoría de la sociedad francesa llegase a pensar que esos contenidos son inmorales u ofensivos, parece claro que no son contrarios a la ley.
Sin embargo y aunque aún no se ha manifestado ningún juez al respecto, también es claro que el derecho de la revista a ejercer su libertad de expresión, así como numerosos derechos y libertades de los miembros de la publicación, empezando obviamente por su derecho a la vida, se vieron brutalmente destrozados no ya por un par de ciudadanos que estuvieran a su vez ejerciendo sus propias libertades, sino por dos delincuentes culpables del delito de asesinato, entre otros. Todos los que estamos de acuerdo en que ese día vulneraron la libertad de las víctimas del atentado terrorista y del resto del equipo de la redacción que consiguió sobrevivir, tenemos la obligación moral de defender su derecho a dibujar lo que quiera que deseen dibujar. La reflexión que quiero hacer es: ¿tenemos además la obligación moral de estar de acuerdo con lo que dibujaron en el pasado o dibujarán de ahora en adelante? ¿Tenemos la obligación de repetir su mensaje, copiando, extendiendo y transmitiendo sus dibujos? ¿Está incompleto el homenaje a sus vidas si no manifestamos a la vez un incondicional apoyo al contenido de su discurso? ¿Es insuficiente la defensa de su derecho a decir en voz alta lo que quisieran decir, por inapropiado, inmoral, inútil o innoble que pudiera parecer a pocos o a muchos, si no hacemos a la vez defensa y alabanza de su mensaje?
Yo afirmo que no. Yo afirmo que la obligación de condenar el brutal asesinato y defender el derecho a la libertad de expresión no debe implicar la obligación de apoyar una determinada forma de pensar. Muchos medios que se hicieron eco de la noticia y todos los franceses de cierta importancia utilizaron la palabra libertad en sus titulares. Es cierto. La libertad ha sido atacada a la vez que se cercenaba la vida de periodistas y policías. Hay que salir a la calle a decir bien alto que nadie le arrebata a una sociedad libre su libertad usando el miedo. Hay que salir a la calle a homenajear la valentía de toda persona que pierde la vida defendiendo aquello en lo que cree. Pero esto no puede significar que de un día para otro, sin reflexión ni análisis, nos alineamos con la ideología de las víctimas solo porque son las víctimas. No debemos caer en la falacia de que como los verdugos están equivocados, los asesinados deben estar en lo cierto. Es necesario mantener la mente fría cuando se trata de abrazar o no una ideología y tomar la decisión con el cerebro y no con el corazón. Es necesario no confundir lo que no debe ser confundido. Marcar con energía una postura completamente enfrentada a los bárbaros no significa apoyar automáticamente la postura de sus adversarios o sus víctimas.
Tampoco debemos cometer el error de pensar que la amenaza yihadista es la única que pende sobre las libertades de las naciones y ciudadanos. Ni debemos considerar que el último enemigo es el único enemigo. Ni que siempre son los “unos” contra los “otros”. Basta echar un vistazo a cualquier periódico para constatar que en todo el mundo los derechos que fueron violados el miércoles pasado son pisoteados a diario, que en muchos países los musulmanes aplastan los derechos de otros musulmanes y que varias de las naciones del mundo libre violan sistemáticamente los derechos de todos nosotros, sus ciudadanos, a la par que persiguen a quienes se atreven a denunciarlo.
Hoy hago uso de mi libertad de expresión para decir que quiero un mundo donde todas las naciones puedan tener centenares de Charlie Hebdo y todos sus ciudadanos pueda vivir en paz y libertad. Y también hago uso de mi libertad de expresión para decir Je ne suis pas Charlie.