Aristocracia cognitiva (Aclaraciones)

Como no me suele gustar que me llamen demagoga ignorante, voy a pasar a aclarar este artículo con acotaciones a otro con el que se ha contestado. Me encanta que me ocurran estas cosas porque se eleva mi nivel de autoexigencia. La frase de neutralizar al lobby podía haber sido mucho más clara, por ejemplo. El lobby al que me refiero es al de los rectores — que no representan el sentir de todos los profesores universitarios — y los profesores más mediocres, que son los que de verdad tienen miedo a una mayor competencia por resultados en la financiación y a que se abrieran más las convocatorias de profesores contratados doctores, titulares y catedráticos. Antes de pasar al artículo, sólo decir que cuando escribo algo como Aristocracia Cognitiva solo me mueven dos cosas: mejorar una universidad pública en la que les tocará estudiar a mis hijos y, por otra parte, apoyar a los muchos amigos profesores de universidad magníficos que, en vez de estar considerados, gastan demasiadas energías en luchar contra la burocracia en manos de otros mucho peores que ellos.

El lobby infame, la tiranía del ranking de Shanghai y las Olimpiadas

El otro día, para mi disgusto (siento el disgusto), leí el articulo de opinión de Berta González de Vega en El Mundo, Aristocracia Cognitiva. No es la primera comparación entre Ciencia y Deporte que leo en estos días post-olímpicos, las Olimpiadas de Río con sus 17 medallas a las/os esforzadas olímpicas españolas generan estas cosas. Pero el tono del artículo de la señora González, a mi, profesor universitario (si, miembro de ese lobby infame)(he aclarado que la redacción es mejorable, no me refería a la totalidad del profesorado universitario si no a la CRUE) e investigador en activo desde hace 30 años me ha generado una indignación y una desazón inhabituales en mí (de nuevo, disculpas, pensaría que todos los días se escriben en este país cosas que pueden parecer más indignantes que mi artículo y espero, por su carácter científico, que no sea sólo por leer cosas con las que no está de acuerdo).

Las líneas argumentativas del mencionado artículo la Sra. González se pueden resumir así. España ha obtenido 17 medallas demostrando que el esfuerzo, el sacrificio de nuestra/os olímpica/os, y un sistema de selección de los mejores da sus frutos. Además, esto recuerda a la autora que nuestro país es puntero en muchas otras cosas en las que el esfuerzo, la creatividad y la excelencia son importantes: grandes cocineros, empresas punteras que nos permiten ser un país exportador, y la aparición de start-ups innovadoras, escuelas de negocios, etc. (No sé si esta parte del artículo le ocasiona disgusto o puede estar de acuerdo en que hay sectores en España más meritocráticos que otros). En el resto del artículo la autora se esfuerza en denostar el sistema universitario e investigador de nuestro país, y específicamente a los profesores universitarios (Me encantaría que me señalara donde me ensaño con LOS profesores universitarios) . No tenemos premios Nobel en ciencias desde Ramón y Cajal (excluyendo Severo Ochoa, que trabajó en EEUU) (Esto a mi sí que me ocasiona un disgusto tremendo. Además, es un dato, no una opinión). Nuestras universidades aparecen en posiciones bajas (más allá del 150) en las listas de clasificación de calidad de instituciones académicas (el Ránking de Shangai, por ejemplo) (ídem). Y la culpa, según el artículo argumenta entre líneas (ay, ese entre líneas, qué margen da para interpretar. Textualmente digo “Los hay estupendos”, siento que usted no se haya dado por aludido), es del profesorado. Con alguna excepción — repito, digo “Los hay estupendos” (cita al profesor Francisco Mojica de la Universidad de Alicante, quien descubrió el sistema CRISPR, lo que permite prometedoras aplicaciones biotecnológicas de edición de ADN) los demás profesores universitarios parece que obtuvieron el doctorado cum laude porque no hay otra calificación posible (no es cierto, he estado en tribunales en los que no dimos el cum laude)(Me alegro mucho y estaría fenomenal que compartiera los datos porque, Granada, por ejemplo, tiene esto y en este artículo también se señala la anomalía española) y trabajan en un entorno académico en el que la meritocracia está ausente (en el sentido en el que las ocasiones de promoción laboral no acaban favoreciendo en muchos sitios al mejor candidato). Y han conformado un lobby ( ¿dónde digo yo extactamente que hayan conformado un lobby?) que se dedica a participar en tertulias para lucir sus títulos académicos y a medrar en el mundo de la política (sobre todo, parece ser, en el PSOE y en otro partido que ni siquiera se nombra). El objetivo de ese lobby, explica la Sra. González parafraseando a Pink Floyd, es que sigamos comfortably numb (confortablemente atontados). La universidad dirigida por unos ineptos que quieren que no pensemos (puntualizo, por una CRUE que quiere que la mayoría de los españoles esté contenta con unos títulos universitarios que se van devaluando mientras una élite busca con ahínco la posibilidad de que sus hijos estudien fuera).

Para acabar, la Sra González de Vega da una idea constructiva: para ser un país excelente en todo, tal y como lo somos en el deporte, en la cocina, en la moda o el turismo, sólo hay que neutralizar a ese lobby. Neutralizar, bonito verbo. (No dejar que sea la CRUE quién decida el futuro de la universidad)

Sospecho que la Sra González de Vega hace unos cuantos años que no pisa una universidad, al menos una pública (siento decirle que sospecha usted mal. Suelo ir de vez en cuando). Porque lo que es evidente es que ignora qué es y qué hace un/a profesor/a de una universidad española (no sólo no lo ignoro, es que tengo muchos amigos profesores de universidad. Por cierto, en ningún momento cita usted a Carlos Elías, al que yo aludo en el artículo, y que es uno de esos amigos). La clave es si la Sra González de Vega (o cualquier otra persona) sabe evaluar la calidad o la excelencia de una universidad y de su profesorado (jamás he pretendido ser yo la que evalúe la universidad, pero entiendo que si otras universidades acceden con gusto a las evaluaciones no sé por qué España debe ser diferente). La excelencia de los deportistas es muy fácil de medir, en eso consisten unos juegos olímpicos. Todos los deportistas realizan las pruebas en las mismas condiciones. En atletismo y otras disciplinas olímpicas se controla hasta la más ligera brisa, y una marca puede quedar invalidada si el viento sopla a favor por encima de una determinada velocidad. Por contraposición, los rankings académicos son muy arbitrarios: el número de las variables que intervienen es infinito y la mayoría de éstas no dependen, o lo hacen muy indirectamente, de la propia universidad. Son más bien fruto de la sociedad en la que la universidad se crea y para la que trabaja, de su entorno socio-económico (de acuerdo, aunque no se sabe que va antes, si el huevo o la gallina). Por ejemplo, es muy relevante la inversión pública en I+D del país en cuestión, el presupuesto global de la Universidad o la inversión en investigación por parte de la industria (Parece de cajón, pero en los años en los que más gastamos en I+D no se produjo un avance notable en los ranking). Aun así, si observamos el mapamundi que nos aporta el Shanghai Ranking[1] apreciamos cómo nuestro país ocupa un modesto, pero no irrelevante lugar en el mismo con 13 universidades en el top 500. No tenemos premios Nobel, pero todos (los científicos) sabemos que las grandes instituciones académicas estadounidenses, británicas y europeas, hacen lobby para conseguir que su profesorado sea candidato a los premios. Nuestro país está al margen de esos circuitos de influencia. (¿Y eso de quién es culpa? Justo eso es lo que me trasladan amigos científicos y profesores que hablan inglés y se manejan en esos circuitos. Que sigue dando pena cómo hay tan pocos que estén en puestos muy relevantes en sociedades internacionales, en comités de congresos internacionales, levantando la mano en las ponencias, preguntando, haciendo networking).

Un profesor de una universidad pública española, Sra. González de Vega, no sólo investiga y publica artículos, da clases. Muchas clases (Cierto, también conozco casos que consiguen concentrar la docencia en un cuatrimestre y tienen otro para investigar. También los hay que no investigan apenas — no me sean ombliguistas, que hay muchos grados de letras). Hablando con colegas de universidades europeas (británicas, alemanas, francesas, italianas, suizas) o estadounidenses, nunca, y digo NUNCA, me he encontrado con ninguno que impartiera más horas de clase al año que yo. A pesar de ello, un profesor de una universidad pública española investiga y lo hace bien, especialmente teniendo en cuenta los medios de que dispone. Los agencias públicas estadounidenses del ámbito científico en el que me muevo (National Institute of Health –NIH; National Science Foundation -NSF) dan proyectos del orden de 8–10 veces mejor dotados que los mejores proyectos públicos españoles. Ni que decir tiene, que las compañías privadas europeas y norteamericanas invierten mucho en I+D+i, para lo cual colaboran a menudo con laboratorios universitarios. Eso, en España, es aun muy infrecuente (Efectivamente, una pena. Pero, ¿sabe usted cuánto tarde una OTRI normal en tramitar un convenio con una empresa? En Israel, el responsable de transferencia tecnológica del Technion me dijo que como no se firmara en un mes, se consideraba un fracaso)

En los últimos años, como consecuencia de la crisis financiera y, sobre todo, de la respuesta de nuestros gobiernos a la crisis, la financiación del sistema universitario y de ciencia españoles ha empeorado notablemente tanto en términos absolutos como en comparación con nuestros vecinos europeos. Contrariamente a lo que esa tendencia hacía prever, en el quinquenio 2009–2013 el número total de artículos científicos publicados en nuestro país fue de 389.456, con un crecimiento del 30% respecto del quinquenio anterior, claramente por encima de sus referentes europeo (14%) y mundial (20%)[2] (¿Cómo es posible que haya mejorado la investigación A PESAR de la menor financiación? ¿Será que más dinero sin reformas o sin mejor evaluación no es eficaz?). De hecho, en 2013 la producción científica española constituyó un 11,56% de la producción europea y un 3,56 de la producción mundial, muy por encima de lo que predice la población española (6,24 % de la europea; 0,63% de la mundial) o su PIB (7,8% del europeo; 1,8% del mundial). Y, a pesar de la crisis, la producción científica española no ha parado de crecer (no sabemos si esto durará mucho). España ocupa el puesto 10 en el ranking mundial de producción científica, pero sólo llega al puesto 22 en impacto (a lo mejor este es el puesto que interesa, ¿no? si estamos publicando artículos relevantes para la comunidad científica internacional), un concepto difícil de explicar pero que está relacionado con el número de veces que los artículos científicos son citados en otros artículos científicos y, por lo tanto, han sido leídos, analizados y encontrados interesantes. Los científicos españoles no caemos en la autocomplacencia e intentamos superarnos cada día, mejorando el impacto de nuestros artículos (eso está fenomenal). Pero lo que queda meridianamente claro es que la excelencia de la ciencia española no se aleja mucho de la deportiva (hombre, el meridianamente si comparamos medallas olímpicas con premios Nobel o medallas Field, pues…).

Como hemos visto, la producción científica de una universidad se puede medir y evaluar. Pero ¿cómo medir la producción académica/docente de la universidad? En los rankings universitarios eso se estima a través del número de estudiantes internacionales que las universidades consiguen captar, el número de doctores que se producen y la tasa de empleo de los estudiantes egresados (graduados, master y doctores). En lo tocante a los estudiantes internacionales, todos sabemos que en un país angloparlante es muchísimo más fácil tener estudiantes extranjeros (claaaaro, porque el español es un lenguaje marginal, ¿no? que no puede atraer a miles y miles de latinoamericanos, por una parte y, por otra, en el resto de Europa, como se explica aquí, el inglés se va adoptando como lengua franca, a diferencia de en España que, además, está exigiendo en Valencia el valenciano para plazas en la universidad, lo que la hará, sin duda, más abierta e internacional). En nuestro país, dar las clases de máster en inglés puede significar hacer accesible el postgrado a estudiantes extranjeros, pero inaccesible al grueso de los estudiantes nacionales (como director de un postgrado he estado en la difícil tesitura de tomar decisiones al respecto)-. Por otro lado, en un país que en los momentos peores de la crisis tenía un 50% de paro juvenil, es imposible que la tasa de empleo de los graduados, master y doctorados sea competitiva (quizás convendría una mejora de la orientación laboral, que no incumbe al profesorado, o plantearnos cerrar escuelas de ingeniería donde se quedan plazas libres y se exige un aprobado para entrar). Es la estructura socio-económica de nuestra sociedad, no sólo la calidad de la universidad, la que hace que las universidades españolas puntúen bajo en los aspectos docentes de los rankings internacionales. Aun así, la/os graduada/os, masters y doctoras/es que salen de nuestras universidades tienen un gran éxito en entornos profesionales del extranjero, donde son muy bien recibidos. La diáspora de jóvenes muy formados (formados y titulados, sí, Sra. González de Vega) lo demuestra a las claras (conviene distinguir entre científicos excelentes que no van a encontrar hueco en España por la desastrosa política universitaria y miles de titulados en todo tipo de grados que están trabajando también fuera de España en trabajos por debajo de su cualificación). Además, Los jóvenes españoles no sólo tienen espíritu aventurero que les impulsa a emigrar (Marina del Corral dixit) sino una formación excelente que les permite competir bien allí. Y allí los tenemos (efectivamente, hablé con los que están en el MIT, por ejemplo, en este artículo). En el ámbito académico/investigador, mi experiencia personal me demuestra que las universidades españolas forman excelentes científicos e ingenieros, al menos tan buenos como (si no mejores que) los de otros países europeos.

Acabo. Me alegro de que se sienta usted orgullosa de los deportistas de su país, eso es bueno. Pero es muy triste que todo lo que ese orgullo le suscite sea un rencor ciego, visceral, hacia un colectivo que está sosteniendo el sistema universitario contra viento y marea, en un momento en que el número de estudiantes se ha incrementado (tras la crisis todo el mundo quiere formarse), el de profesores ha disminuido (en aplicación de la famosa tasa de reposición de funcionarios jubilados) y la inversión en educación e investigación se ha desplomado. Si algún profesor universitario le cae mal, critíquelo a él o ella. Pero no cargue contra todo el gremio. Y menos sin documentarse un poco (NO he cargado contra todos los profesores, precisamente lo he hecho contra un sistema que mantiene en condiciones vergonzosas a mucho joven talento, que sigue sin combatir la endogamia, que no quiere más transparencia en resultados y porque creo que los departamentos que mejor lo hacen se merecen más reconocimiento y más financiación, así que me he debido de explicar muy mal. En cuanto a lo de la ignorancia, tener a muchos amigos profesores, haber leído bastante sobre el asunto y haber entrevistado a lo largo de mi carrera a multitud de investigadores no debe de ser suficiente. Seguiré estudiando para tener una opinión mejor formada).

Por último, me ha gustado leer su artículo porque me encanta debatir y obligarme a leer más. Que me llamen demagoga ignorante en un país donde la cuota media de los reality es alta me inquieta un poco más, dado que intento no serlo cada día de mi vida.

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