Pásame el marrón, rápido
En el mundo, todos los días, hay que tomar decisiones impopulares y la mayoría de los que se ven obligados a hacerlo estarían encantados de echarle el marrón a otros. Pasa en las familias, donde suele haber un progenitor que asume el coste de ser el malo y ocurre en las empresas, donde se contrata a una consultora para que ejecute lo que ya saben que es necesario los puestos de mando. Cualquiera con amigos consultores ha asistido al relato de batallas parecidas: aquellas ocasiones en las que llegaron con una lista prácticamente hecha de despidos y tuvieron que hacer el paripé de justificarlos con una currada evaluación. “Ah, esto es lo que han dicho los consultores”, se encogían de hombros los directivos. Casi nunca despedían a los jefes que para eso pagaban y bien los servicios de comerse el marrón a muchos euros la hora. Esas consultoras, además, solían ser parte de la misma empresa que auditaba las cuentas. Las mismas firmas que tienen una sobresaliente capacidad de seguir arriba pese a que realizaron auditorías como la de Bankia antes de salir a Bolsa.
En el Gobierno, ahora, el marrón no es pequeño. Tienen a Bruselas con el aliento en el cogote, regañando por la incapacidad de recortar el déficit y los números siguen sin salir en el Congreso para un gobierno con mayoría absoluta. Pero, si quisiera, Mariano Rajoy tendría a Ciudadanos en modo consultor, dispuesto a tragarse el marrón que el PP, por cobardía electoral, no quiere. Podrían pactar un acuerdo de coalición en el que se exigiera el contrato único, por ejemplo, el mismo que piden con la boca pequeña en foros especializados responsables económicos de Moncloa. También la reforma universitaria que metieron en un cajón por pura cobardía a la hora de enfrentarse a la izquierda académica. Es un trabajo, además, que ya está hecho. En el acuerdo, debería estar poner en marcha el cheque formación, al que se oponen los beneficiados durante años con cursos de dudosa utilidad. Y la paulatina supresión de las diputaciones o las fusiones de ayuntamientos, algo que el PP nunca acometerá porque supone enfrentarse a la militancia que se beneficia de esa organización territorial. También la despolitización de la Justicia, con una reforma seria que implique también la digitalización con medios de un sistema del que alguna vez habría que calcular el daño que hace a la economía aunque sólo sea por inseguridad jurídica, retrasos y días perdidos de productividad, más, por supuesto, el actual sistema de concurso de acreedores. Y la menguante caja de pensiones, claro.
Todo un marrón que el PP no ha querido solucionar con una mayoría absoluta. Ahora, tiene cerca a un partido, Ciudadanos, que le está pidiendo que se lo pase. Si ocurriera, no es descartable, el coste electoral para Ciudadanos podría ser tan duro como lo fue para los demócratas liberales de Nick Clegg en el Gobierno británico. Pero, si tenemos que creer a los responsables de ese partido, ellos no nacieron para perpetuarse como una formación que proporcionara miles de puestos de trabajo. Si, finalmente, Mariano Rajoy no ve esta jugada y prefiere un gobierno en minoría y en precario sin hoja de ruta, será el responsable de haber satisfecho al pueblo, ese que no se da cuenta de las reformas que quedan pendientes. El mismo que, por culpa de los políticos, se ha creído que las reformas son “dolorosos recortes”.
Ciudadanos, por su parte, si quiere que le pasen el marrón, debería dejar de insultar a Rajoy, aunque tenga motivos y tragar con que en el mismo banquillo estén sentados unos nacionalistas que pedirán algo a cambio sólo por apretar a un botoncito. Cesiones por el bien común. Si alguien sabe lo que es.