Han Solo

A la persona que reciba este mensaje, le sugiero que evite encontrarle una explicación lógica a lo que voy a detallar a continuación. Como también que evite hacer contacto conmigo, o siquiera intentar localizarme; tomaría eso como una falta de respeto a mis últimos deseos personales.

Probablemente hoy sea la última vez que disponga algo de tiempo para contar mi historia, así que voy a tratar de ser breve. Pero como disfruto de las historias bien contadas y carentes de vacíos argumentales, es probable que me extienda más de lo que tengo pensado. Sólo si me dejo llevar…

Todo arrancó la mañana del diez de junio pasado, pero fue algo que me llevó tiempo asimilar.

Como cualquier mañana de todos los días de mi vida, tuve que despertarme temprano para ir al trabajo, pero ese día me había despertado aún más temprano de lo normal. Cómo tenía un poco más de tiempo, decidí prepararme algo más que mis dos tostadas diarias y mi infaltable café con leche, que tanto disfrutaba y necesitaba en las mañanas invernales.

El sabor del café recién hecho es un lujo que sólo pocas personas saben apreciar. Creo yo que es la octava maravilla del mundo, cabeza a cabeza con el jazz improvisado de los años 50.

Salí de casa y tomé el primer 145 que pasó por la puerta de mi casa. El colectivo estaba prácticamente vacío, como era de esperarse dado que eran pasadas las seis y treinta. Lo único que disfrutaba de mi tedioso e interminable viaje a bordo del transporte público era mirar las caras de los típicos transeúntes citadinos que parecían estar yendo al matadero en vez de a sus respectivas obligaciones.

Pero ese día una mujer en específico me llamó particularmente la atención. No sé si fueron sus ojos verdes que se confundían fácilmente con un marrón claro, o el brillo de su pelo negro azabache. Quizás fue la forma en la que ella miraba a través de la ventana, con una mejilla apoyada en el frío vidrio y sus manos en su falda. Estaba seguro de que esa mirada no podía acarrear otra cosa que no sea dolor y ternura. Pero había mucho dentro de ella.

La miré de reojo durante varios minutos, expectante de que ella estuviera haciendo lo mismo por su parte. Sin embargo, ella estaba como hipnotizada, sin siquiera pestañear. Me acuerdo haberme hecho varias preguntas intentando descifrar sus pensamientos, pero era tan obvio que no tenía ningún tipo de información acerca de ella, que especular sobre sus pensamientos era algo muy descabellado.

Pasó el tiempo y ella seguía inmóvil, parecía totalmente ensimismada, cómo perdida en su propia cabeza. Intenté llamarle la atención tosiendo a propósito, pero ninguno de los seis pasajeros que me acompañaban giró la cabeza. Muchos de ellos estaban con sus auriculares y eso tapaba cualquier tipo de ruido proveniente de un lugar que no sea su propia lista de canciones.

Seguí observándola en silencio mientras buscaba una forma de hacer que note mi presencia. Lo obvio para algunos hubiese sido entablar una conversación, pero no estaba en los asientos cercanos al mío y sinceramente, hubiese muy extraño e incómodo para ella que un desconocido quiera conversar cuando no eran ni las siete de la mañana. Probablemente no me habría contestado.

Al vivir en una zona periférica de la ciudad, tenía casi una hora de viaje hasta llegar a destino y eso me daba mucho tiempo para pensar; tiempo que solía desperdiciar divagando en mi pasado, en lo más profundo de mis deseos más fervientes o simplemente en las banalidades más efímeras que podían cruzarse por mi cabeza. Dije que también gastaba mucho de ese tiempo analizando físicamente a mis anónimos acompañantes matutinos. Siempre fui un obsesionado por querer desentrañar a las personas, por querer saber hasta lo más mínimo de lo que cada ser que pasaba por mi vida. Era un obsesivo del conocimiento.

Esa mañana pasé mucho tiempo pensando en mi encontronazo con esta desconocida, que raramente se había quedado en mis pensamientos inclusive después de haberme bajado del colectivo.

Es que, al bajarme, ella me miró. O por lo menos, miró hacia donde yo estaba, que es prácticamente lo mismo. Fue sólo por un segundo y luego volvió a su posición, pero pude llegar a mirarle los ojos casi frente a frente.

Esto último me había dejado pensando y se repetía en mi cabeza constantemente como si hubiese durado minutos enteros u horas, pero fue sólo un segundo, algo tan ínfimo como la verdadera felicidad.

Pero en ese momento es cuando a mi cabeza llegaba la cruda realidad: No sabía nada de esa chica. No sabía ni su nombre, su edad, dónde vivía, su historia personal, su cumpleaños, sus ideologías, absolutamente nada. Sólo era una de las tantas que habían pasado por delante de mí en un día. ¿Entonces, porqué pensaba tanto en ella?

Sin embargo, me llené con la leve esperanza de que quizás al otro día ella fuera a estar en el mismo colectivo, a la misma hora. Quizás podría verla nuevamente y continuar observándola en silencio, pero al menos no la habría visto sólo una vez.

Quizás hasta me animaba a hablarle. O sólo a saludarla. O al bajarme nuevamente, esbozaba una sonrisa para que ella la devuelva si es que esta vez, me miraba. Aunque eran solo especulaciones de mi mente que estaba esquivando el trabajo que mi jefa estaba enviando por fax.

Salí del trabajo a las seis de la tarde, como ya era costumbre. Después de un día lleno de expedientes desactualizados y llamadas interminables con personas a las que detesto pero con las que tengo que fingir simpatía, lo que más quería era cenar y acostarme. Llegué a mi casa una hora más tarde y cociné unos huevos revueltos con algo de panceta, mientras escuchaba uno de esos compilados de blues que le había robado a escondidas a mi padre cuando me fui de casa.

Mi viejo era uno de esos anticuados que pensaban que las mujeres sólo servían para trabajar en casa y criar a los hijos mientras los hombres traían el pan. Lo más irónico es que era un inútil hasta para eso, puesto que lo que traía lo gastaba en prostitutas. Mi mamá era una mujer muy sumisa y tenía más miedo que respeto por mi padre, jamás en la vida la vi discutiéndole algo o criticando una de sus estúpidas posturas.

Una noche, cuando rondaba los 17 años de edad, decidí irme de casa por mi propio bien. Había ahorrado lo suficiente como para pagar un alquiler y había conseguido trabajo de medio tiempo en un almacén, por lo menos hasta que terminara la escuela. Fui a la pieza de mis padres a saludar a mi madre, quien dormida me devolvió el beso. Mi padre no había llegado todavía de una de sus largas noches de lujuria y descontrol, así que aproveche para llevarme varias de sus pertenencias más preciadas y abandoné la casa en completo silencio.

Durante un año estuve alquilando un departamento por el centro de la ciudad, llegando a fin de mes sin ningún lujo y con sólo dos muebles que decoraban mi pequeño hogar. Al terminar la secundaria, conseguí un trabajo mejor pago y comencé a estudiar medicina, carrera que terminé con un promedio sobresaliente y a los pocos años de haber comenzado.

Todavía no entiendo cómo es que un médico con un futuro tan esperanzador haya terminado apilando expedientes en la oficina de un hospital público. En realidad, si conozco el motivo, pero eso es harina de otro costal.

Mis padres fallecieron tras un accidente de tránsito hace 5 años. Estuvieron internados en coronaria durante un mes, pero jamás fui a verlos. Me daba mucha pena por mamá, pero no quería que él se diera el gusto de verme llorar. Además, tenía que respetar mi propia decisión de no volver a vincularme con ellos nunca más, aunque debo admitir que a veces quería llamar a casa por teléfono sólo para escuchar una voz conocida del otro lado.

Terminé de comer y me recosté en el sillón de una plaza que tanta compañía solía hacerme. Subí el volumen a lo que sonaba en ese momento (Catfish Blues de Muddy Waters) y preparé mi pipa para lo que iba a ser mi dosis semanal.

Había descubierto la marihuana en la universidad; uno de mis amigos era un fumador regular, uno de esos hippies que predican el amor por el cannabis como si fuera una religión. Sinceramente no comparto su ideología, pero me supo seducir lo suficiente con su oratoria como para que probara en unas reiteradas ocasiones y pronto se convirtió en mi proveedor. Hoy en día lo sigue siendo, sólo que los años pasaron y lo único que quedó entre nosotros es este lazo sustancial, dejando de lado nuestro lazo amistoso.

Fumé una calada y tosí un poco. En mi trabajo no eran exigentes con los análisis de sangre y de orina; hacían uno por mes para detectar que no hayan drogadictos trabajando para el Estado, pero los análisis siempre los pedían para los últimos días de cada mes y siempre y cuando no tuviera excesos, podía fumar una vez por semana y no iba a tener problemas.

Disfrutaba mucho esos momentos en los que lo único que parecía ser importante era la música que sonaba de fondo, mi pipa y la forma en la que mi cabeza divagaba al ritmo de la canción, cómo me perdía a medida que esta avanzaba, cómo mis pensamientos parecían ir y venir como los arreglos secundarios que presentaban esas antiguas grabaciones.

Dos caladas profundas y apagué la pipa. La suavidad del sonido y el estado en el que estaba me fueron dando sueño, así que me desvestí y me dejé llevar.

Me vi a mi mismo en un colectivo nuevamente. Estaba completamente vacío y a oscuras, y se movía a una velocidad mucho más agitada de lo normal. Las ventanas estaban completamente negras; como si desde afuera las hubieran sellado con cinta aisladora, sin dar indicio alguno del horario en el que estaba viajando.

De repente, el vehículo frena. Y una figura sube, se sienta en el primer asiento mirando hacia el frente y no dice palabra alguna. Así fue por varias paradas, hasta que al cabo de un rato veo como una de las figuras se me acerca y en el medio de la oscuridad, su mano roza mi mano. Era una mano sumamente fría, pero no daban ganas de soltarla.

Esta figura acerca su rostro al mío, pero todavía no podía ver nada, sólo su contorno. Era definitivamente una mujer, que poco a poco fue acercándose hasta sentir su respiración en mis mejillas. Tomó mi mano con mayor fuerza y me acarició el brazo con su otra mano. Llevó mi mano hasta su boca y con mis dedos pude rodear el contorno de sus labios, y lentamente me hizo bajar hasta llegar a su cuello.

Fue entonces cuando ella habló. Sólo dijo “Te veo”. Y me soltó. Y su figura desapareció tal como había llegado a este misterioso colectivo. Intenté levantarme de mi asiento pero no podía, sentía como mi cuerpo estaba pegado al respaldar y no me permitía moverme. Grité, grité y grité, pero nadie parecía escucharme. Necesitaba saber quién era, necesitaba que ella no se fuera, pero ya se había ido.

Las demás figuras se volvieron más y más difusas, hasta esfumarse como si fueran polvo. Estaba solo de nuevo.

Desperté de mi trance y por una fracción de segundo me pareció que todo lo que había sucedido en mi cabeza había realmente pasado en mi living, porque mis articulaciones me dolían a más no poder. Le eché la culpa al trabajo y me acosté, todavía sin saber quién era la mujer que me veía.

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