Han Solo II

Desperté pensando en ella.

No podía entender el porqué de mi situación. No podía entender que era lo que había en ella que me había cautivado tanto. Cómo era posible que me haya cegado de tal forma, cuándo sólo la había visto una sola vez y en una situación tan típica que asustaba.

Ese día no pude encontrarla en ningún rincón del desbordado colectivo. Y volví a sentir la decepción que me había abrumado el día anterior, caer en la cuenta de que toda la historia que había imaginado entre esta misteriosa mujer y yo estaba sólo en lo más profundo de mi imaginación; aceptar que la probabilidad de volver a verla era tan efímera y sonaba tan inocente como los primeros deseos de un niño.

Después de todo, era algo lógico. Pero jamás fui de esas personas que se dejaban llevar por planteos lógicos; a pesar de ser tan analítico y tan calculador, siempre fui muy iluso y ponía mis emociones siempre por encima de mis pensamientos, intentando racionalizar lo irracional y dejándome llevar por corazonadas ilógicas e incomprensibles, como esta. Creo que por este motivo mi cordura siempre fue puesta en duda por las personas que formaban parte de mi círculo de seres queridos, pero hacía caso omiso a sus críticas aburridas y desmotivadoras. No quería vivir la vida de una forma tan aburrida como ellos la vivían.

Todo esto fue lo que se me pasó por la cabeza mientras viajaba de regreso del trabajo, completamente absorto en una nube de incertidumbre que no me dejaba ser claro a la hora de razonar.

Estoy dando vueltas otra vez y no estoy concentrándome en lo que realmente importa, el motivo por el cual estoy escribiendo esto.

Pero entonces voy a tener que adelantarme bastante, porque durante esa semana nada interesante sucedió, más que un par de sueños estrambóticos en los que me encontraba a mí mismo en situaciones tan psicodélicas que parecían extraídas de los vinilos más alocados de Pink Floyd.

En uno de aquellos sueños, me encontraba a mí mismo en un orfanato. Estaba recostado sobre una cama matrimonial con respaldo tallado, con la apariencia de tener más o menos la misma cantidad de años que el lugar que la hospedaba. Miré a mi alrededor y sólo pude distinguir pequeñas figuras que giraban y giraban en la comodidad de sus sueños.

Una de aquellos seres abandonados se incorporó de la comodidad de su lecho y una vez que puso los pies sobre el suelo, caminó hacia mi cama. A medida que avanzaba y se acercaba, pude notar los rasgos de la cara de aquel pequeño niño. Y digo niño por pura cortesía, dado que no había nada de un niño en él.

Su piel estaba marchita y arrugada, no tenía nariz y su pelo quebradizo denotaba una edad mucho más avanzada de la que aparentaba su pequeño cuerpito. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención eran aquellos ojos. Unos ojos verdes tan brillantes y profundos como el mismísimo Río Amazonas. Eran los ojos más hermosos que había visto, pero al mismo tiempo había algo en ellos que me asustaba.

Quizás era el calor tan intenso que emanaban, o quizás era simplemente la frenética forma en la que sus pupilas se dilataban al verme. El niño llegó al pie de mi cama y poco a poco, casi con timidez, se fue acercando más y más. Se subió a mi colchón y arrodillado sobre mi cuerpo, se acercó a mi cara y se detuvo unos segundos a inspeccionarla, quizás buscando marcas de la edad o simplemente descubriendo el rostro de un nuevo conocido.

Recuerdo hoy con suma nostalgia, la forma en la que aquellos ojos se llenaban de lágrimas de dolor mientras el pequeño ser introducía una mano en mi boca, ahogándome en un llanto desconsolado mientras con su otra mano arañaba mi pecho y desgarraba mi piel, en su búsqueda desesperada por llegar hasta mis huesos.

Poco a poco, cientos de niños despertaron de sus camas y se lanzaron hacia mi cuerpo. Podía sentir millones de pequeñas garras desgarrando mis músculos, trozándolos y desmenuzándolos con cada zarpazo. Cuando muchos llegaban hasta mis huesos, se detenían por un instante para luego hincarme sus dientes y roer cuasi como pequeñas ardillas cada centímetro de mis desgastados y duros sostenes.

El dolor progresivamente se fue transformando en una sensación tan placentera como un orgasmo y poco a poco me fui encontrando a mí mismo erguido en mi verdadera cama, transpirando y gimiendo.

Ese día estuve bastante alterado, así que decidí llamar a una de esas mujeres que vienen a tu casa a darte masajes y a satisfacer tus necesidades sexuales. Me había acostumbrado a frecuentar prostitutas hacía ya un par de años, cuando había salido de la última relación que había tenido. Siempre había tenido el principio de no rodearme de damas de compañía por el simple hecho de querer diferenciarme de las costumbres y doctrinas de mi padre, pero sucumbí frente a la necesidad de una compañía en la soledad de mi vida.

Durante mucho tiempo me hice promesas a mí mismo que no tardé en romper cuando crecí. Juré no drogarme y lo hice. Juré no frecuentar con putas y terminé siendo un usuario frecuente de aquel rubro. Toda mi vida estaba basada en una contradicción tan grande como los ideales que solía profesar. Y que en el fondo, profeso, pero dejé de perder el tiempo gastando saliva en ellos.

Me preparé unos huevos revueltos mientras escuchaba Disreali Gears de Cream. Siempre que escuchaba a Clapton terminaba pensando en aquel histórico suceso del “Día en el que Hendrix mató a Dios”. Siempre había fantaseado con haber visto aquella paliza en vivo, con haber vivido en Inglaterra durante los sesenta, cuando florecía el movimiento hippie y dónde las estrellas icónicas y legendarias del rock se paseaban día y noche por las calles de la capital británica.

Unos años después de haber comenzado a trabajar en el hospital, uno de mis compañeros de trabajo decidió renunciar, y en su reemplazo, decidieron contratar a un señor de edad avanzada. Aquel hombre se llamaba Víctor Gamez y al tener sesenta años, estaba muy cerca de su edad jubilatoria.

Había perdido su anterior trabajo y gracias a un contacto en común, pudo conseguir el trabajo dentro de la secretaría. Con el tiempo, Víctor demostró ser un buen compañero y un buen amigo, entablamos una relación muy amistosa y muy fraternal. Durante mucho tiempo, llegué a considerarlo la única persona a la que pude llamar amigo en mi edad adulta.

Aquel viejo había vivido la vida loca en los sesenta y había viajado por todo el mundo. En uno de sus viajes a Inglaterra, dónde estuvo viviendo por unos dos años, frecuentaba pubs y bares donde la movida de la época estaba en su apogeo. Según sus cuentos, había tomado ácido lisérgico con Syd Barrett en reiteradas ocasiones y tenía encuentros sexuales esporádicos con Janis Joplin. “Esa mujer era una diosa” me decía siempre que le preguntaba por una de sus aventuras.

También juraba haber vivido un tiempo con Jim Morrison, en una de las tantas estadías en Londres del Rey Lagarto. Gracias a Víctor, pude imaginarme muchísimas situaciones en las que encontraba a aquellas figuras endiosadas como humanos, quizás no tan convencionales, pero humanos al fin. A veces pensaba que simplemente estaba escuchando las divagaciones de un viejo perdido y solitario que necesitaba situarse en una época de su vida que no fuera la que estaba viviendo realmente, pero poco me importaba. Quería creer que lo que Víctor relataba era tan real como nosotros.

Prendí unas velas rojas y bajé un poco la música, expectante de que aquella mujer tocara el timbre de mi departamento. Encendí un cigarrillo y me recosté a esperar su llegada.

Me distraje observando la forma en la que los círculos de humo se desdibujaban en el aire al salir de mi boca; algunos se perdían tan súbita y fugazmente que era difícil poder ver la forma que habían adoptado cuando se hicieron uno con el aire. Otros flotaban durante segundos, perdiendo su forma y grosor lentamente, en una danza suave y sensual con el mismísimo espacio.

Ya había cambiado a otro álbum para cuando llamaron a la puerta de mi departamento. Recorrí el living y cuando abrí la puerta, mi mente tuvo un repentino quiebre.

No era una prostituta la que estaba detrás de aquel umbral, sino aquella mujer desconocida, ella, mirándome con aquellos ojos almendrados de un marrón verdoso y su cabello negro azabache. Mi corazón dio un vuelco y sentí como mis manos comenzaban a temblar, allá a la altura de mis bolsillos.

Ella sonrío y llevó el dedo índice hacia mi boca, pidiendo mi silencio en un gesto cuasi infantil. Se me acercó y cruzó sus brazos alrededor de mi cuello y pude ver su rostro frente al mío, como jamás lo había hecho.

Sus ojos tenían aquel mismísimo dolor, aquella ternura que había visto cuando nos conocimos en aquel viaje interminable matutino. Estaban cargados de un fuerte brillo y de una profundidad casi infinita, tan infinita como la inmensidad del universo. Tenían todo lo necesario para poder viajar a través de ellos y perderse en su inmensidad.

Y sus pecas tan oscuras que contrastaban con el frío blanco de su piel decoraban su rostro con una belleza tan exótica y única que era imposible que pasara desapercibida para cualquier ser humano. Estaba completamente seguro de que seguramente todo el mundo conocía la belleza de esta misteriosa mujer.

Me besó. O quizás fui yo el que lo hizo. Me llevó paso a paso hasta mi sillón, en un juego silencioso en el que ella era la protagonista. Me empujó y caí de espaldas sobre el respaldo, se quitó la remera y desabrochó su corpiño, dejando a relucir la inmensidad de su pecho desnudo.

La atraje hacia mí y comencé a acariciarle el pelo suavemente, bajando poco a poco hasta llegar a su espalda. Me acerqué a su oído y le susurré “Te veo”.

Ella llevó mis manos a sus pechos y comenzó a girar su cabeza al compás de sus gemidos. Podía sentir como su temperatura crecía y poco a poco sentía como sus pezones se endurecían en la palma de mis manos. Fue entonces cuando se quitó de encima y levantó una mano extendida indicándome que esperara. Encontraba en el silencio de aquel juego algo muy poético, así que decidí hacerle caso.

Desgarró la manga de su remera y con un movimiento me coronó con una vincha improvisada, cegándome por completo. Sentí como seguía rasgando su pequeña prenda y como poco a poco ataba mis manos a los brazos de aquel sofá.

Acercó su rostro al mío, me besó en la comisura de los labios y se quedó inmóvil. Durante varios segundos, fui incapaz de sentir nada, de escuchar nada, incapaz de olfatear. Todos mis sentidos se habían anulado completamente, perdiendo casi por completo la noción espacio-temporal.

De repente, pude sentir como mi sillón se ensanchaba y se alargaba, agrandándose cada vez más y más. Sentí como mis inertes extremidades se liberaban de sus ataduras mientras me sumergía en un calor abismal que entraba y salía de mi cuerpo a su antojo.

A mi alrededor, el siseo de miles de serpientes inundaba mis ahora funcionales oídos y se comprimía en la profundidad de mi cabeza aturdiéndome y causando más confusión de la que ya tenía.

El calor terminó de repente. Y sólo pude sentir frío, un espeso e inhóspito frío recorriendo mi espalda, casi como si un hilo de agua estuviera cayéndome desde el cielo y bañándome poco a poco. Mi sillón dejó de crecer y mis brazos ahora tenían movilidad.

Cuando retiré el vendaje de mis ojos, ella ya no estaba.