Han Solo III

¿Por qué siempre se van? ¿Por qué todos tienen que irse?

Todas y cada una de las personas que conocí en mi vida terminaron abandonándome. Durante años pensé que eran simples coincidencias; coincidencias que formaban parte de un pequeño pero trágico complot del universo por verme sumido en una nube de soledad y tristeza.

Era increíble como siempre todas las personas que en algún momento tuvieron importancia e influencia en mí, supieron dejarme atrás en sus vidas con una facilidad cruel y burda. Parecía que jamás llegué a importarle realmente a nadie, que el hecho de tomar distancias les fuera tan simple que se iban sin decir nada, como quien abandona a un animal en un campo desierto.

Pero de ella… jamás me lo hubiese esperado. ¿Cómo era posible, que teniéndome ahí, a su merced, me haya hecho esto? Era inconcebible.

Me levanté muy nervioso de mi sillón, temblando de pies a cabeza y respirando con dificultad. Jamás en mi vida había sentido tanta furia. Sentía como mis manos se cerraban con violencia y la sangre corría por mis venas en un vaivén tan ruidoso que podía sentirla inundando mis oídos.

Miré de reojo aquel reloj de pared viejo que le había comprado a un hippie en una feria de pulgas, que en ese momento dictaba que habían pasado veinte minutos de las once de la noche. El silencio espectral que había llenado mi casa luego de la repentina ausencia de aquella puta contrastaba con el ruidoso fluir de mi torrente sanguíneo.

Tomé un jarrón que decoraba la mesa de mi cocina y lo reventé contra la pared, dejando una estela de cerámica impregnada mientras millones de pequeños fragmentos inundaban la habitación. No podía contenerme. No lo soportaba.

Jamás entenderán todo lo que sufrí. Jamás entenderán las cosas por las que pasé, los lugares que visité, la gente que amé. Estaba descolocado. No sabía qué hacer, no sabía hacia dónde ir, no sabía nada. Sólo sentía ira, dolor, rabia, frustración. Podía sentir como mis ojos se inyectaban en sangre y podía imaginarlos tan rojos como un rubí, bañados en lágrimas carmesí mientras destruía todos los objetos que estaban a mi alcance.

Floreros, jarrones, botellas vacías y vasos decoraron con polvo mis paredes mientras los lanzaba uno a uno hacia el impacto seguro con el concreto. Tomé un cuchillo de cocina y empuñándolo con la mayor firmeza que mi inestable pulso admitía, comencé a desgarrar cada uno de los almohadones que decoraban mi sofá.

Golpes secos, cortes crudos y temerarios. Una lluvia de millones de pequeñas plumas inundó mi habitación, despedidas desde la suave profundidad de mis acolchados. Sentía tanta euforia, tanta adrenalina, tanta satisfacción. Era prácticamente como si estuviera satisfaciendo mis necesidades, aquellas que había intentado satisfacer con la compañía de la mujerzuela.

Pero al volver a pensar en ella, pude sentir como mi corazón se cerraba, exprimiéndose cual fruta y liberando más y más adrenalina. Frenético, desencajado, tembloroso, apuñalé una y otra vez a los pequeños cuerpos de plumas que me miraban desde la comodidad de su inercia, casi con la última mirada que da la víctima mientras el cuchillo del asesino ingresa en su cuerpo por primera vez.

Una puñalada. Otra. Dos más. Perdí la cuenta mientras los restos de mi antiguo reposo se adherían a mis manos en un inocente intento por permanecer. Fue entonces cuando en otra de mis frenéticas estampidas rocé mi mano derecha con la hoja de mi arma asesina y un pequeño manantial de sangre brotó de mi interior, dándole forma a aquel pequeño río de escombros y plumas que se había formado en el suelo.

Cerré los ojos por un segundo y un cosquilleo recorrió mi cuerpo. El caos que se había librado a mi alrededor se detuvo por un segundo y por primera vez en mucho tiempo, pude sentir silencio absoluto.

Me imaginé en un desierto de arena, tan árido y caluroso que debía de ser el Sahara. En aquel rojizo horizonte, más o menos a un kilómetro de distancia, podía ver un camello parado en el medio de una colina de arena, con algo en su lomo que parecía una montura.

Salí corriendo en su búsqueda, con la esperanza de que aquel dromedario fuera paciente y no se alejara más de mi ubicación. Tenía que alcanzarlo, sabía que si lo alcanzaba, él pondría fin a todo esto.

A cada paso que daba, sentía como la arena africana, tan ágil y escurridiza como una serpiente se colaba entre los dedos de mis descalzos pies, rostizando cada milímetro de mi piel. Cuando pateaba un pequeño montículo en mi torpe trayecto por las montañas arenosas, otro se formaba más adelante, con mayor grosor, altitud y más ardiente que el mismísimo infierno.

A lo lejos, aquel camello comenzó a moverse lentamente, casi como si estuviera dando pasos en cámara lenta, imitando el recurso tan absurdo utilizado por tantas películas hollywoodenses para recrear situaciones de tensión instantánea.

“No puedo perderlo” me dije, así que comencé a gritarle en un intento por llamar su atención. Quizás si me veía, podía entender que tenía que esperarme para emprender su viaje. Pero aquel gigantesco animal no parecía escucharme y seguía alejándose lentamente hacia la inmensidad de aquel desierto.

Aceleré mi corrida, cayéndome reiteradas veces en choques con las ardientes montañas de arena que se alzaban ante mí, cada vez más imponentes e infranqueables. Pero a pesar de que había recorrido más de la mitad del trayecto, parecía como si la distancia se multiplicara a medida que avanzaba, mientras veía con desesperación como la sombra de aquella bestia se perdía en el ya casi nocturno horizonte. Corrí y corrí, más y más rápido, sin miedo a quedarme sin aliento mientras las tormentas de arena comenzaron a azotar y mi visión se consumía cual fósforo.

Cegado por las enormes cantidades de arena que me azotaban, caí derrotado y mi rostro dio de lleno con el calor de la superficie.

Aquel calor se transformó instantáneamente en el frío característico del mármol que adornaba los pisos de mi hogar. Había despertado de aquel sueño. Otra vez, me dije a mí mismo, estaba soñando despierto.

Había caído de mi cama. No entendía que había pasado, cómo es que había llegado hasta ahí y no estaba seguro de si todo lo que había vivido en aquel traumático día era real. Mi cabeza estaba en llamas y me costaba mucho asimilar todo lo que había pasado. Sentía un fuerte dolor en mi mano derecha, cómo si cien agujas estuvieran introduciéndose lentamente en la profundidad de mi herida al mismo tiempo.

No podía saber cuánto tiempo había pasado (dado que también había destruido aquel reloj de pared) pero estaba seguro que muchas horas habían transcurrido desde el dichoso colapso. A través de la ventana de mi habitación llegaba una iluminación tenue proveniente del foco de la calle, lo que significaba que la noche estaba en su clímax.

Me incorporé lentamente sin poder disimular lo abrumado y confuso que estaba. El zumbido de mil abejas atravesaba mis pensamientos y difuminaba las ideas que se iban formando en el interior de mi cabeza. Todavía temblando, caminé hasta el living para encontrarme con el desastre.

A pesar de que aquellos colapsos no eran regulares, estaba lo suficientemente acostumbrado como para no sobresaltarme al ver semejante escenario estando ya sobrio. Sin embargo, los pequeños charcos de sangre me provocaban arcadas y tuve que contener las náuseas para no volver a sucumbir frente a mi fobia.

En los años que estuve en la universidad, muchos de mis compañeros de estudios se vieron sorprendidos de que siguiera estudiando medicina luego de descubrir el pavor que me produce la sangre. Perdí demasiado tiempo dando explicaciones como “No puedo dejar que un simple miedo opaque mis ganas de aprender” o cosas similares, pero llegó un tiempo en el que me tuve que dejar de mentir a mí mismo y aceptar que eso iba a dificultar mi profesión.

De hecho, jamás ejercí justamente por aquel miedo. Quizás el hecho de que jamás superé aquellos obstáculos sea uno de los motivos por los que apilo expedientes.

Tomé unas cuantas gasas de mi botiquín personal y luego de limpiar mi herida, abandoné el caos en el que se había convertido mi departamento.

Una vez en la calle, decidí seguir mis instintos y atender al llamado de aquella corazonada que me volvía loco. Sabía que aquel trance no había pasado por nada y que aquel sueño tenía un carácter simbólico. Si no, no se explicaría el porqué del camello solitario.

Como toda noche invernal, las temperaturas a la madrugada rozaban los grados bajo cero y había salido muy desabrigado como para estar afuera. Aunque sabía que si volvía a casa, no habría vuelta atrás y terminaría sin descubrir el significado de aquella epifanía.

Caminé unas cuantas cuadras hasta llegar a la parada de colectivo, en la que unos cuantos vagabundos habían buscado algo de refugio para pasar la noche. El nauseabundo hedor que desprendían aquellos hombres hizo que mis nauseas regresaran.

El transporte llegó unos pocos minutos más tarde, lo que me hizo pensar que tenía suerte porque la frecuencia a la madrugada solía ser más relajada y esperar una hora era poco tiempo. Después de todo, quizás el final del día no iba a ser tan agrio.

El viaje se hizo interminable, pero al cabo de unos cuarenta minutos llegué a mi destino. Al descender por la bajada de atrás, el aire me llenó de recuerdos. Habían pasado años desde que no sentía aquel aire campestre inundándome las fosas nasales.

Años y años sin visitar aquellos rosedales que decoraban las fachadas de los hogares de aquel antiguo barrio. A su vez, los árboles habían crecido con tal soltura que a pesar de estar separados por el pavimento, podían chocarse entre sí en lo más alto de sus copas generando una idea de techo natural en el centro de la calle. Tantos años y nada había cambiado.

Seguí por aquella cuadra y me introduje en aquel viejo pasillo, cuyo fin llegaba a la altura del corazón de la manzana. En su momento, muchas familias vivían allí, por lo que en aquel entonces era muy frecuente cruzarse con niños que iban y venían, jugando a ser superhéroes en aquel pasillo tan angosto. A pesar de que era entendible por el horario, debo admitir que me deprimió encontrarlo tan vacío y diferente a lo que era cuando yo solía ser una visita frecuente.

Llegué a la puerta del fondo, aquella que en vez de encontrarse en los costados del pasillo, estaba de frente al mismo y podía verse desde la acera. Una puerta de madera vieja, mohosa y despintada, con algunos vestigios de blanco en su superficie, me sonrío. El vidrio manchado de tierra que formaba parte de la ventanita del medio seguía igual, casi como si los años no hubieran pasado.

Toqué el timbre y esperé. Al cabo de cinco minutos, no tuve respuesta y toqué de nuevo. Sí todavía vivía ahí, cosa que esperaba pero de la que no estaba del todo seguro, tendría que estar despierto. Siempre fue bastante noctámbulo.

Una luz se prendió en la profundidad del hogar y pude sentir unos pasos acercándose hasta la puerta. Cuando una sombra gorda y grotesca se situó detrás de la puerta, mi pecho se hinchó y respiré hondo.

Aquel sujeto abrió la rendija de la ventanita y desde atrás de la puerta me miró extrañado, casi como quien mira un desconocido. Achicó los ojos en un intento por reconocerme y luego de sonreirme dijo con voz cansina:

“¿Tenés idea de qué hora es?”