Las Maravillosas Aventuras de Eugenio Lucasi

Eugenio Lucasi estaba sentado en la silla que daba contra el ventanal de aquel espacioso y anticuado bar. Estaba leyendo el diario, al que sostenía en la mano derecha, mientras con su mano izquierda se llevaba a la boca una buena jarra de café con leche, al que le había agregado dos cucharadas de azúcar, sumergiendo sus tres medialunas saladas en la tibia infusión.

Después de tantos años, Eugenio mantenía la misma costumbre. Siempre había estado fascinado con los bares a los que yo llamo “de taxistas”. Esos bares espaciosos que generalmente están decorados con muebles de madera vieja y opaca, en los que atiende una moza mucho más joven que los comensales, que se mueve de acá para allá con una sonrisa amplia y el pelo negro azabache recogido en una cola de caballo.

Eugenio tampoco había abandonado la costumbre de endulzar su café matutino con dos cucharadas de azúcar, ni tampoco había perdido el gusto por el café un poco más suave, mitad café y mitad leche. Una jarra hecha de un metal brilloso, en la que reposaba la parte láctea de la infusión, reposaba a su derecha, quizás preguntándose cuál era su función allí, una vez que ya había servido las necesidades del consumidor.

Después de tantos años, Eugenio había cambiado tan poco que si no fuera por su peinado, habría jurado que estaba frente al que supo ser mi mejor amigo de la adolescencia. Seguía teniendo aquella barba rala y verdosa por la que había sufrido tantas burlas en nuestro tiempo juntos en el secundario, los mismos ojos azules oscuros y penetrantes y el pelo, que en aquel momento era tan largo y sedoso como el de una mujer, se había desvanecido por completo, dejando únicamente vestigios de una antigua belleza en los costados de su cabeza, justo por arriba del contorno de las orejas.

Quise acercarme a saludarlo, pero solo pensar en eso me generó una ansiedad tan grande que no pude moverme de mi asiento, así que seguí observándolo desde la comodidad del anonimato que nos proporciona ser uno más de los cientos de transeúntes que frecuentan las plazas y parques de la ciudad.

Al ser lunes, Eugenio tenía que entrar al trabajo en el banco a las diez de la mañana. Miró su reloj de pulsera, que marcaba las nueve y cincuenta de la mañana, y se frotó la frente con gesto de preocupación. 
Depositó los veinte pesos que costaba la promoción del desayuno y tomando su portafolio de cuero negro, salió disparado hacia la acera y se unió a la fila de peatones que seguía la mano de la calle.

Esperé a que se alejara lo suficiente como para emprender mi camino, siguiéndolo a una distancia lo suficientemente prudente como para poder prestarle atención a todos sus movimientos, sin necesidad de ser descubierto. Eugenio casi ni giraba la cabeza al cruzar las encrucijadas del superpoblado y caótico centro de la ciudad. Estaba tan apurado que cruzó varios semáforos en verde, haciendo caso omiso a los insultos y los bocinazos de los conductores, que se asomaban por la ventanilla para mandarle algunos saludos a su madre y su hermana.

Pero yo sabía que Eugenio no tenía hermana. De hecho, sus padres se habían frustrado completamente cuando recibieron la noticia de que el octavo hijo que iba a concebir el matrimonio, iba a ser nada más y nada menos que otro varón. Siendo el tercero de ocho hermanos, Eugenio solo había llegado a entablar una verdadera relación con sus dos hermanos mayores y su hermano menor más próximo. A veces hasta salían con nosotros, pero me parece que nunca les caímos muy bien. Ellos decían que les espantábamos las minas si estábamos todo el día hablando de historietas y de música. Yo pienso que eran bastante pelotudos, nada que ver a lo que era mi amigo.

Además en esa época habían llegado unas ediciones del Hombre Araña con una recopilación de historietas que estaba impresionantes. Había una en particular, que nos hacía llorar de la emoción. En unas cien páginas de novela gráfica te contaban cómo el Duende Verde secuestraba a la novia del Hombre Araña y después de una persecución en un puente, termina forzándolo a rescatarla de una caída al vacío en la que su propia telaraña, que estaba cargada de una energía salvadora y heroica, le rompe la columna, matándola al instante. Y después te vienen a decir que perdíamos el tiempo leyendo esos cómics…

Eugenio entró al banco acomodándose la corbata y lo perdí de vista durante unas horas. Nuevamente, surgió en mi interior una idea alocada. ¿Y si me animaba a hablarle finalmente? ¿Se iba a acordar de mí? ¿Me recordará con el mismo cariño y la misma nostalgia que yo le guardo?

El corazón me dio un vuelco y pude sentir como mis venas rugían en el interior de mi ser, como la ansiedad me inundaba completamente, empañándome los ojos hasta el punto de la ceguera momentánea. Me dejé llevar, resistiéndome a la voz en mi cabeza que me pedía a gritos que abandonara aquella idea tan absurda.

Revisé mi billetera y saqué el cheque que había recibido la semana pasada. Ingresé a la sucursal y pedí un número, deseando fervorosamente que sea Eugenio quién me reciba.