Quentin Tarantulino

Como seres humanos, nacemos con la capacidad de poder utilizar nuestra imaginación y explotarla a nuestro antojo, valiéndonos de ella para encontrar soluciones a los problemas con los que nos encontramos en la cotidianeidad. Inclusive si este problema significa no disponer del espacio, tiempo o recursos suficientes para poder conocer nuevos paisajes, culturas y personas. La capacidad de imaginar no tiene límites, aunque muchos nos hagan creer que sí.

Aquellos a los que me gusta llamar artistas de la imaginación, los esquizofrénicos, tienden a estar tan inmersos en su propia imaginación que terminan confundiendo la realidad con la ficción; qué es lo que realmente pasó, y qué fue lo que ellos visualizaron en su cabeza. Se basan en ciertos detalles del mundo real y los aplican en su producción mental de los hechos, creando una realidad completamente nueva que se acopla con su visión.

Los artistas, al igual que los esquizofrénicos, se valen de elementos de la realidad que aplican en su obra para que esta se transforme en una nueva realidad, verosímil y en algunos casos, más intensa, profunda y emocionante que la vida de muchas personas. Los artistas, aquellos productores de ficción, también son productores de realidades.

Una de las claves del poder embriagador de ciertas ficciones está en poder generar un lazo directo entre aquel que está adentrándose en ese nuevo mundo y el mundo en sí. Esos lazos, se generan a través de ciertos puntos en los cuales el artista deja un sello de humanidad en su trabajo, deja entrever aquellos detalles tomados de la realidad.

Esto genera empatía y comienza a tejer la relación personaje-lector, en la que el podemos ver rastros de otras personas a las que conocemos, al autor o inclusive a nosotros mismos. Esa humanidad presente en los personajes y su respectiva profundidad los hacen interesantes, nos llenamos de ellos y los amamos como si fueran seres que estuvieran viviendo en el mismo contexto que el nuestro.

Y esta es una de las bases que sitúa a las ficciones como nuevas realidades. Realidades que son diferentes a la nuestra, en la que existen criaturas y/o situaciones imposibles en nuestro mundo, pero que no nos dejan de parecer creíbles porque nos sentimos parte de aquella realidad, adentramos con sus personajes y nos encariñamos con ellos, reímos con ellos, lloramos con ellos, se convirtieron prácticamente en seres vivientes dentro del inconsciente de cada persona. Y dentro del inconsciente colectivo, si me dejan agregar.

Es un poco extraño resaltar estas cuestiones que nos parecen tan “simples”, pero una vez que uno profundiza, resulta impresionante la forma en la que las personas congenian con la ficción. Y cómo aquellos personajes de ficción te generan más sentimientos y sensaciones que algunas de las personas que te rodean. Es impresionante el poder con el que carga, el poder de hacernos amar algo que es falso.

Ni hablar si profundizamos en aquellas personas que utilizan a los mundos ficticios como vía de escape. Ellos encuentran un punto de catarsis en estos universos, que los ayuda a despejarse y distenderse de las dificultades que les presenta su vida, en una relación que se puede volver complicada si la persona desea vivir en sus fantasías solo por el simple hecho de querer desviarse de la continuidad de este mundo. Esta situación me lleva a preguntarme cuál habrá sido el motivo por el que el hombre comienza a idear mundos e historias ficticias. ¿Habrá sido por nuestra naturaleza mitómana, capaz de tergiversar hechos reales y transformarlos en hechos ficticios a nuestro antojo? ¿O habrá sido por el hecho de que encontrábamos a la realidad tan aburrida que necesitábamos personajes memorables, mundos fantásticos en los que poder perdernos para distraernos de la basura que nos rodea día a día, de las caras largas de los transeúntes patéticos que nos cruzan en las calles, totalmente amargados por la rutina de mierda que llevan?

También puede ser porque al encontrar esta realidad tan opresiva, teníamos la necesidad de escapar un rato, volcando nuestra cabeza en situaciones disparatadas y alejadas de la mierda que nos rodea.

O también, y esta es mi favorita, puede que sea simplemente porque el hombre necesitaba volcar las alteraciones de su perturbado subconsciente, creando personajes y situaciones, dejando marcas de subjetividad en ellos, acercándolos a la realidad y dejando entrever marcas personales y psicológicas de los autores, para ejercer una especie de catarsis personal en búsqueda de resolver sus conflictos a través de la historia que atraviesan sus personajes de ficción, completamente sujetos a la mente perversa del autor que los manipula y hace con ellos lo que quiere, sin tenerles piedad y haciéndolos pasar por los retos y desafíos más peligrosos y desgarradores, con tal de poder narrar esa historia en su perturbada cabeza.

Siendo un poco más concreto, me niego a creer en la bondad de los creadores de contenido ficticio o fantástico. Y sino, fijense lo que les hacen a sus personajes, y después me cuentan.