Roberto Benvenutto: El artista que nunca fue

Pocas personas conocen la historia de Roberto Benvenutto, pintor y trompetista cuya vida dedicó completamente a buscar el reconocimiento popular de su arte, que jamás tuvo repercusión en los medios masivos del país.

Benvenutto nació en Rosario, el 12 de agosto de 1951, en el seno de una familia de clase obrera, quienes poseían su humilde morada en el barrio de Arroyito. José Benvenutto trabajaba más de 12 horas en la metalúrgica de la zona norte de la ciudad santafesina, mientras que su madre, Mirtha Cáceres, era ama de casa y se dedicaba al cuidado de sus tres hijos: María, Juan Carlos y Roberto, siendo este el más pequeño de los tres.

Desde muy pequeño, Roberto fue descripto como una persona muy tímida e introvertida, a tal punto de que sus padres pensaron que tenía algún leve grado de autismo. Sin embargo, Roberto era una persona extremadamente inteligente y gustaba de pasar su tiempo libre recorriendo los espacios verdes que ofrecía el antiguo barrio de Arroyito (y que aún hoy en día sigue ofreciendo) con su única amiga y vecina, Mercedes. Ambos eran inseparables, a tal punto de que llegaban a desaparecer por horas de sus casas, para dar juntos interminables vueltas a la redonda por su vecindario, con sus infaltables bicicletas.

A los 10 años, el padre de Roberto consiguió un mejor trabajo en la sucursal de la fábrica ubicada en Leones, provincia de Córdoba, y no quedó más remedio que mudarse para seguir a sus padres. Esta mudanza afectó mucho psicológicamente al jóven Roberto, quién nunca más pudo superar su separación con la única persona con la que pudo entablar una amistad. El pequeño artista comenzó a pintar las paredes de su habitación de su nuevo hogar, que no tardarían mucho en estar completamente llenas de retratos de viejos momentos que el niño añoraba.

Su madre, al ver lo mucho que el pequeño disfrutaba de expresarse mediante el arte (y quizás en un intento de que el niño deje de usar las paredes como hojas de dibujo) le regaló un caballete. Robertito aprovechó al máximo este regalo y el buen pasar económico de sus padres, quienes pudieron hacer el esfuerzo de comprarle un lienzo por semana. De esta forma, en menos de un año, Benvenutto poseía en su haber más de 50 cuadros hechos íntegramente por él, con tan sólo 11 años. Sin dudas, un futuro prometedor estaba a la vuelta de la esquina.

A medida que el tiempo fue pasando, Roberto se fue interesando por más de una rama dentro de los infinitos tipos de artes. Su padre era un apasionado del tango y del jazz de los años 20, y esa influencia le fue transmitida, a tal punto de que con el dinero que ahorró vendiendo varios de sus cuadros en ferias, pudo llegar a comprarse una trompeta para cumplir su sueño de ser el “Miles Davis argentino”. Puso un aviso en el diario La Voz Del Interior con el fin de conseguir músicos para un proyecto de jazz libre “con influencias de Miles Davis, Thelonious Monk y John Coltrane”.

Dentro del arte propiamente dicho, Benvenutto se consideraba un ferviente admirador de la obra de pintores del impresionismo como Van Gogh y Monet, aunque también era un fiel adepto de Pablo Picasso, a quién esperaba poder llegar a conocer alguna vez.

A los 18 años, Benvenutto se va a vivir sólo a la ciudad de Rosario, dejando atrás una vida y una reputación como “niño pródigo” en la provincia de Córdoba, para encontrarse con el amor de su niñez y poder ejercer su arte en su ciudad natal. Aquí es dónde Benvenutto va a tener los años más esplendorosos y fructíferos dentro de su arte.

Al llegar a Rosario, consiguió un pequeño apartamento en una pensión cerca de la Terminal de Ómnibus, trabajando de mozo en un restaurante dentro de la propia estación. En sus ratos libres, disfrutaba retratando momentos junto a Mercedes a orillas del río Paraná y tocando junto a su nueva orquesta de jazz “Rosario Free Jazz Orchestra”.

Corría el año 72 cuando él y Mercedes decidieron dar un paso adelante en su relación y se casaron por civil el 18 de junio, frente a un público de treinta personas. Alquilaron una casa por su querido barrio Arroyito y Roberto dejó su trabajo en la estación de colectivos para dedicarse completamente a su orquesta de jazz y a su arte. Fueron 3 años los que vivieron en plenitud en ese hogar, ubicado por la calle Olivé, a tan solo 2 cuadras del estadio de Rosario Central, otra de las pasiones del mítico Benvenutto.

Sin embargo, en octubre de 1975 (paradójicamente uno de los mejores años de la historia del club rosarino), Benvenutto y su esposa quebraron. Llevaban más de 6 meses sin vender un cuadro y la orquesta de jazz se había separado a mediados de año, hecho que había dejado prácticamente sin ingresos a la familia y que los había atrasado varios meses en su alquiler. No hubo otra opción más que vender ciertos cuadros que decoraban las paredes de su propio hogar y producir masivamente cuadros que su propio autor consideraba “inexpresivos y hechos sin ningún otro sentido más que vender” para salir de la crisis económica que los afectaba. Increíblemente, estos cuadros tienen en la actualidad un valor de más de un millón de pesos, y están en su gran mayoría dispuestos en el Museo Castagnino, acreditados a “un autor desconocido”.

A pesar de haber salido de la bancarrota gracias al buen precio al que vendió los cuadros nuevos, la suerte seguía del lado contrario para la familia de Mercedes y Roberto. Un año después, Roberto fue diagnosticado con la Enfermedad de Charcot (que curiosamente afectó años después a otro gran artista que nos dejó Rosario, su tocayo Roberto Fontanarrosa) y le dijeron que probablemente nunca más podría desarrollar su arte.

Pese a su juventud, Benvenutto no tardó en sucumbir a los horribles malestares que acarrea esta enfermedad. Para fines año ’77 ya estaba en silla de ruedas y había perdido la movilidad de su brazo derecho, por lo que tuvo que aprender a pintar con su otra mano. Mercedes hizo todo lo posible para hacer que los últimos años de vida de Roberto sean lo más llevadero posible, pero sabía muy bien que más temprano que tarde, iba a terminar quedándose sola.

Roberto Benvenutto murió mientras estaba siendo transportado desde su casa hasta el hospital más cercano el día 20 de marzo de 1979, luego de haber sufrido un paro cardíaco. Sus restos fueron incinerados y arrojados en el río Paraná, tal como lo ordenó antes de dejarnos.

Es el azar algo tan cruel e irónico, que llevó al talento naciente más grande de la ciudad a sucumbir a una corta edad, dejando en este mundo un millar de cuadros que muy probablemente varios de nosotros conozcamos, pero que no sabemos a quién pertenecen. Su viuda, Mercedes, estuvo años luchando por el reconocimiento del trabajo de su marido, llevando a cabo exposiciones y muestras de arte, sin conseguir nada a cambio de su esfuerzo. Aún hoy en día, los cuadros pertenecientes a Roberto Benvenutto siguen allí, en bares, restaurantes, casas de familia, hospitales, adornando y coloreando la vida de la ciudad que vio nacer a un artista con un talento impresionante, pero que también lo vio sucumbir en el anonimato que permanecerá hasta el día en el que se lo reconozca como el decorador de la ciudad.

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