Amor y creatividad: La base de las ciudades del futuro
En el año 1500 había 500 millones de habitantes; en el año 1900 éramos 1600 millones, hoy somos 7.000 millones. En 2050, se calcula, seremos cerca de 10 mil millones. Mientras que 7 millones de personas mueren al año por beber agua contaminada, el 20% de la población planetaria no tiene acceso al agua potable. Cuenta Leo Hollis en su libro “Cities are good for you: the genius of the metrópolis” que El 60% del PBI mundial se produce en 600 ciudades, y hacia el 2025 el 25% de la población mundial vivirá en estas 600 ciudades.
En Argentina el 92,4% de la ciudadanía vive en zonas urbanas, lo cual la coloca como uno de los 10 países con el porcentual de población urbana más alto del planeta. Según un estudio del PNUD el 95% de la población mundial, nace, vive y se desarrolla en un radio no superior a los 500 km de distancia. Es decir, aún hoy, con la hiperconectividad que habilita internet y la evolución de los medios de transporte, la tierra en que uno nace es muy importante.
Ronald Dworkin sostenía en su Teoría de la Justicia que nacer es una suerte de “concurso” o “sorteo”, al que denomina “sorteo natural”. Nos pudo haber tocado nacer en Londres, New York, Beijing, Gral Madariaga, o Pergamino. En función del lugar en que nos toca nacer se disparan una serie de factores que cobran valor comparativo en función de sus propias calidades de vida: ¿Tu familia tiene dinero o no? ¿Sos mujer u hombre? ¿Tus padres tienen trabajo? ¿Tienen estudios universitarios o no terminaron la secundaria? ¿Vas a poder ir a la escuela o vas a tener que trabajar con ellos para poder comer? Es producto de estas preguntas, que Dworkin considera que el sorteo natural produce inequidad, de aquí que proponga, que el rol del Estado sea el de intentar equiparar condiciones de acceso a los derechos, o si se quiere, a las oportunidades de progreso.
El Siglo XXI trae bajo el brazo un maletín con necesidades que en algunos casos son más lineales que otras. Hay discusiones que quedaron en el tintero, como “Capitalismo: ¿Si o no?”, lo que sigue en el tintero es cuál va a ser la relación de lo público con lo privado, y puntualmente: El trabajo como factor de redistribución de riquezas, que hoy ya no alcanza, y el acceso a la vivienda propia en un mundo donde la tierra comienza a ser escasa y donde comenzamos a relacionarnos en conglobamientos de concentración urbana.
Amor y creatividad
Creo en esto: Esta generación de políticos tiene el deber de generar un punto de inflexión en la relación que la ciudadanía ha tenido con las ciudades, su tierra, en las últimas décadas. Este punto de inflexión debe tener en mira dos principios fundamentales: Amor y creatividad.
Amor por el lugar en que se desarrolla, amor por lo que se hace en ese lugar, amor por lo que puede llegar a ser ese lugar; y creatividad para resolver los problemas “de siempre” de una manera diferente, creatividad para ofrecer una mirada diferente de la manera en que nos relacionamos con lo público y creatividad para innovar en la relación que la ciudadanía ha tenido hasta aquí con los procesos de toma de decisiones.
El amor y la creatividad deberán tener en mira la necesidad de realizar obras públicas, para que el consumo y el gasto sean sustentables: Redes cloacales (la Provincia de Buenos Aires solo tiene un 50% de cloacas), plantas de reciclado, plantas de tratamiento cloacal; y para que esa sustentabilidad además ofrezca la oportunidad de generar ámbitos de felicidad social, que como quedó demostrado en distintos estudios vinculados a la economía de la felicidad: la biodiversidad es fundamental, todo el espacio público deberá orientarse a generar propuestas que no solo incluyan funcionabilidad sino además belleza natural, plantas, flores, y aves. Y también en el ámbito privado fomentar la generación de espacios verdes en las propias casas, aprovechar la energía lo mejor posible, mejorar la forma de la alimentación y hacer un uso responsable de la energía.
Y no se trata solo de hacer por hacer, se trata de que lo que se haga sea bello, con amor.
Lo que viene
Jeremy Rifkin, primero en “La civilización empática” y luego en “La sociedad de coste marginal cero”, parte de la base de que somos seres profundamente empáticos, que no somos egoístas, que no somos individualistas de manera natural, que tenemos una necesidad natural por compartir y desarrollarnos juntos, en sociedad. De aquí que propone tomar el concepto de internet y traerlo “a la vida real”. Un concepto de internet social, en donde los usuarios somos capaces de generar lo que consumimos y que el excedente pueda destinarse a quienes no han logrado alcanzar la productividad suficiente. Este concepto que sobre todo podría aplicarse al campo energético, tiene como ejemplo a la Alemania actual, en la que el 65% de la energía que se produce es en base a energías limpias, o bien a la ciudad de Songdo, en Corea del Sur, considerada la ciudad más inteligente del planeta, donde tienen censores de consumo energético para detectar excesos y detectores de congestión en el tránsito para que el sistema lo mejore solo; o Turquía, donde hicieron un debate nacional, vía internet y con la participación de toda la ciudadanía, sobre una posible reforma constitucional… y fue hecha con un software argentino: democracyOs.
El futuro, el presente y el pasado, como nunca, conviven al mismo tiempo en un mundo que marcha a distintas velocidades. Si el Siglo XX estuvo marcado por lo masivo, lo mecánico, y lo uniforme, el Siglo XXI viene a tomar esos conceptos para volverlos mejores: Masividad siendo individuos, procesos mecánicos que nos permitan desarrollar nuestra creatividad, y uniformidad para poder ser quien queramos ser.