Una luz entre el frío
DÍA 6 VARSOVIA
La música de Coldplay hace corto el camino. Y la de ABBA, y la de Rem, y la de Álvaro Soler... Los CD’s no paran de rular. Tenemos hasta 9 distintos: de música actual, de éxitos de los 80, de bandas sonoras de películas… La música contribuye en gran medida a que podamos recuperar horas de sueño. Apacible, cuenta con el mejor aliado del mundo: la inercia del coche.
Hoy toca viaje largo. De Praga a Varsovia. 7 horas.
Cuando el coche está vivo consta de tres subniveles. Delante, el medio y atrás. 3 mundos distintos sólo conectados por las inconexas interferencias que llegan de una conversación a otra. Retazos de una conversación que, a veces, te interesa más que la que se está desarrollando en tu propio compartimento. En cualquier caso, a las dos horas de trayecto, Chris Martin empieza a cantar demasiado bien y la inercia empieza a hacer su trabajo. Caemos como moscas.
Cuando llegamos, en la capital polaca está cayendo la tarde. Varsovia es el frío. Venimos del calor de Occidente y llegamos al frío del Este. No es un frío atmosférico: la temperatura oscila entre los 20 y los 30 grados. Es un frío de ambiente, de color. Los edificios son viejos y parece que una parte de la ciudad se haya quedado en 1980. Atascada en la era del Telón de Acero. Industrial, seca, despoblada.

Pero la situación no puede hacerse extensible a toda la ciudad. El centro es otra cosa. Es la Varsovia real. La de la gente. Es la Varsovia que está despertando de un letargo excesivamente duro del que aun se aprecian rastros imborrables. Pero es una ciudad bonita y agradable.

En nuestro camino hacia el centro nos encontramos con un par de parques extensos y verdes. En uno de ellos assitimos a un cambio de guardia en la tumba que rememora todas las batallas de la historia en las que ha participado Polonia. Dos soldados escoltan el monumento. Llegan otros dos con un oficial que les precede. El oficial pega ese grito militar universal que entienden hasta los pájaros (“IEP”)! y los soldados se cambian unos por otros al ritmo militar.
Tras esto, llegamos a la ciudada vieja. Y la verdad es que el nombre no podría ser más adecuado. Da la sensación de que la historia de la ciudad se concentra en unas pocas calles. De que todos los siglos del maltratado pueblo polaco permanecen en estas piedras. La densidad de turistas es baja. Los que abarrotan las plazas son los descendientes de los que lucharon durante tanto tiempo contra el comunismo. Son los herederos de Juan Pablo II y Solidarnosk. Son los propietarios de esta ciudad. Son los que ya nacieron desperezados. Los que están dispuestos a culminar el despertar de esta nación luchadora y perseverante. El placer es nuestro, la sonrisa es suya.

En una de las plazas de la Ciudad Vieja tomamos la última cena antes de empezar la Jornada Mundial de la Juventud. Mañana llegaremos a Czsetochowa y nos incorporaremos a la dinámica y al horario de esta gran concentración de jóvenes católicos. El viernes llegaremos a Cracovia.
Estamos ansiosos por ver esa sotana blanca. Y por cargar esa cruz.