Pensamientos de una chiflada

Y digo “chiflada” porque “feminista” tiene una connotación negativa en esta sociedad.

Porque si me considero feminista, las personas de mi alrededor me dedican su mirada más juiciosa. Es la señal predeterminada que conduce a la persona que te estaba escuchando atentamente a que reconsidere seriamente si no estás diciendo algún disparate. Porque todos sabemos que si eres feminista, es que muy cuerda no estás.

Para ser feminista, tienes que pensar y repensar las ideas varias veces. Ese es el truco. Y resulta que las mujeres somos las únicas que estamos acostumbradas a ello y, por lo tanto, a las que nos cuesta menos trabajo. ¿Por qué? Pues es muy simple: porque durante toda nuestra vida la sociedad nos obliga a reconsiderar nuestras acciones, no vaya a ser que la estemos liando. ¿Por qué? Porque para nosotras, una acción que la sociedad no considera aceptable tiene consecuencias directas que afectan a nuestra salud. ¿Salud? Sí, salud. Porque la salud mental es la más importante (en mi más humilde opinión de no médico). Porque, cuando estás mal emocionalmente, provocado por el sentimiento de culpa que la sociedad hace recaer en ti, tu cuerpo responde con dolor de espalda o agarrotamiento muscular (al menos en mi caso). Y no se queda ahí.

Las mujeres estamos acostumbradas a no luchar. Desde pequeñas nos enseñan a que ir en contra de la mayoría está mal. Que si eres la minoría, es imposible que lleves razón. Pero, ¿y si no es cierto? ¿Qué pasa cuando decides que no estás de acuerdo con lo que esta sociedad considera aceptable? Pues pasa que van a hacer todo lo posible por hundirte. Porque no quieren que les toques los cimientos de sus vidas. Hombres con privilegios que no quieren perder; mujeres que han aceptado como propios los valores impuestos por ellos.

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