Bartimeo…

La escena me muestra a la multitud que salía de Jericó siguiendo a Jesús. Junto con él iban sus discípulos. La popularidad de Jesús ya era profunda. Seguir a Jesús significaba recibir empujones y pisadas, recibir el rechazo y ser objeto de risa de otros incluso. Pero valía la pena escuchar sus palabras. El registro bíblico nos dice que algunos eran sanados físicamente. En este inturtuoso camino, estaba sentado a la orilla del camino un ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo.

Bartimeo, oyendo que Jesús pasaba por ahí, comenzó a dar voces y a decir “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mi!”. Imagino esta escena: Una multitud que pasaba al frente y Bartimeo escuchando entre las muchas voces que era Jesús el que aglutinaba las masas. Siendo que Jesús ya iba adelante y que le separaba de Él multitud de gente, Bartimeo comienza a gritar, desesperado. No tenía a nadie que lo llevase junto a Jesús, por lo tanto rogaba que este último se diera media vuelta y detuviera su caminata para atenderlo. Al ver que esto no ocurría, gritaba con más fuerza, al punto de romperse sus cuerdas vocales. Sus palabras debían pasar por sobre aquella gran multitud y sus voces, para así llegar claramente a los oídos de Jesús. Sus gritos desesperados comenzaron a molestar a la gente. Hacia mucho rato este ciego gritaba de manera “loca”. Por ello, algunos ya le reprendían que se callase y detuviera su intento de ser escuchado. Pero mientras el tiempo pasaba Bartimeo gritaba mucho más.

Bartimeo nos enseña a cómo debe ser nuestra fe, capaz de cruzar multitudes. Esas barreras pueden ser nuestros familiares, nuestro entorno social, nuestro ambiente laboral y hasta nosotros mismos. Nuestra vida puede cambiar solamente si tenemos una fe suficientemente grande como para llamar aquello que deseamos incesantemente, si lo deseamos, si nos calibramos con el objeto de nuestros sueños, sin importar nuestras circunstancias, nuestros límites, nuestras falencias.

Si Bartimeo no hubiera tenido la fe suficiente para gritar lo suficientemente alto, para no detenerse en el intento, su vida no hubiera tenido un cambio. Su fe debía ser lo suficientemente grande para que su voz llegase a Jesús cruzando a través de la multitud y lo suficientemente grande como para no desistir en el intento aunque otros le decía que se callara.
En el mundo moderno, llamamos a la fe de muchas maneras; algunos le dicen: la ley de la atracción con frases como: “enfócate en el objeto de tus deseos”, “si quieres algo, visualízalo, hazlo realidad antes que ocurra”, “eres un imán, lo que deseas atraer, si crees y generas la fuerza de atracción suficiente, será tuyo”, etc… Otras personas le llaman ideales, sueños, proyectos, metas, retos… pero en el fondo se trata de fe. La misma que un día hizo ver a un hombre sin esperanzas. Estando ciego y abandonado por su condición, imposibilitado para entrar a la ciudad y moverse como un ciudadano cualquiera, sin oportunidad alguna Bartimeo pensaba dentro de su corazón “Cómo desearía encontrarme con Él para recibir sanidad”.

No logro dimensionar la felicidad de Bartimeo cuando le supo que Jesús le llamaba. Imagino a Bartimeo tirando sus únicas posesiones materiales y dejando todo. Lo veo avanzando por fe hacia aquel que representa su esperanza, su reivindicación. Logro sentir el gozo que genera alcanzar aquello por lo que estamos dispuestos a entregarlo todo… todo lo que podría representar nuestra seguridad humana –cual sea-, para movernos hacia nuestra meta, nuestro ideal, nuestro sueño…

Al reflexionar en este relato bíblico, puedo decir con claridad “Un ciego nos ha enseñado a ver”.