El “bushido”…

Dedicatoria: Para mi Amado Hijo Ismael, quién cada día me enseña que el mundo visto en Japonés, es una experiencia enriquecedora.

El “bushido”, del japonés bushi ‘samurái’ y do ‘modo, conducta’. Es un Código de honor y valores morales por el que se regía la casta militar de los samuráis japoneses o miembros de la clase guerrera, implantado en Japón hacia el Siglo XII, en plena era feudal. En él se integraban los preceptos morales de Confucio, las creencias sintoístas y los dogmas del budismo Zen, y estaba regido por tres preceptos esenciales: al samurái se le exige una lealtad incondicional hacia su señor y a su palabra y debe estar dispuesto a derramar su sangre sin dudarlo. La infidelidad era condenada con el Hara-Kiri, un obligado suicidio ritual. A principios del Siglo XX el ideal bushido fue ensalzado e impulsado por los dirigentes nipones.

El bushido es, en sí, una regla mental muy estricta que cubre todos los aspectos de la vida de los samuráis. Se sustenta en el entrenamiento y la disciplina y se manifiesta en tres niveles de maestría: físico, psíquico y espiritual. Establece una serie de leyes internas y una etiqueta que deben cumplir estos aristócratas guerreros todos los días de su vida, basadas en conceptos tales como el honor y la lealtad, la indiferencia al dolor, el sentido del deber y la justicia, el desapego por lo material, el absoluto control de las emociones y una ética insobornable.

El fin de estas reglas básicas era enseñar al samurái a vivir como un guerrero en tiempo de paz. Así pues, había de estar siempre presto para el combate, pues por encima de todo era un guerrero: ya estuviera cultivando trigo o durmiendo, debía llevar siempre su espada encima. Tampoco podía mostrar los propios sentimientos, pues un samurái no se perdonaría nunca haber causado la compasión de los demás; sólo le estaba permitido llorar en el caso de que muriera la propia madre. El desapego por las cosas materiales alcanzaba, desde luego, al dinero, del que se pensaba que ensuciaba a su poseedor; un samurái no se avergonzaría de ser pobre, aunque sí de parecerlo (de hecho, los samurái ricos fueron raras excepciones), razón por la cual cuidaban extremadamente su apariencia.

El bushido se sustenta sobre dos principios básicos: El primero es que todo samurái “debe siempre, ante todo, tener presente el hecho de que un día ha de morir”, pues la existencia humana es del todo impermanente. No en balde es la frágil flor del cerezo -que apenas dura unas horas- el símbolo de la vida del samurái. El bushido en realidad enseña a un samurái a imaginar la escena de su muerte cada noche antes de dormir; después de varios años de este entrenamiento, lo cierto es que desde el punto de vista mental el samurái está muerto, algo que le confiere un enorme poder, pues un hombre muerto no tiene miedo de nada. Esto no significa que no valore su muerte; es más, dado que vivir es prepararse para morir, la muerte de un samurái debe ser consecuencia de un acto valeroso que perpetúe su nombre entre las generaciones venideras. Sería una terrible desgracia para él que una flecha le alcanzara casualmente en el campo de batalla. Por otra parte, un samurái elegirá morir antes que ver su nombre desacreditado (la muerte no es eterna, el deshonor sí), lo cual podía ocurrir si era tachado de cobarde o si transgredía alguna de las normas del bushido.

El segundo principio es la lealtad y la fidelidad más estrictas a las disposiciones del daimyō (que significa literalmente “gran nombre”). Sólo había una lealtad superior a la del samurái y era la del daimyō hacia sus súbditos, es decir; entre mas alto el rango mas leal debía ser. Inazō Nitobe (quién escribió el libro; Bushido: El Alma del Japón) definió las siete virtudes que debían poseer los bushi: el sentido de la justicia y de la honestidad, el valor y el desprecio de la muerte, la simpatía hacia todos, la educación y el respeto a la etiqueta, la sinceridad y el respeto de la palabra dada, la lealtad absoluta hacia los superiores y finalmente, la defensa del honor del nombre y del clan, lo que se resumía en deber (giri), resolución (shiki), generosidad (ansha), firmeza de alma (fudo), magnanimidad (doryo) y humanidad (ninyo). Todos estos factores hacían del bushido un código muy simple.

Concluyo con esta frase de José Martí, “una rosa blanca, para el hermano sincero que tiende su mano franca; y para el cruel que me quita el corazón con que amo, también estoy cultivando una rosa blanca”. Esa floreciente rosa blanca es nuestro honor en esta era de la estética fragmentación. Los profanos muchas veces hablan comúnmente de cosas, los hombres mediocres de otros hombres, los hijos de la luz actuamos sobre el plano de las ideas basadas en el honor.

El mundo visto con los ojos de un Bushi, es la alegría de vivir y de servir lealmente, la cual se constituye en la herramienta más importante del espíritu, en la que el honor es el camino de la belleza propia; herencia y prolongación nuestra como seres humanos, como lo planteó el escritor, ensayista y físico argentino Ernesto Sábato en su ensayo: “La Resistencia”.

Muchas lecciones surgen de este breve sumario… He querido no extenderme en ellas a fin de que Tú mismo catalices y digieras esas lecciones en la construcción tu herencia, tu prolongación…