El efecto Lucifer…

Ha venido a mi mente fragmentos del libro “The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil” del psicólogo Philip Zimbardo, del cual extraigo esta reflexión.

Entender primero que todos tenemos un lado oscuro; lo que nos hace buenos es la capacidad de resistirnos a él. Por ejemplo; Darth Vader era malo hasta que las nuevas películas de la Guerra de las Galaxias nos mostraron a un Anakin humano, que sólo cometió el error de dejarse arrebatar por sus emociones y ambiciones. Surgen entonces dos preguntas: ¿Cómo afecta el entorno a una persona? ¿Cómo alguien bueno se vuelve malo?

Philip Zimbardo realizó un estudio en 1971 que descorrió un velo sobre nuestra naturaleza. Convocó a estudiantes universitarios para una investigación psicológica denominada el Experimento de la Prisión de Stanford. Los voluntarios fueron analizados para comprobar estabilidad psicológica, física y emocional y todos ellos eran jóvenes normales de la clase media. Los estudiantes fueron asignados como prisioneros o guardias al azar y confinados a una prisión montada en el subsuelo de la Universidad de Stanford. El proyecto — planeado para durar dos semanas — fue cancelado a los 6 días por haberse vuelto demasiado real para los participantes. Los prisioneros se volvieron sumisos y depresivos y los guardias se volvieron sádicos y abusadores. La notable transformación se dio en menos de una semana.

Cuarenta años después, escribe sobre lo que llama el “síndrome de la manzana podrida”, responsable, por ejemplo, de que el derecho, la medicina, la política o la religión busquen la causa del delito, la enfermedad o el pecado, solo en las disposiciones individuales, dejando de lado el peso de situaciones determinantes. Puede –dice Zimbardo– que el mal no esté en unas “manzanas podridas”, sino en el cesto que tiene el poder de corromper la fruta. Además dice que cualquiera estando en determinados cestos, sacaremos lo peor que tenemos y dañaremos a nuestros semejantes.

El Experimento de la Prisión de Stanford revive en conjunto con las atrocidades de la prisión de Abu Ghraib en el libro citado. Philip Zimbardo desarrolla una investigación penetrante sobre cómo casi cualquier persona, dada la influencia apropiada, puede abandonar su moral y colaborar en la violencia y la opresión en alguna de sus multiformes aristas. Sea por acción directa o por inacción, la gran mayoría sucumbe ante su lado oscuro cuando se da un ambiente influyente.

El libro describe cómo los guardias de Abu Ghraib estaban influenciados por actitudes permisivas de sus superiores. Como agregado, ninguno de estos guardias tenía un entrenamiento adecuado en la labor, sino que eran reservistas. Los reservistas en zona de combate no tienen jerarquía y este conocimiento lleva a una persona a querer hacer valer su derecho de estar cumpliendo una labor que supera su rango. Y la forma más directa de hacerlo es aplicar su superioridad en alguien inferior. En este caso, los prisioneros. Los guardias tuvieron como particularidad satírica; el poder ejercido mordazmente.

En la Biblia en Ezequiel 28.14–18, Lucifer era el ángel favorito de Dios. El más bello, el más poderoso, el más querido. En su soberbia y ambición desafió la autoridad del mismísimo Dios y fue condenado al abismo. Así el ángel más esplendoroso se convirtió en la bestia más temible, esa que el imaginario humano denominó Satanás.

El Efecto Lucifer, es esta situación en que las personas justifican ser inhumanas, irracionales o violentas con otras. Los mejores de nosotros podemos ser llevados a cometer maldades bajo las circunstancias sociales adecuadas. Un líder que no nos atrevemos a contradecir y que se torna amenazante y narciso, un grupo al que queremos pertenecer, un poder que nos consume la razón, etc.

El Efecto Lucifer sólo puede contrarrestarse con valentía y determinación. Todos podemos ser crueles, tanto como podemos ser nobles. La diferencia está en afirmarnos en nuestros valores, ser fieles a nuestra ética aplicando fielmente la regla de oro. Probablemente esta actitud nos marque socialmente, nos condene al ostracismo; sin embargo ahí yace el valor de nuestra acción, lo que nos convierte en verdaderos héroes. La capacidad de negarse a lo inmoral, a lo antiético. La capacidad de decir libremente que algo está mal a nuestros ojos, aunque el entorno nos esté alentando a efectuar esa acción que no nos parece correcta. Ese es el secreto para evitar caer en el lado oscuro: ser nosotros mismos, mantener incólume y diáfana nuestra moral, hacer valer nuestra unicidad e individualidad como seres humanos, nuestro honor.

Me hace recordar el relato bíblico acerca de Nabucodonosor. Allí, paseando por los majestuosos jardines colgantes de Babilonia (Daniel 14.28–33), seducido por el poder, proclama: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?… Lleno de soberbia, lejos de todo lado bueno, ensalzado y engrandecido por sí mismo, proclama una sentencia… Es aquí en donde queda claro lo que hace mala a la gente: Olvidar que todos estamos conectados, todos nos debemos a alguien superior, por tanto no debemos olvidar de dónde venimos y cuan etéreo y fugaz es lo humano…