Niñez

Alza su vista y observa los árboles como nunca antes hizo. Ahora es capaz de realmente ver cada rama, cada hoja y sus hendiduras, y cómo la luz atraviesa los pequeños espacios formados entre ellas.

Cierra los ojos y el tiempo pierde importancia, deja de correr.

Regresa a las tardes de sábado en la plaza, aquel ansiado momento de la semana, el único que podía compartir con su padre y su madre juntos.

A la distancia todavía puede oír la risa de su hermano, aquella que solo su padre es capaz de provocar, mientras corre tras la pelota en un improvisado partido de básquet. Siente el balanceo de la hamaca conforme su madre le mece, el calor del sol sobre sus mejillas y el cosquilleo de su cabello sobre su frente causado por el viento que sopla.

Recuerda la luz asomando entre las copas de los árboles, y el sonido del viento, casi como una canción de cuna; el chirrido de las cadenas al moverse tantas otras hamacas, y los gritos de emoción cada vez que algún pequeño se desliza por el tobogán; el tacto de la arena tibia bajo sus pies, y sus manos pegajosas por el algodón de azúcar; el abrazo de su padre y el “te quiero, hasta la próxima semana” pronunciado al oido, y la mano fría de su madre contrastando con el calor de la suya mientras se alejan.

Abre los ojos y, a pesar que una lágrima rueda por su rostro, sonríe. Incluso a la distancia, en ocasiones se siente en su hogar.

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