Eterno simulacro de final.

Busco CELOS en google. Escucho uno de los 92 covers registrados de “Jealous Guy”, la canción mas reversionada de John Lennon. Era para Yoko Ono.

Soy el cliché del objeto celado, como nos llama Wikipedia a los que somos el “sujeto B”, receptor de los arranques de desborde emocional del celoso. Espectadores interpelados por el protagonista del teatro de inseguridades.

Es un degenerativo emocional y vincular tan universal, tan democrático e inclusivo que, probablemente, a lo largo y ancho de la vida, interpretemos roles diferentes en la performance del horror:

  1. El que cela.
  2. El celado.
  3. El tercero fantasma (nunca se entera de su participacion).
  4. El que contiene a 1 o a 2.

Soy opción 2, fui opción 4 y quizás 3, pero la última no se sabe.

El que contiene es racional y no concibe en su esquema de posibilidades que ese vínculo se sostenga después de más de dos o tres peleas intensas.

No sabía discutir fuerte hasta que nos conocimos hace 4 meses. Discutir fuerte para mi es elevar la voz, que uno de los dos llore, o se habilite un juego macabro con conocimiento de vulnerabilidades como herramientas de ataque.

“Vos no sentis nada por nadie, lo único que te importa es tomar con tus amigos”. Fue su mantra. Mantra o discurso tatuado e impenetrable. Ahí fuí: puta, drogadicta, discapacitada emocional, alcoholica e irrespetuosa.

Sigo sin saber discutir porque me agota demasiado y tengo la capacidad de registrar escapes de energía innecesarios, pero esta vez tuve muchas fugas, casi sin participar al final y con la cara de iceberg mas entrenada. Adentro, me boxeaba el corazón. Recibía monologos a los que respondía yéndome dramáticamente de su casa, con shows mediáticos previos en Cabildo y Juramento.

El simulacro del final.

Llora. Dice que me necesita. Nunca había escuchado semejante declaración que me incluyera, que me responsabilizara. Llora y hace ruido de ahogo mientras repite POR FAVOR unas 37 veces por minuto. Suplica y me promete que no lo va a hacer nunca más. Dudo. Me alejo.

Ahora lloro yo porque creo que me gusta la mierda de relación. Relación de la aspirable, inyectable, de la dura. Lloro 3 días mientras llego a la oficina sin maquillaje y con los ojos golpeados de tristeza.

Volvemos. Me asquea a mensajes de amor por whatsapp, respondo corto y medido pero lo suficiente para que no crea que siento menos. Me agoto. Disfruto que me cuide y le doy información cada vez mas curada. Omito personas y anécdotas laborales.

Su psicóloga le sugirió que no nos tengamos en redes sociales. Su psicóloga piensa que soy lo mas sano que le paso. Acepta la distancia virtual pero me pregunta de likes y comentarios como periodista incisivo, o como niño de 3 años, pero sin inocencia. Busca material que sostenga su hipótesis de tren fantasma. No hay nada, pero siempre hay algo para el que busca demasiado. Tengo acidez.

Una vez, a penas salió de terapia, me contó que los celos se sienten en el cuerpo como un impulso incontrolable, que le daba taquicardia y le transpiraban las manos.

Extraño sus manos pero más me extrañaba a mi.