Just Breathe

Martes, 10.20 am, llueve y es otoño.

De uno de los 11 grupos que tengo de Whats app me recomiendan una lista en Spotify que se llama “Para escuchar llorando desnudo”, un rejunte delicado del que participa Radiohead, Johnny Cash, Fiona Apple y The Lumineers. Escucho Just Breathe de Pearl Jam, es impresionante lo que ahoga esa canción. Es una contradicción musical equivalente a “puto el que lee”. Me regodeo en el consumo flagelo porque me queda hermoso el gesto deprimido de modelo publicitaria de Zara, la lluvia me hace menos patética porque no hay contraste y casi siempre uso ropa oscura.

Me gusta retener sus últimos mensajes, retenerlos sin contestar sentir que no soy yo la que espera, aunque sea por algunos segundos. Después de esperar tanto me volví menos tolerante, más combativa. Ahora tengo un nuevo carácter que me protege y me saca del estado de sumisión sin agredir. Es perfecto y un poco se lo debo.

“Hola, trabajando. Vos?” Le contesto y vuelvo a quedar vulnerable. Se me contrae la boca del estómago. La misma sensación de estómago de montaña rusa, se me contrae tanto que me ahoga como Just Breathe. Cada vez nos contestamos más corto y con menos complicidad, como si coordinar para vernos por última vez fuera un trámite, tan molesto como los trámites que no se terminan el mismo día. La burocracia emocional no es nada expeditiva y deja resaca.

Es martes y pienso que no hay día más marginal, más híbrido. No pasa nada un martes, no empieza la semana, no estás en el medio ni cerca del final. No es día de cerveza, no es día de estrenos de cine, es día de terapia y de tetas en twitter.

A la cara de Zara le combino algo de estresada, tapada de laburo y me pongo los auriculares para dar una imagen hostil y poco permeable a las demandas. Ahora suena Tender, tema tribunero de Blur que me hace efecto tipo Red Bull. Me paro con el “Come on, come on, come on” como jingle mental auspiciado por entusiasmo desconocido, me vuelvo a sentar.

No dejo de comer chicle, esos de larga duración con gusto eterno, pero no los hago durar y los recambio como quien termina un pucho y se prende el nuevo con los restos del viejo. Miro el teléfono, silencio los grupos porque sólo quiero que suene si es su mensaje. Ausencia de vuelta, empiezan a pasar las horas y cuanto más pasan, más baja la temperatura hasta que nos freezemos definitivamente.

El aspecto de persona con mambos que sostuve toda la mañana me hace injodible, como recién salida de algún tratamiento de rehabilitación, nadie se anima a preguntar demasiado. Sigo trabajando. Respondo mails. Miro el teléfono y sólo hay actividad en los grupos silenciados pero está bien, no hay nada más que decir. Nos vemos hoy a la noche probablemente para no vernos más.

Las intenciones tienden a ser positivas pero la inseguridad es degenerativa de los vínculos, de los planes, del tacto tierno y de las miradas largas con mensajes de afecto contundentes.

Todavía es martes, el último martes de a dos. Vuelvo a escuchar Just Breathe. Me ahogo.

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