“Si no sabes qué camino elegir, cualquiera es bueno”, es una frase que he llegado a aplicar en un par de ocasiones, pero que no termina de convencerme del todo, en especial por su falta de inconsistencia. Me recuerda a esa condición de tibieza que todos hemos adoptado alguna vez. Ese medio vivir, medio comer, medio odiar, medio querer. La neutralidad no siempre conduce a las victorias, no a las verdaderamente importantes. Es un constante estado de observación en el que no se rinden cuentas a nadie, vaya, ni a uno mismo.
Por eso la gente que va por todo o nada, es más difícil de encontrar y de conservar. Y cuando se les tiene, pero se les tiene de verdad, su compañía es un constante rojo vivo, y cuando no, hasta parece un sueño por lo lejano y abstracto y absurdo.
La gente con todo y su mortalidad les teme. Saben que ellos andan como locos queriendo desahuciar cada espacio, abrir cada grieta, mandar al carajo lo que no les sirve.
