La triste y dramática historia de cuando te “ponen el cuerno”

Un día mientras cenabamos un mensaje entró a celular, solo con ver la previsualización él le dio vuelta al teléfono; me hice la que no había notado nada y mi conversación continuó como si nada hubiera pasado. Por dentro el gusanito de la duda ya estaba implantado.

Los días siguientes me dediqué a buscar cualquier comportamiento extraño mientras aparentaba ser la novia más feliz y confiada del mundo. El destino estaba de mi lado y finalmente el fin de semana su casa estaría sola, ya en mi cabeza había planeado como le escribiría muy casualmente porque había dejado un libro que debía leer para mi tesis el cual desgraciadamente y solo en mi imaginación estaba en su casa.

Fui a casa de sus padres por las llaves.
El primer vistazo en su apartamento fue gloria eterna, ahí… infernal y seductora estaba su computadora.
Lo primero fue revisar su correo: correos enviados, correos recibidos, borradores, spam… nada.
Facebook: timeline, últimas interacciones, chats… solo chats normales en donde se pasaba links o conversaba amistosamente con chicas que podían ser cualquiera, desde una compañera del trabajo hasta su prima. Nada digno de crear sospecha o pensar que había algo más de que preocuparme.

¿sería acaso que me estaba hundiendo en la tormenta de un vaso de agua que estaba completamente vacío? ¿sería posible que un simple volteo a su celular hubiera desencadenado en mi tantísimas desconfianza? Nunca hubo ningún indicio, solo el corazón.

Estuve 2 horas buscando en su apartamento algo que pudiera ser lo que quería encontrar, para unir cabos, para gritarle, para reprocharle su infidelidad y sumarme a su desprecio infinito. Nada.
Conté los condones en el armario de su cuarto. Intactos.
Revisé el historial de su computadora. Sereno. Ni porno había visto.
Revisé su ropa. Toda limpia.
Revisé los últimos números llamados, ahí estaba… lo que estaba buscando. Un número desconocido. Decidí marcar, me contestó una chica y de inmediato lo supe, supe todo lo que había pasado, supe cada cosa, cada detalle, todo en mi cabeza estaba claro y listo para ser escupido.

-¿Bueno? ¿buenoooo? Disculpe ¿Con quién hablo?
- Creo que me equivoqué de número ¿con quién hablo?
- Con Amanda.
-¿Es una casa de habitación o un negocio? ¡Que pena! Juraría que tengo el número correcto.
-No se preocupe, está llamando a una floristería.

Todo mi castillo de mentiras se había derrumbado. Él me había pedido ayuda para encargar un arreglo para su jefe quien había quedado viudo, yo misma le había dictado ese número de teléfono.

-Parece que sí lo tengo equivocado. Gracias.

Volvía el pizarrón a marcar ceros.
A punto de darme por vencida y convencerme de que todo estaba en mi imaginación me senté en la sala de su casa, frente a mi habían algunos libros, ceniceros, adornos de cabezas reducidas que eran realmente feas y una bolsa del oxxo. Adentro una solicitaria factura cobrandose 16 pesos por mi chocolate preferido.

Mi cerebro volvió a cabilar.
El basurero.

Me dirijo como bala a revisarlo. Vacío.
Me voy a su cuarto, el basurero. Vacío.
Busco en su canasta de ropa sucia sus jeans usados y ahí encuentro solitaria una factura del bar Al Anochecer. Mi cerebro explota y recuerdo ese chat. ESE. 
Enciendo su computadora de nuevo. Facebook. Chats. 
¡Esa chica! ¿Cómo se llamaba? Sofía Arteaga, la misma.
Abro su chat y ahí está el link del evento en un bar… Al anochecer. 
Confirmo la fecha en la que fue el evento, reviso mi teléfono y sí. Ese día “me quedo trabajando hasta tarde, amor”.
Busco en su correo el estado de su tarjeta de crédito. Todo cierra. Novecientos noventa y dos pesos en Bar Al Anochecer mientras estaba “trabajando hasta tarde”.

No hay forma absoluta de reclamo hasta que tenga todas las pruebas. 
Busco la dirección del bar en la factura, pido un Uber y cuando me doy cuenta estoy dandole las gracias al chofer por el servicio.
Entro, pido un café. Reviso el menú. En mi cabeza solo hay un novecientos noventa y dos pesos como tatuados entre ojo y ojo.
No logro sumar que podría haber comprado para pagar esa suma.
Novecientos noventa y dos pesos.

Me decido a preguntarle al mesero y me indica a través de los códigos de la factura lo que se consumió.
Tres cervezas, un café, una pasta de la casa, una lasagna vegetariana especial.

Llamo de emergencia a mi grupo de amigas y vuelan puntuales como un refugio express. Llegamos juntos a la conclusión de que faltan pruebas y esas posiblemente solo existen en su teléfono.

Valiente le ofrezco esperarlo en su casa y cocinarle algo de comer el domingo a su llegada. Respiro profundo y lo atiendo como si nada hubiera pasado para una velada increíble aunque me esté muriendo por dentro.

Me quedo a la espera de su ritual previo a dormir, un baño con agua caliente que espero que se alargue lo suficiente para poder meterme a su teléfono.
Apenas escucho que abre la llave me voy directo a sus contactos y busco a Sofía. Nada.
Tengo menos de 12 minutos.
Arteaga. Nada.
El tiempo se agota y no entiendo como puede ser que esta chica no exista en su teléfono, bajo lentamente echando un vistazo a cada nombre mientras vuelvo a culpar a mi imaginación.
Pero lo encuentro.
Lic. Arteaga.

Le saco una foto con mi teléfono al número de teléfono de Sofía Arteaga, bloqueo su teléfono y me hago la dormida.

Espero justo a que se me haga tarde para despertarme falsamente alarmada por la hora e irme al trabajo como si no hubiera mañana. Porque sí, tal vez no lo hay.

Aprovecho mi viaje de 15 minutos mínimo en Uber para hacer esa llamada. Esa.

-…soy su novia y solo quiero saber si entre ustedes está pasando algo, sin mal pedo.
-Hemos salido varias veces, no sabía que tenía novia. Lo siento.
-Yo lo siento más, mucho más.

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