Manuel Antonio, resaca.

Tenía mis ojos llenos de agua salada. No sé cómo la ola me revolcó. Giré sin aire en un remolino de espuma y ahí estabas en la orilla; seco y completamente a salvo. Sólo te vi un segundo entre dos parpadeos.

Pensé que todo este atropello de agua y arena tenía sentido porque vos estabas ahí, que al final no había sido tan complicado pasar 6 horas en Airbnb buscando el mejor lugar y que lo mejor del vuelo sería el desorden que hicimos debajo de la frazada.

Te vi, respiré profundo y pensé en todas las burbujas de jabón que veríamos alguna vez pasar o explotar en mi nariz justo a tiempo para que me recordaras que te encanta como sólo se arruga un lado de mi cara, que me pierdo cuando fumo marihuana, y que odiás la forma en que amo tomar el café.

¿Vos qué vas a saber de café? ¿O de mentir?… ¿¡O de la tabla periódica!?
¡Si siempre sería yo la única valiente que te diría a la cara que preparás un café que es un insulto! La única valiente que se aprendió la tabla periódica, la única valiente que no te diría que abortó.

Que también sería la única cobarde.

Pensé que serías ese tío cool que viaja por el mundo para traerle regalos a nuestros sobrinos, que nunca sería necesaria una ceremonia y que perdonarías todas mis mentiras para no asistir a ninguna. Pensé que serías suficientemente receptivo a mis emociones desde el día que lloré mientras atravesábamos el Zócalo y dos niños con la cara sucia nos pidieron un peso para comprar pan.

Vi pasar ese día.

A como pude me levanté de entre la espuma del mar y caminé hacia vos, te veías como la ecuación diferencial química que nunca lograría resolver. Lo menos importante era tu panza, tus canas, que sos un drogadicto, que te estás quedando calvo y que te gusta vivir de una manera austera. Eso estaba fuera del lente porque eras Manuel Antonio. Vos tenías el foco, habías opacado la distancia, la diferencia de edad, al mapache que me había robado la comida, los 76 pesos que me cobraba el taxi hasta tu cama los domingos por la noche.

Y a los antidepresivos.

Te habría cedido la puerta 3 del aeropuerto, una nacionalidad, una finquita en mi terruño, la custodia a medias de Twerk, las peleas por quién pagaría la cuenta y por la temperatura de la ducha, mi energía por la mañana y las más confusas reseñas de iglesias. Estaba a dos pasos de tu existencia y finalmente lo vi en tus ojos. Estabas completamente roto. No, no era mi reflejo. Porque sí, yo estoy completamente rota, pero eso se sabe hasta Toluca, o hasta a Acapulco, o hasta algún lugar que sí signifique algo para mí.

Estabas completamente roto, irreparable, y no tenías una puta idea.

Porque sos ese tipo que odia aceptarse vulnerable, porque es más fácil -y menos doloroso- creerse el gran cabrón.

Pasé junto a vos. 
Intenté no verte. 
Me contuve.

Finalmente, me fui.

Eras la montaña verde y el cielo lleno de estrellas, la arena que se deslizó bajo mis pies y la misma ola que me revolcó. Eras la sal que quedó en mis labios y el sol que me quemó la cara, la brisa que golpeó mi rostro y dolió. Eras el agua fría de la manguera del jardín de mi casa bajo el Cerro La Carpintera, un marzo en julio, y el helado de sorbetera que se me escurría hasta los codos.

Eras.

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