El “Central Bar” de Ricard Camarena

Desde que hace un par de meses tuve la oportunidad de “conocer” a Ricard Camarena durante un workshop, tenía ganas de ir a Valencia.
Aquel día en Casa decor, mientras Ricard nos hablaba a los que allí asistimos sobre la importancia del trato al cliente, del producto local, el mercado, las posibilidades de la agricultura a la carta, y otras interesantes cuestiones; adiviné en él a una persona inteligente, segura y con iniciativa; pero lo que desprendía sobre todo, era un gran fervor y pasión por su tierra: Valencia; y tan convincente sonaba que a mí, por lo menos,consiguió contagiarme.
En la tanda de preguntas un aventurado le sugirió inocentemente si no tenía pensado abrir un restaurante en Madrid, y la respuesta fue rotunda. Para probar la cocina de Ricard Camarena hay que ir a Valencia. Así que la semana pasada cuando fui a San Juan (Alicante) decidí hacer una escapada a Valencia con un propósito: conocer el mercado Central y tener una primera toma de contacto con la cocina de Camarena en el local que allí tiene; el Central Bar.
Considero la gastronomía una pieza fundamental para conocer una localidad; ir a Valencia y no visitar el mercado central es un delito turístico y cultural.
El “Mercat Central de València” es el mayor centro de Europa dedicado a la especialidad de productos frescos. Allí encontramos todos los productos típicos de la región con una excelente calidad: garrofón, gamba roja, tellinas, caracoles, anguilas, conejo, bachoquetas, naranjas, fartones, cocas, vinos, agua de valencia….Y en pleno corazón del mercado entre tanto producto y tanto puesto (hay unos 1200 creados en origen) se encuentra el Central Bar.
El Central Bar es una barra donde lo esencial es que el producto es km cero, por ello la carta cambia a menudo según los productos de temporada. Comer aquí constituye la manera perfecta para probar la cocina de Camarena de forma económica y en un ambiente auténtico, a través de sus bocadillos y tapas de excelente calidad. Como ellos definen, una cocina sencilla pero muy respetuosa con el producto. ¡Doy fe!
El vino blanco me abre el apetito y empiezo con las croquetas de pollo rustido; su sabor es muy intenso y enseguida “adivino” que rustido tiene que ser asado. Ahora unos pimientitos del padrón unos pican y otros no; bien fritos, buen sabor.
El bocadillo de lomo, cebolla ,mostaza y queso tiene una pinta estupenda. Hasta los valencianos que tengo sentados a mi izquierda lo alaban: “no me extraña que le hagas una foto, qué pinta”. El pan es de leña, el lomo troceado es tan tierno que apenas tienes que masticarlo; la proporción de queso es perfecta y está deliciosamente fundido, provocando al morder esos hilos infinitos que por más que tiras no dejan de estirarse; y la mostaza y la cebolla le dan ese toque ácido y dulce que tan bien le va al cerdo.
Pero lo que más me gusta son los buñuelos de bacalao, un plato al que tengo un cariño especial; la primera vez los probé en un pequeño bar de la bonita Lisboa sentada en unas escaleritas al aire libre en buena compañía y me supieron deliciosos, pastéis de bacalhau. Esos fueron los primeros, luego vinieron muchos más. El rebozado de estos buñuelos es contundente, sin resultar pesado. Al meterlo en la boca primero cruje y después estalla liberando de su interior un cremoso relleno donde los trozos de bacalao desmigado son los protagonistas. ¡Aseguro que con uno solo no basta!
Miro a mi alrededor y veo la cocina, camareros que explican a los comensales lo que necesitan, veo clientes habituales que piden lo de siempre y turistas extranjeros descubriendo sabores, veo platos de gambón rojo, de coca con pisto y bacalao, ostras, ensaladas de tomate, albóndigas con curry…y a mí me gustaría comer y probar más… pero no puedo.
¡Bravo Ricard Camarena! está vez mi intuición no fallaba. Seguro que volveré a Valencia a degustar tus platos; pero ahora estoy muy llena, y tengo que hacer hueco para la horchata ;) así que me voy a dar una vuelta por la terreta .











