En un lugar de La Mancha

Toledo gastronómico

Ya desde el coche me gustaba lo que veía: Toledo en la colina, rodeada de murallas y con todas esas lucecitas parecía una pequeña ciudad medieval. Salvo la plaza Zodocover y sus alrededores, Toledo por la noche está vacía. Por el día esto cambia radicalmente y cualquiera de sus callejuelas, por pequeña que sea, está abarrotada.

La judería y sus sinagogas, la Catedral Primada, las pinturas del Greco, el precioso claustro del monasterio de San Juan, el Tajo, el Alcazar, la artesanía, el comercio tradicional y como no, la gastronomía.

En Toledo, como en toda La Mancha hay muy buenos vinos y quesos. También destacan las migas y el famoso pisto manchego, pero la estrella en su gastronomía es la carne: cordero, cerdo asado , el cochifrito…y las carcamusas, guiso tradicional hecho a base de ternera y verduras que se sirve en una cazuela de barro a modo de tapa. Pero sin lugar a duda la carne más representativa de la gastronomía toledana es la de caza: ciervo, liebre y la más característica de todas; la perdiz.

No podemos olvidar los dulces. En los conventos las religiosas los preparan de forma tradicional, sin añadidos, todo es natural: yemas, empiñonadas, marquesitas , turrones…y por supuesto mazapán. El mazapán es el dulce toledano por excelencia y se vende por todos lados. En la Confitería Santo Tomé lo llevan haciendo desde 1856.

La cena del viernes supuso mi primer contacto con la comida. Muy cerca de la plaza del Zodocover encontramos “El Trébol” una mítica cervecería con un curioso suelo de cristal donde sirven ensaladas, roscas y ricas tapas. Una sartén de huevos, patatas, pimiento y morcilla; y una cazuelita de albóndigas de ciervo nos dejaron (a mí y mi acompañante) más que satisfechos y a muy buen precio.

El sábado, tras una mañana muy entretenida de turismo, comimos en “El Botero”, un rinconcito en el que elaboran alta cocina casera y que nos habían recomendado ya desde Madrid.

El local está dividido en dos plantas, la de abajo tiene barra y es perfecta para picar algo, la de arriba está preparada para sentarse a la mesa y comer. Marta nos acompaño escaleras arriba a nuestra mesa. Madera, mimbre y pintura blanca; suelo de colores, una chimenea y cuadros en las paredes convierten al Botero en un lugar bonito y acogedor.

Todo lo de la carta sonaba exquisito así que nos costó elegir. Finalmente nos decantamos por el pulpo torrado con puré de patata y alioli, el arroz con liebre y setas; y el rabo de toro con salsa de yogurt y puré de boniato. Regamos la comida con una botella de vino tinto Rayuelo y la rematamos con un postre a base de yogurt de frutos rojos, helado de chocolate y brownie.

Efectivamente todo casero y delicioso aunque las raciones fueron algo escasas para nuestro gusto (también hay que decir que somos de buen comer ☺).

Y ese fue el fin de mi Toledo gastronómico. Por la tarde un paseo por la judería y vuelta a Madrid. Eso sí, con una caja de pastas de almendra y mazapán del bueno bajo el brazo, para compartir y comer en otra ocasión.