Breve historia del #capitalismoscifi

Muchos de los lectores estamos habituados a leer lo que se suele llamar “ciencia ficción clásica”. Con este término se suele referir a las obras publicadas desde finales de siglo XIX a la literatura de posguerra. Cuando se estudia el género, se hace hincapié en la condición “predictiva” y el análisis de los problemas de la humanidad llevados a la ficción con un fin pedagógico, educativo o simplemente de advertencia. Y muchos nos preguntamos si estas obras habrán retratado los problemas del capitalismo global, que hoy en día son comunes y evidentes para cualquier lector atento.

A pesar de que no muchos teóricos lo señalan, el capitalismo –sobre todo en su forma liberal- y los problemas que acarrean para la sociedad son un tópico común, aunque sin embargo lateral. Su marginalidad no es producto de la falta de visión de los autores, sino probablemente del vacío de atención de la crítica especializada, que prefirió ver en estas mismas obras otros aspectos relacionados con las ciencias duras, las favoritas de buena parte de la producción crítica. Así, en obras claves donde el capitalismo es el verdadero protagonista, los lectores especializados se enfocaron en los avances tecnológicos planteados, la verosimilitud de las teorías que sustentan la narración y otros aspectos similares que, si bien son interesantes, hoy nos preocupan menos que el conocimiento de este importante aspecto socioeconómico que regula con mano de hierro nuestra vida cotidiana.

Tal vez “La máquina del tiempo” haya sido la primera obra que plantee ese problema. El mundo que narra HG Wells puede entenderse como una alegoría del colonialismo inglés, donde hay oprimidos que mantienen económicamente a los opresores, donde los opresores son ingenuos en su condición de tales y les temen a quienes los mantienen. Si entendemos la ciencia ficción como la literatura de la revolución industrial, es lógico pensar que existan obras que analicen el impacto de ese proceso en la sociedad occidental. Ya entrando en el siglo XX, “Un mundo feliz” es una crítica al liberalismo en su condición de opresor a través del bienestar y el conformismo, un mundo donde el control de las masas se ejecuta a través de políticas del reconocido “panem et circus” creado por la política del Imperio Romano.

Pero no fue hasta 1953 en que se publicó “Mercaderes del Espacio”, de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, en el que se presentó un mundo distópico donde las grandes multinacionales se impusieron por sobre los gobiernos y administraciones político-democráticas, y la vida es regulada a partir del comercio y la publicidad. En ese sentido, la novela fue visionaria y habilitó a otros escritores a elaborar la misma temática. En Ubik, de Philip K Dick, escrita y publicada en 1969, ya el autor presenta un mundo donde la publicidad ingresa directamente en nuestra mente y se requiere pagar para hacer básicamente cualquier actividad cotidiana, inclusive en la propia casa. Para abrir una puerta, para hacer un café, para entrar al auto se requiere poner una moneda.

La generación de posguerra tuvo un profundo interés en retratar estos temas, las obras mencionadas son apenas muestras de una prolífica bibliografía que incluye Rascacielos (1975) y Bienvenidos a Metro-Center (2006), de JG Ballard, Los desposeídos (1974), de Ursula K. Le Guin, Chip, el del ojo verde (1970), de Ira Levin –donde se retrata fielmente el problema de la clase media en un sistema liberal-, El mundo interior (1971) de Robert Silverberg, e inclusive el clásico Neuromante (1984), de William Gobson, donde las corporaciones toman el control de la vida cotidiana de las personas a través del uso y abuso de la tecnología.

Es interesante cómo los autores de la Edad de Oro (la primera mitad de siglo XX) apenas tocaron el tema, tal vez sea porque precisamente el capitalismo estaba en su mejor momento, y el american way of life se imponía como la mejor opción ante el totalitarismo que era su contraparte en los sistemas comunistas, fuertemente criticado en las obras dela época como los clásicos de George Orwell 1984 y Rebelión en la Granja, Nosotros (1921), de Evgueni Ivánovich Zamiatin, o Himno (1938), de Ayn Rand. Sin embargo, los principales autores de la ciencia ficción de la época, como Isaac Asimov, Robert Heinlein y Arthur C. Clarke, se corrieron de esa tendencia tal vez porque preataron más atención a la ciencia en general y la tecnología en particular que a los problemas socio políticos, lo que llevó a que sus obras envejezcan más rápido que las de sus pares ante el avance imparable del capitalismo en nuestras vidas cotidianas.

No fue hasta la posguerra que el tema empezó a tomar importancia, como vemos al fechar las obras más representativas del tópico y se hizo realmente importante en los años 90s, cuando el capitalismo comienza su crisis más profunda y, a la vez, los intelectuales liberales cantaron las alabanzas más entusiastas, amparados en las obras filosóficas de Francis Fukuyama. Snow Crash (1992), de Neal Stephenson, es la punta de lanza para una serie de obras que analizarían profundamente las consecuencias del capitalismo y cuestionarían su poder a través delas herramientas que brinda la ciencia ficción. Stephenson dio pie a obras importantes como Leyes de mercado (2004), de Richard Morgan, y Una súper triste historia de amor verdadero (2011), de Gary Shteyngart, en la que los ciudadanos son juzgados de forma pública y constante según sus niveles de crédito, aparte de depender patológicamente de una versión avanzada de nuestros teléfonos inteligentes. Kim Stanley Robinson en su Trilogía de Marte (1997) da cuenta de un futuro posible donde las empresas Trans-nacionales manipulan los recursos necesarios para la vida (los alimentos) y su feroz competencia se traducen en guerras globales que ignoran a los gobiernos y administraciones representativas de los pueblos y naciones.

En 2015, la editorial Milena Cascerola publicó la novela del escritor argentino Nicolás Mavrakis “El recurso humano”, que narra la historia de un joven programador de algoritmos utilizados en motores de búsqueda y redes sociales que utilizan las grandes multinacionales para analizar y dirigir el consumo de los usuarios. Si bien el libro podría etiquetarse como “post-ciencia ficción” -un subgénero que analizaremos más adelante en este espacio- la historia profundiza sobre la vacuidad metafísica de los agentes del capitalismo transnacional, la deshumanización de los “mandos medios” al servicio de las grandes corporaciones que utilizan la tecnología cotidiana para la manipulación del consumo. En ese sentido, la novela de Mavrakis es un fiel exponente de las herramientas de la ciencia ficción al servicio de una idea filosófica, y se inscribe en el género como una obra dentro de la tradición más clásica gracias a un sorprendente final que no revelaremos acá.

La ciencia ficción se define en esencia por su condición profética, su capacidad para advertir sobre los males sociales, es una herramienta ideal para generar lo que se suele llamar “toma de conciencia” en cuanto a los aspectos menos felices de nuestras sociedades. Los nuevos escritores de ciencia ficción no pueden dejar de mirar los aspectos socio-económicos del capitalismo global y su impacto en la vida diaria, la manipulación de los grandes mercados a los ideales modernistas que construyeron las bases de la democracia, hoy completamente cuestionadas pos el avance imparable del poder del capital.

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