¿Qué pasa cuando te vas de viaje para encontrarte?

Hay un momento en la vida de algunas personas en el que sienten que no pueden avanzar más. Que a sus vidas de auto de carreras de lujo, se les puso un freno de mano que no se destraba, se les bloqueó la transmisión o que simplemente se quedaron sin gasolina en medio del Valle de la Muerte.

¿A quién no le ha pasado comenzar un día con tedio, con ganas de que las horas pasen rápidas? Y simplemente dormir y olvidarse de todo. En esos momentos vemos la felicidad como algo muy lejano, algo a lo que aspiramos a tener en breves y contados momentos a lo largo de la vida. Y el resto del tiempo es como un largo y persistente jet lag confuso e inerte, lleno de sentimientos encontrados y de horas muertas.

De pronto te encuentras haciendo las maletas. ¡Ya te vas, lo lograste! ¡te vas y te despides de todos! Tienes un sentimiento de profunda satisfacción, ¡vaya! hasta de superioridad. Mientras empacas, piensas en el resto de humanos como una multitud de hormiguitas desesperadas por desmoronar un pedazo de pan y los miras a todos con lástima. Pero… no es momento de ponerse sentimentales, te dices mentalmente, este es un momento exclusivamente para disfrutar y abandonarse al viaje.

Lo malo es cuando te llega la cubetada de realidad otra vez, comienza ligero como un pensamiento pasajero; y luego se expande, crece, te llena cada centímetro y de pronto sientes un hueco, algo que cruje en tu interior como maquinaria oxidada y vieja, no te deja dormir, no te deja sentir. Indudablemente te quedas pensando: ¿Qué es ser libre? ¿Soy verdaderamente libre? ¿A dónde voy?

Y en ese momento te das cuenta que la libertad es una idea que cambia, que se transmuta en mil ideas, que a veces la libertad es volar y otras veces la libertad es encerrarse, y sigue siendo la misma libertad, pero: ¿Por qué se siente tan distinta? ¿No se supone que toda la libertad es buena? ¿Que toda la felicidad viene de la libertad?

Y después de estas preguntas es cuando haces verdaderamente un viaje para encontrarte. Te das cuenta que el verdadero viaje no consiste en tomar un autobús a la frontera, no es tomar un vuelo trasatlántico, ni caminar horas en la selva. El verdadero viaje comienza con una pregunta inocente que retumba en tu ser, que te obliga a levantarte sólo, en un cuarto vacío, desnudo y mirándote directamente a los ojos, y mirar unos labios que dicen junto contigo:

¿Quién soy?

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