Cuatro y Diez en Gayalí
Antes de bajar respiré hondo, me retoqué el labial en el retrovisor y acaricié el tablero de mi amado Chrysler ’51, como pidiéndole perdón por dejarlo solo y tan lejos de mí. Caminé la media cuadra desde 25 de Mayo hasta la esquina de Hipólito Irigoyen. Pero en vez de entrar por la puerta principal entré por el lateral, como de costumbre, para pasar por entre los alfajores. El aroma del café me invadió como un abrazo fuerte de alguien a quien no ves hace mucho tiempo.
Gayalí. Ese templo al café que se erige ante mi tocando el cielo santafecino, y sus leones mirándome desde su fachada invitan a pasar para volvernos espectadores del exterior. El tiempo se para del lado de adentro. Ocurre un guiño en el reloj en dónde lo que en esas mesas sucede, se desprende en destino, se reverbera hasta la eternidad.
Me senté en la mesita de dos, en una esquina al lado del mostrador de alfajores, de modo que podía ver por la ventana a quien pasara. Te esperaba ansiosa, como siempre estuve, sin mirar con insistencia al exterior por temor que estuvieras llegando y me vieras, desde alguna otra ventana, nerviosa por verte.
- ¡Buen día Madame! ¿En que puedo servirle?
— Osvaldo, en nada. Gracias. Espero a un amigo, cuando llegue lo llamo. ¿Le parece?
— Como no madame.
— Osvaldo, córtela con lo de madame. Tengo 23 y me hace sentir una vieja.
Un jovial Osvaldo me guiña y me sonríe y sus hombros encogidos me dicen: reglas e la casa.
Me acomodo el pelo y miro el reloj… Pasaron 15 minutos de las 15 y faltan 55 minutos para que llegues. Llegué temprano porque me gusta esta expectativa de saber que estás viniendo; llegué antes para calmarme y regular mi respiración y también secarme las manos sudorosas de nervios; sabés como soy. Me pongo a mirar los alfajores que tengo a mi izquierda, pero no pienso en alfajores, ni en masas finas. Estoy en otro lado, recordando los paseos de verano, las salidas al cine; o cuando nos escabullimos en la Biblioteca de la Universidad e intercambiamos las etiquetas que Dorita les ponía. Hacíamos travesuras como dos niños. Sonrío sola.
Observo a mi alrededor y veo dispuestas dos o tres parejas, amigos charlando y las señoras de siempre: Lidia y Ana que me miran y sonríen, comentan entre ellas, cuchichean y conjeturan. Viejas chusmas. Les sonrío amablemente como para hacerles saber que me estoy dando cuenta y giro para continuar mirando por la ventana. Son las 15:38.
Osvaldo me mira y me hace el típico gesto con la mano ofreciéndome un cortado. Se lo acepto. Con la taza en la mano y el repasador en la manga, cuidadoso y delicado deja el café en la mesa y me pregunta si está todo bien y esta vez se le olvida el “madame”.
Si Osvaldo. Gracias.
Me inclino para ver el cielo nublado y gris y observo algunas hojas que el viento acarrea con soltura hasta que se me nubla la mirada sumida en mis pensamientos. Ojalá vengas con el traje de Banana Republic que me contaste por carta que te regaló la empresa, tengo la foto dentro de mi Biblia. Te queda muy bien; y espero que esta vez alguien te mire los pies y te avise que te ates los cordones, siempre te tengo que andar diciendo yo que te los ates. Me puse el perfume que me regalaste… a ver si te das cuenta. Nunca me pinto los labios y ya siento que me hice un enchastre en la boca, que algo se me corrió o que ya se fue el color. Todo sea por dejarte el cachete manchado; mío. Abro la cartera, saco el amenitié, me retoco, guardo todo y cierro la cartera. Son las cuatro en punto.
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Osvaldo se acerca achacado y lento, como sus años; me retira la taza y me deja una caja de alfajores. Pone su mano en mi hombro y aprieta fuerte como queriendo sacarme un peso que llevo hace muchos años. Le sonrío con cariño.
Miro el reloj. Abro la cartera, saco el pañuelo. LLoro. Me quedan 10 minutos antes de que llegues y no quiero que me encuentres así, así que me seco las lágrimas y sonrío. Una lágrima cayó sobre el vidrio de la pequeña mesa, justo sobre la tarjeta que dejaste ahí hace 65 años, cuando tuvimos nuestra primera cita: “Ricardo Norman Gill — Ingeniero Aeronáutico.” Tomo la caja y dejo el valor del café y unos billetes más para el mesero.
Cuatro y diez. Me levanto y miro la puerta principal por unos segundos; giro para ponerme el abrigo pero de reojo sigo mirando la puerta. Inhalo, exhalo, me pongo el abrigo y salgo a la peatonal. Busco en mis bolsillos el celular y le hago una llamada perdida a mi nieto. Está a la vuelta de la cuadra, me subo con cuidado al Chevrolet Vectra.
-¿Y abuela? ¿Estuvo rico el café?
-Siempre querido, siempre. ¡Este auto parece tan frágil! Me da miedo de romperlo, y eso que tengo 85. No hay nada como mi viejo Chrysler.
-jaja si viejita, si. Un fierrazo. Acá tenés el diario que me pediste.
Lo abro y en una de las páginas leo el conmemorativo: “La localidad santafesina de Villa Mugueta recuerda con honor al ingeniero Ricardo Norman Gill, quien viajaba con el comandante Marambio en uno de los aviones estrellados en la tragedida de Mugueta, ocurrida la mañana del 13 de noviembre de 1953 hace ya 62 años. Su familia lo recuerda con orgullo y cariño.”
Miro el cielo, empieza a llover. Miro el retrovisor y veo un muchacho agachado atándose los cordones que luego entra a Gayalí. Me río sonoramente y dejo caer las lágrimas que se confunden con las gotas de lluvia en la ventana. Te guiño un ojo y susurrando en mi mente te digo: te queda bien ese Banana Republic.
A comienzos de la primera década del siglo XX llegan de España los hermanos Guillermo y Miguel Gayá afincándose en la ciudad de Santa Fe y comienzan a trabajar en la panadería y confitería Cavour adonde aprenden el oficio. Hacia el año 1913 deciden fundar su propio negocio: así nace la Confitería Las Delicias, más comúnmente conocida como Gayalí.
En el año 1924 la empresa se muda al local actual expandiendo sus actividades a rotisería, servicios de lunch, banquetes, restaurante, bar y salón de té. En este momento comienza la gran promoción del Alfajor Santafesino.
Hoy en día Las Delicias cuenta ya con más de 100 años de experiencia y continúa siendo manejada por las cuatro generaciones de la familia de Guillermo Gayá.
30•06•2015