Bachero de la vida

Crecí en una casa con lavavajillas y me obsesiona la imagen de una pileta inmaculada sin nada por lavar. Me encanta ver el detergente con su esponja esperando que haya que lavar, pero en actitud máscara de oxigeno en una avión. Saber que están, que esa información acompañe un estado general de calma; igual que a un bote salvavidas, nunca necesitarlos.

La vida tiene el comportamiento de la pileta de una casa sin lavavajillas.

Pileta vacía. Una vez que aparece el primer plato, esto de forma similar a los grafitis, aparece el primer vaso, la primera taza con cuchara, las migas, el frasco terminado.

La pelea que le hago a los platos sucios me parece la vida y los platos que como bacheros del restaurant de la vida de cada uno lavamos, las cuestiones que debemos encarar.

Que tan grande tu restaurant, ¿amigo mío? ¿Cuántas mesas te entran y cuántas pusiste? ¿Abrís todo el día, todos los días? ¿Sos el bachero de tu vida? ¿O alguien de confianza lava tus platos sucios? ¿Te los lava el robot? ¿Qué te pide a cambio? ¿Cuál es su vitamina? ¿Acaso tu dinero?

Fijate bien, bachero amigo. Bachero se busca. Así te adoran, así te necesitan, amigo de la espuma.

Haz las paces con todo lo lavable que encuentres en la pileta de la cocina de la casa donde vivas. Es tu hogar. Es metáfora, pero además la verdad del ritmo de las cosas. Demos gracias al movimiento, a que así como los planetas bailan, tu cabello crece y las células de tu cuerpo se sustituyen.

El poder que a veces parecen absorber minucias de este tenor nos devuelven la imagen de nosotros frente al imperativo vital de que nada se pierde y todo todo todo se transforma.