Poco a poco o mucho a mucho
A veces queremos creer (y encontrar rápido evidencia de que así es) que los aprendizajes son hechos por sastre de confianza y a pedido, es decir, que son a nuestra medida y en el momento que nosotros dispongamos. Ponemos más allá de los límites de nuestra intención de corazón, nuestro poder.
Lo que más deseamos es constatar nuestro poder.
Si hablo por mí, siempre deseo situarme en el lugar más seguro que pueda encontrar. Si la vida fuera las calles de Pamplona los días de escaparse entre las calles de los toros, mi lugar predilecto sería un balcón con buena perspectiva. Los toros (aprendizajes) en estado salvaje y bullicioso pasan por debajo, los sigo con la mirada tranquila cuando pasan de largo.
Pocos tienen la resolución de no tan solo bajar a la calle si no de enfrentarse a esos toros locos.
En ese bajar y torear al toro para intercambiar virtudes y amansarlo se concentra la pulpa nutriciosa de la vida. Ahí, ahí, ahí.
No se trata de enfrentar al toro para matarlo: el toro en verdad no existe. Para el caso de que existieran, más que toros habría que utilizar dragones. Todavías más miedo, y el dragón por más matado que se crea nunca muere.
Como desde arriba la tarea de amansar toros o dragones parece demasiado exigente, deben suceder cosas debajo que provoquen el deseo de bajar.
Basta con comprender que vivir consiste mucho más en tratar con dragones que con tomar chupitos en el balcón.
Vivir no es reservar del mundo un lugar tranquilo. Al comprender que hay que bajar empieza a hacerse un poco más obvio el valor que hay que tener para estar ahí abajo, mano a mano.
Ahora que pienso en esto, creo que el Coliseo fue lo que fue porque permitía ver a unos pobres giles enfrentando los miedos de todos. Ver a otros luchando por su vida parece bastar para dar la propia por vivida dignamente.
Pues no. Mientras se esté arriba o mientra se apoye el culo en las gradas de la Tribuna del Tedio, éste habrá de acumularse insoportablemente sobre nuestras espaladas hasta movernos de ahí.
No se trata de conocer cómo ataca el león o cómo topa con todo a su paso el toro, o cómo quema con su lengua de uego el dragón. Eso es mera información, verba inservible y miserable.
Un día se abandona el palco, cualquiera que este sea, y se toma el vivir por lo que vale. Y se sale a hacer la vida a la misma altura de todo el resto. A ver cómo es eso de ganar el derecho a seguir vivo cada día, cada vez.
Se deja de opinar tanto y se empieza a hacer mucho. Se deja de suponer tanto y se empiezaa comprender mucho más.
Poco a poco o mucho a mucho, los aprendizajes van viniendo.
Están hechos a medida, es cierto, pero a la medida de nuestra capacidad para tomarlos por tales, no a la medida que suponemos deberían presentarse para parecernos valiosos. Si no nos movemos de esa posición de (creer) saber qué nos corresponde y qué no, qué merecemos y qué no, los aprendizajes seguirán viniendo cada vez más dolorosos hasta que aceptemos que vivimos lo que tenemos que vivir.