EL TORO SALVAJE DE LAS FINANZAS

“ La historia del boxeo: fascinante porque implica la compulsión de ciertos hombres por luchar y de otros por ser testigos” Joyce Carol Oates

“El boxeo es tan demandante que aunque cualquier chico (rico o pobre) puede entrar en él, sólo el pobre se queda y eso es, porque no tiene otro lugar donde ir” Jack Dempsey

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA[i]

La leyenda asume que fueron 17 segundos. De pronto, nada más que dos seguían sobre el cuadrilátero; faltaba el protagonista estelar.

Desparramado sobre las máquinas de escribir de los periodistas del ring-side, Jack Dempsey desesperaba en su intento de recomponerse y regresar al combate.

El campeón Mundial de todos los pesos, el deportista de mayor fama del planeta, no podía comprender que ese tosco gigante –que él había derribado siete veces en los anteriores dos minutos- estuviera en el medio del ring con la única compañía del árbitro.

17 segundos, 7 más que los necesarios, en los que por primera vez un argentino estuvo en la cima del mundo deportivo.

¿Qué habrá pensado Luis Ángel Firpo, en ese momento, al ver que el inexpugnable campeón gateaba entre las piernas y los portafolios de los hombres de prensa? ¿ Se habrá sentido campeón del mundo? ¿Habrá imaginado a los porteños festejando frente al diario Crítica? Difícilmente. Los terribles golpes recibidos en ese primer round ( que ya finalizaba) habían minado su entendimiento. Aún en el supuesto de encontrarse en pleno goce de sus facultades mentales, le hubiera resultado imposible comprender la importancia que ese suceso tendría sobre el imaginario histórico-deportivo argentino. Súbitamente, este recóndito país del hemisferio sur se ubicaba en el mapa.

La pelea Firpo- Dempsey, evento de relevancia global pionero en contar con un argentino como protagonista ( sólo un año después llegarían las primeras medallas olímpicas), constituye un pilar fundacional del deporte nacional. Su impronta de hito acarreó variadas consecuencias que tiñeron por décadas las actividades deportivas, sus concepciones, sus interpretaciones y el sentir popular respecto a ellas. Los atletas argentinos comenzaron — a partir de ese momento- a competir con figuras o equipos de primer nivel internacional con asiduidad; se instaló ( para quedarse por muchos, muchísimos años) la obsesión y el triste consuelo del “ campeón moral”, junto con el tan mentado “siempre nos tiran al bombo”; desde el 14 de septiembre de 1923, el desarrollo de un partido de fútbol, de una pelea de box o de cualquier otra competencia atlética mantiene expectante al pueblo, que se vuelca a las calles para palpitar con las incidencias y expresar su alegría o desazón por un resultado; por último, Luis Ángel Firpo, tras su encarnizado encuentro con Jack Dempsey, se erige como el primer gran ídolo deportivo surgido de las capas sociales más humildes de estas tierras. A partir del Toro Salvaje de Las Pampas, el héroe deportivo puede ser un modelo a emular por los jóvenes, sin distingos de clases sociales. De allí en adelante, serán los hijos de los inmigrantes aquellos que mantendrán en vilo al país con sus hazañas atléticas. Ya no se trata de un aristócrata de origen británico, inaccesible, como Jorge Newbery o el inmutable capitán de Alumni, Jorge Brown, que practican deportes como mera afición y como constante desafío personal. El modo en el que Firpo se acerca al deporte es antagónico respecto del de sus antecesores. Él concibe al boxeo como un medio para ganarse la vida. Su afán personal primordial no es la gloria, no es ocupar un lugar en el Olimpo. Persigue sin descanso el dinero…y lo alcanza. En épocas en las que primaba el amateurismo y su deformación “ el amateurismo marrón”, Firpo se convirtió en el precursor de nuestros deportistas profesionales. No daba un paso ( o no tiraba un puñetazo) si no estaba bien, muy bien pago. Puesto a elegir, hubiera optado por la tapa de la revista Fortune por sobre la de The Ring. Las revistas deportivas ayudaban a aumentar su fama y su cotización; le interesaban, sobre todo, como maniobras de un arcaico marketing, a pesar de que su ego poseía un tamaño idéntico al de su descomunal físico. Debemos añadir, también, su colosal habilidad para realizar negocios; no sólo contaba con su ambición: su intuición, su buena estrella y su pertinaz desconfianza no le permitieron jamás realizar una inversión no fructífera.

Con el correr de los años la figura de Firpo se fue tornando en leyenda. Lentamente, diluidos sus datos biográficos del inconsciente colectivo, todo lo ocurrido con su vida antes y después de esa “ Pelea del Siglo” perdió significación y fue olvidado.

EL LUCHADOR[ii]

A los 21 años, Firpo trabajaba de ayudante en una farmacia. Doce años antes había llegado de su Junín natal, luego de la muerte de su madre y de que su padre, excedido por la educación de cuatro hijos pequeños y las obligaciones laborales, hubiera tomado la decisión de enviar a su hijo Luis Ángel a casa de sus tíos porteños. Cierto día, un amigo de su patrón le insistió en que debía dedicarse al boxeo. “ Sería un desperdicio que con semejante físico, al menos, no probaras”, le dijo. Con tímidez, Firpo se acercó al International Boxing Club, donde empezó a hacer sus primeras armas en el deporte. Poco a poco fue sorprendiendo a sus compañeros de gimnasio. Las burlas y el sarcasmo provocados por sus nada gráciles movimientos mutaron en respetuosos comentarios al ver que todo aquel que resultaba su ocasional oponente no terminaba el round de pie.

Para debutar como amateur eligió el Campeonato argentino de aficionados de 1917. Sólo se anotaron tres boxeadores en su categoría; pero al haber desertado los otros dos inscriptos, fue coronado campeón argentino amateur de los pesos pesados, sin haber realizado jamás ni una sola pelea.

Recién el 10 de diciembre de 1917 se produce su debut enfrentado a Frank Hagney, quien se atribuía el título de campeón australiano. Hagney –que si bien había nacido en Australia, de campeón tenía poco- fue derribado en dos oportunidades por su novel rival.

Algunas semanas después, le pautaron una pelea en Montevideo con Angel Rodríguez, campeón uruguayo. El experimentado Negro Rodríguez necesitó sólo un minuto y medio para dejar fuera de combate a Firpo. El público presente se burló impiadosamente del gigante torpe, de movimientos grotescos, caídas aparatosas y mandíbula de cristal. Luis Angel regresó a Bs.As. convencido de que su camino dentro del boxeo estaba finiquitado. No lo asumía como una gran pérdida; le habían dicho que se podía ganar buena plata (situación que hasta el momento no había acontecido y lo desvelaba), conseguir rivales era muy complicado y cuando los conseguía debía sortear demasiados escollos para concretar la pelea dada la prohibición que pesaba sobre el box. Se vio obligado a espaciar sus visitas al gimnasio, ya que retomó sus labores como dependiente en un comercio.

EL BOXEADOR[iii]

Cuando ya prácticamente descartaba el boxeo como medio de vida, en agosto de 1918, decidió jugar su última carta, darse una última oportunidad. Había escuchado que Chile era la mejor plaza de Sudamérica. Hacia allí iría. “ Total, no tengo nada que perder”, debe haber pensado antes de subirse al tren que lo dejaría en Puente del Inca.

Su innata austeridad y sus escasas reservas de dinero lo hicieron escandalizarse cuando escuchó el precio del cruce de la Cordillera de los Andes en mula. 140 pesos eran una fortuna que no estaba dispuesto a pagar de ninguna manera. Esperó, con paciencia, que saliera el contingente hacia Chile y se aprestó a seguirlos a pie desde una prudencial distancia. De ese modo, sin correr el riesgo de perderse, el viaje no le costaría ni un centavo. Los dueños de las mulas lo observaban con una sonrisa irónica dibujada en sus labios, sospechando que al cabo de un rato, tendrían un cliente más. Grueso error. Firpo llegó caminando con tranquilidad, con paso firme y orondo y con su capital escaso, pero intacto.

Chile era una plaza próspera tal como le habían dicho; consiguió varias peleas en las que sus bolsas iban en progresivo aumento al compás de los estruendosos knock outs que provocaba. Mientras su contundencia entusiasmaba a los aficionados, espantaba — a la vez- a sus eventuales rivales. Tras cuatro triunfos consecutivos (frente a Ignacio Sepúlveda, William Daly y 2 con Calvin Respress), las puertas se le volvían a cerrar. El chileno Rojas, campeón sudamericano, no accedía a concederle una chance por el título. Firpo emprendió el camino de regreso a Bs. AS. donde le habían prometido algunas peleas. La firme negativa de las autoridades de permitir espectáculos boxísticos, lo obligó a continuar su derrotero hacia Montevideo. Allí obtuvo sendas victorias ante dos rivales de escasa cuantía.

Los directivos de C.U.B.A. le habían ofrecido mil quinientos pesos por un enfrentamiento con Antonio Jirsa. A último momento, este se niega a pelear, alegando problemas de calendario. Firpo enceguecido por la oportunidad ( y la plata) desperdiciada , acude al lugar de entrenamiento de Jirsa y luego de increparlo, lo toma a golpes…Sería la última vez en su vida que utilizara sus puños sin cobrar a cambio.

Al frustársele una a una las posibilidades en su país, retornó a Chile redoblando la apuesta. Envió una carta a la Federación chilena en la que impugnaba la designación de Rojas como campeón sudamericano con un argumento simple e irrebatible; sostenía que Rojas jamás había peleado con un argentino. La Confederación Sudamericana ( con sede en Santiago) recepcionó su inquietud y respondió organizando una eliminatoria de la que debían participar Rojas, Firpo y el norteamericano nacionalizado chileno Mills . Rojas desistió de la invitación; el cinturón se lo disputarían el argentino y el yanqui. Fueron los chilenos, entonces, quienes protestaron; aseguraban que Mills era norteamericano. La misma tarde de la pelea la Confederación informó que le quitaba el reconocimiento. Ya sin el título en juego, Firpo perdió por puntos luego de doce rounds.

NACE UN CAMPEÓN[iv]

Tan sólo cuatro meses después, en esta ocasión con el título en juego, obtuvo la revancha. Mills, quien se había radicado en Sudamérica luego de integrar la troupe de boxeadores que Marcelo Peacan del Saar trajo al país en 1916 (gracias a lo cual el público argentino pudo disfrutar del legendario campeón de color Jack Johnson) fue emplazado a enfrentar al argentino. Firpo, tras el tañido del gong inicial, salió enfurecido de su rincón. El norteamericano desairaba con suficiencia sus embestidas primitivas provocando carcajadas en el público. Cuando ya finalizaba el primer round, con la pelea encaminada a convertirse en un grotesco, el argentino asestó un mazazo furibundo en la sien de su rival. Mills se desmoronó sobre la lona, inconsciente. Luego de diez minutos de festejos, Firpo pretendió bajar del ring con la intención de dirigirse a los vestuarios. Dos carabineros le cerraron el paso y se lo impidieron. “ Suben dos al ring, bajan dos”, le informaron. Con la euforia de la obtención del campeonato, no se habían percatado en el rincón del argentino que Mills continuaba sin conocimiento. La pelea duró 2 minutos; el KO, media hora.

La noticia de que el campeón sudamericano de los pesos pesados era argentino repercutió con fuerza en Buenos Aires. Varios de los más prominentes miembros de la aristocracia porteña aficionados al recio deporte se le acercaron; eran esos que no boxeaban, ni peleaban, ellos “tiraban”, costumbre iniciada en los jardines de La Casa del Ángel, en los albores del siglo veinte. Mientras César Viale le regala el pasaje para que regrese desde Chile, Natalio Botana organiza la revancha con el uruguayo Rodríguez -auspiciada frondosamente desde Crítica- que se frustra a pocas horas del combate ( con escándalo y devolución de entradas incluidos) por la prohibición que le impone el gobernador de la Pcia de Bs. As. Camilo Crotto. Pero es con Félix Bunge con quien establecería la relación más estrecha y fecunda.

Bunge, soltero, acaudalado, conservador, terrateniente, era gran aficionado a los deportes. Fundador del Buenos Aires Rowing Club y apasionado por el boxeo, organizaba en su mansión reuniones sociales que congregaban a amigos, artistas, deportistas y políticos. Era posible, durante algún almuerzo, presenciar las bromas que se hacían entre sí Gardel, Firpo y Enrique Muiño. En sus caballerizas instaló un gimnasio para que se entrenara el Toro Salvaje. Bunge, probablemente el entrenador más bizarro de la historia del boxeo — como ya veremos-, fue el principal consejero financiero de Firpo.

El boxeador en ascenso comenzó a realizar pequeños negocios usufructuando su flamante fama. Actuó en el teatro Apolo en “El campeón de box” obra escrita por Florencio Parravicini para él, realizó exhibiciones en el interior y concretó algunas peleas- entre ellas la tercera con Mills- tanto en Bs. As. como en Santiago de Chile.

A pesar de que su situación económica había mejorado, sentía que sus posibilidades serían mayores en otro contexto. En cada oportunidad en que estuvo por protagonizar una pelea de relevancia, la policía abortaba su chance de hacerse con una bolsa sustanciosa. No importaban las entradas agotadas, los contratos firmados, los anuncios en los diarios o la multitud en las adyacencias de los estadios. El final era siempre el mismo: los agentes del orden ingresaban al lugar blandiendo la ordenanza municipal de 1892 que prohibía el boxeo y el encuentro se frustraba. Agobiado ya por tanta incertidumbre, decidió irse a Panamá, un incipiente pero pujante mercado boxístico. Comunicó la decisión a los exclusivos socios del club C.U.B.A. luego de una exhibición. Fue entonces cuando uno de los asistentes le sugirió que si deseaba ir a USA, él le podía conseguir un lugar gratis en un buque de carga que zarpaba en pocas semanas y que los Dres. O’Farrell suscribirían una carta de recomendación para ser entregada en manos de Tex Rickard, factótum del Madison Square Garden y el más prominente promotor de la primera mitad del siglo XX. Firpo, con algunas dudas y con muy poco equipaje, optó por aprovechar el pasaje gratis.

¡SEGUNDOS AFUERA![v]

Firpo arribó a Nueva York el 25 de enero del 22. Al día siguiente concurrió presuroso al Madison. No era fácil acceder a Rickard, pero los distintos controles fueron cediendo, llevados por la intriga y la curiosidad. El decidido grandote que hablaba un idioma extraño, que perdía la paciencia con facilidad, los fue convenciendo. En pocos minutos Tex Rickard estaba leyendo la carta que le habían enviado sus amigos argentinos los Dres. O’Farrell. Le preguntó, por intermedio de un traductor, por sus antecedentes boxísticos. Firpo se vanaglorió de ostentar el cetro de los pesos pesados sudamericanos. Su primer encuentro con el zar del boxeo de la época se cerró con la lacónica respuesta de Rickard: “ Yo también soy el campeón en mi casa. Ni mi señora ni mi hijo pueden pelear conmigo”.

Comprendió que el recorrido no sería sencillo. El destino quiso que se cruzara con Calvin Respress (el boxeador de color que había derrotado en dos ocasiones en Chile), en un gimnasio de Newark. Juntos armaron una exhibición que no despertó la más mínima expectativa. Al día siguiente el diario local “ Newark Star” sentenció: “ … Si Firpo no da más de lo que dio anoche y si es cierto que nosotros sabemos algo de boxeo, sería bueno que le dijeran al sudamericano que tome, en seguida, pasaje de vuelta a su tierra”

A pesar de ello, hubo quienes le vieron alguna condición. Varios managers se acercaron para ofrecer sus servicios. Firpo era, en ese momento, un desconocido, sin grandes lauros pasados y con una absoluta ignorancia respecto a las reglas de ese mercado. Aún así, rechazó uno a uno los ofrecimientos. Aborreció siempre a los managers, jamás tuvo alguno. Su credo era sencillo: si era él quien se exponía a recibir los golpes, sería él quien disfrutara de todos los beneficios sin compartirlos con nadie; si demostraba condiciones, las ofertas llegarían solas; si era malo, de nada servirían los managers, que pretendían ganar dinero fácil en base al esfuerzo de otros.

Los contactos de un funcionario del consulado argentino le permitieron realizar su debut en USA. La ardua tarea inicial fue convencer a los promotores, eliminarles sus temores. Para ellos Firpo era un “paquete”. Para colmo de males, cuando revelaronn la foto sacada especialmente para el afiche promocional de la pelea, consideraron que con esa imagen no se podía seducir a ningún espectador. Con la velada ya armada, no había posibilidad de dar marcha atrás. Por lo tanto, eligieron otro ignoto peso pesado, lo fotografiaron y pusieron su foto bajo el nombre de Firpo.

Al momento de firmar el contrato, Firpo exigió los derechos cinematográficos de la pelea. Los promotores no sabían si se trataba de una broma o de un error del traductor; por esa época, sólo se filmaban las peleas por el título del mundo. La bolsa que recibiría el ignoto debutante sería de U$S 120, mientras que la filmación le costaba 150 dólares.

EL TRIUNFADOR[vi]

La pelea se realizó el 20 de marzo de 1923. Sailor Maxted, campeón de la Marina americana, conocido bajo el intimidante apodo de “ el derribador de esperanzas” sucumbió en 7 rounds. Nuestro púgil comenzaba a abrirse camino en USA y a ganar miles de pesos con la proyección de la película del combate en los cines de Bs. As.

En tan solo 45 días, su cotización se había multiplicado por veinte. Por su tercera pelea (en la segunda derrotó a Joe McCann) el 13 de mayo le pagaron 2400 dólares además de, por supuesto, los derechos cinematográficos. En el ring- side varios de los pesos pesados del momento siguieron con atención los movimientos del gigante sudamericano cuya potencia había asombrado a los exigentes cronistas deportivos.

De repente, las propuestas le llovían. Firpo, una vez más, sorprendería a todos. Aquellos que lo habían tildado de loco por irse a USA sin respaldo alguno, veían azorados como retornaba a Bs. As. ¿ Cuál era el motivo que lo hacía volver a la Argentina justo cuando comenzaba a concitar la atención de sus colegas, los medios y el público? No era añoranza por su terruño. Se trataba, nada más, de una inteligente estrategia empresarial. Había llegado la hora de cosechar en su país los frutos de su expedición por el Norte.

En Bs. As., lo aguardaba una multitud en el puerto y mucho dinero consecuencia de los negocios que enhebraría merced a su abrupta fama. La proyección de sus peleas se convirtió en un rápido éxito de taquilla, al igual que sus actuaciones teatrales. Al percibir la repercusión de cada una de sus apariciones públicas, comenzó a exigir porcentajes de las recaudaciones; por ejemplo, si salía como segundo en el rincón de algún boxeador en ascenso, el 15 % de lo que los espectadores dejaban en las boleterías, iba a parar a sus bolsillos.

Su estilo boxístico no era apto para las exhibiciones. Sus desplazamientos lentos, sin juego de cintura, los golpes muy anunciados y su avance a fuerza de empellones no seducían al público como sí lo hacían sus victorias. Acudió a sus amigos aristócratas para que por intermedio de sus contactos políticos, lograran el permiso necesario para realizar un combate oficial.. Superado ese escollo, con el australiano Jim Tracey como rival programado, lo desvelaba otra preocupación: la pelea debía durar varios rounds. De otro modo nadie iría a ver la película del combate; un K.O. en el primer round aumentaría su prestigio, pero heriría de muerte la taquilla en los cines. Tal como lo planeó Firpo, Tracey aguantó de pie cuatro rounds, en la vieja cancha de River desbordada de un público impaciente que deseaba ver de cerca a su nuevo ídolo, quien embolsó la cifra record de $110.000 .

TORO SALVAJE[vii]

Tex Rickard, desde Nueva York, le ofrece — vía telegrama- U$ 10.000 para enfrentar a Bill Brennan y una opción por U$ 100.000 por un combate posterior con Jack Dempsey.

El Madison Square Garden sería el escenario del match Firpo- Brennan, primer compromiso de fuste que afrontaba el argentino desde su desembarco en USA.

Damon Runyon — quien junto a John Lardner y Gay Talese constituían las voces canónicas del periodismo escrito yanqui- influido por un reciente viaje por España, al observar sobre el ring a esa mole de carne y músculos, con el rostro cubierto por la sangre que manaba de su ceja derecha, que embestía con obstinación con la cabeza gacha a un desbordado Brennan, bautizó a Firpo como “ el Toro Salvaje de las Pampas”. Por esos tiempos, todo boxeador que se preciara de tal, debía ostentar algún apodo llamativo; los cronistas habían tentado suerte con los obvios “ El Ángel demonio” , “ El hombre de las cavernas”, “ El gigante primitivo”, hasta que Damon Runyon perpetuó el “ Wild Bull of the Pampas”.

Al promediar el round 12, un derechazo anunciado, con mucho recorrido, que aterrizó detrás de la oreja de Bill Brennan, catapultó a Firpo como serio contendiente al título. Pocos meses le bastaron para establecerse. En su último compromiso había evidenciado poseer todos los ingredientes para seducir al exigente público norteamericano: exotismo, color latino, pegada demoledora, un físico descomunal, coraje para sobreponerse en situaciones adversas y una misteriosa e inescrutable personalidad. Este fue el triunfo que lo consolidó en la consideración pública. Firpo logró sobreponerse a un comienzo incierto y desfavorable, ignoró el peligroso corte de su ceja y, como si fuera poco, su victoria permaneció durante varios días en las páginas de los diarios: Brennan, tras el KO, estuvo internado en un hospital de Nueva York con pronóstico reservado por más de una semana.

El siguiente escollo era el ex — campeón Jess Williard, quien había retornado a los rings meses antes, luego de haber sido destronado por Jack Dempsey en 1919.

El Thirty Boyles Acres acogió a los 102.000 espectadores ( cifra récord hasta ese momento) que concurrieron a vibrar con la denominada “ Batalla de los Gigantes”. El enfrentamiento generó una expectativa tal, que dio lugar a un fenómeno que asolaría por años a los espectáculos deportivos en USA. La ansiedad por saber cuál sería el gigante que amenazaría el cetro del indestructible Jack Dempsey quedaría comprobada con la aparición de los Gate-Crashers, que eran aquellos espectadores -por lo general inmigrantes italianos amantes del deporte y de escasos recursos económicos- que poco antes de comenzar el evento se agolpaban en las entradas del recinto y pujaban hasta hacer ceder las barreras establecidas por los controles, y así ingresar sin el ticket correspondiente. Un contundente KO8 instaló definitivamente la imagen de Firpo. Sólo por la pelea la cosecha económica fue de U$ 96.000; con las publicidades, los derechos de filmación, las apariciones promocionales y las permanentes exhibiciones, triplicaba esos ingresos. Ante quienes criticaban su plan de entrenamiento, argüía que mejor que contratar sparrings para practicar con ellos era concertar exhibiciones. La diferencia era enorme: por las exhibiciones embolsaba miles de dólares mientras que a los sparrings había que pagarles.

México, Cuba y los estados del sur de la Unión se mostraban ansiosos por ver en acción a la esperanza latina. Por allí se encontraba el Toro Salvaje, desarrollando sus dos actividades favoritas ( pelear y recaudar), cuando Tex Rickard logró cerrar el acuerdo con Jack Dempsey. No obstante, Firpo al enterarse, continuó como si nada con su gira por el Sur; no deseaba enfrentarse — por el momento- con el Asesino de Manassa. Consideraba que carecía de la experiencia necesaria para afrontar una pelea de semejante magnitud y, aún, tenía pendientes varios negocios, que no planeaba dejar de lado. Rickard presionó a fondo sobre Firpo, boicoteó la gira y, por supuesto, aumentó la bolsa de nuestro boxeador. Doblegado por el poder de Rickard y sus amigos, el argentino debe apurar su regreso a Nueva York para afrontar la preparación con vistas al combate por el título del mundo. El gran evento, una de las primeras “ Peleas del siglo”, ya tenía fecha cierta: 14 de setiembre de 1923.

EL CAMPEÓN[viii]

Jamás usó la típica bata de boxeador. La consideraba un ornamento poco viril y demasiado vistoso; subía al cuadrilátero solamente con un viejo sweater gris anudado en su cuello.

Macizo, veloz, contundente, feroz, poseedor de una fortaleza mental granítica, capaz de lanzar golpes de una precisión, voracidad y violencia inusitadas. Jack Dempsey era EL deportista del momento. Hacía ya más de cuatro años, desde aquella demolición propinada a Jess Williard, que era campeón del mundo de los pesos pesados, sin que nadie pudiera poner, siquiera, en dudas su cetro. Recién en la década del 60, con el estremecimiento ocasionado por Muhammad Ali, vería peligrar su lugar en el podio del Olimpo Deportivo Norteamericano. Hasta la irrupción de Alí, sólo Dempsey, Joe Louis, Babe Ruth y Jesse Owens eran casi los únicos habitantes de esa galería de personajes con algo de héroes mitológicos y prácticamente inexpugnables.

1923 no había sido un buen año para Dempsey. Su gran apuesta, la pelea con Tom Gibbons en Shelby, Montana, había sido un resonante fracaso. Este combate se llevó a cabo el 4 de julio de 1923; en lugar de ser rememorado como un día festivo, quedó establecido como el día más negro de la historia de Montana.

Shelby, a partir del descubrimiento de petróleo en la zona, pasó a ser una próspera ciudad; explotó demográficamente (tenía ya una cantidad aproximada de diez mil habitantes, veinte veces más que un par de años antes), se pobló de bancos y negocios pujantes. Doc Kearns, el célebre y rapaz manager de Dempsey, exigió a los organizadores una garantía de 300.000 dólares, más el cincuenta por ciento de la taquilla. El rival elegido, Tommy Gibbons era un boxeador inteligente y de gran estilo, pero su categoría era la de los Medianos. La diferencia de peso y de experiencia existente entre los dos deportistas hizo perder toda expectativa en la pelea. La gran arena construida por la ocasión tuvo más de la mitad de sus butacas vacías la tarde del combate. El fracaso fue estrepitoso. Shelby nunca más pudo recuperarse del sacudón financiero. Varios bancos, empresarios y hasta productores rurales vieron desaparecer todos sus ahorros, durante ese match aburrido que se definió, tras quince tediosos rounds, por puntos a favor del campeón del mundo. Todo el, hasta entonces pujante, pueblo fue un solo y gran quebranto económico.

Kearns vislumbró que si no actuaba con celeridad la imagen de Dempsey padecería un deterioro indefectible. El camino a seguir era obvio y los condimentos irrefutables debían ser tres: Nueva York (donde hacía más de 25 años que no se llevaba a cabo una pelea por el título), Rickard y un rival peligroso y convocante. Tex Rickard aceptó gustoso el regreso de Dempsey y Kearns a sus filas. La gran dificultad era la elección del rival; descartados Brennan y Willard tras los KO’s sufridos ante Firpo, sólo dos eran los que se mantenían como posibles contendientes. Harry Wills, denominado “ El Campeón de la raza negra”, jamás tendría la chance mundialista que su capacidad deportiva ameritaba y los prejuicios raciales de la época impidieron. El boxeador argentino por el momento no estaba disponible imbuido en sus fructíferas giras promocionales; además, otro gran inconveniente que presentaba — en los cálculos previos- era su temible pegada. En el círculo íntimo de Dempsey, los más entusiastas aseguraban que ese gigante lento nunca alcanzaría al Gran Campeón; los más cautos, se preguntaban que ocurriría si eso llegaba a acontecer. Dempsey en su último encuentro frente a Gibbons se había mostrado fuera de distancia, sin respuestas tácticas y físicas. El periodismo deportivo sostenía que el campeón ya no sería jamás el mismo de antes tras los casi dos años de inactividad desde su última defensa frente al francés George Carpentier. Ingentes cantidades de dinero, hermosas actrices en su cama, tapas de diarios y muchísima fama — aseguraban sus críticos- habían mermado para siempre las extraordinarias dotes naturales de Jack Dempsey. En medio de estas ásperas negociaciones, una oferta recibida desde Buenos Aires conmocionó el ambiente: ofrecían quinientos mil dólares a Dempsey para que pusiera en juego su corona ante Firpo en el estadio de Sportivo Barracas. “Eso significa que estos personajes latinos tienen suficiente dinero como para enviar un telegrama”, concluyó Kearns y desechó el ofrecimiento.

Tras largos cabildeos y complejas tratativas, Kearns y Rickard, con una pequeña ayuda de sus amigos (mafiosos) hicieron posible la pelea.

CUANDO ÉRAMOS REYES[ix]

“Un brillante combate de boxeo, vertiginoso en sus movimientos, en el que las cosas suceden a una velocidad mucho mayor de la que la mente es capaz de absorber, puede tener la fuerza que Emily Dickinson atribuía a la gran poesía: “ sabes que es grande cuando te vuela la cabeza” Joyce Carol Oates

UNO, el campeón del mundo, estaba por zarpar hacia Europa a cosechar los merecidos honores por su gran victoria ante George Carpentier. El otro, un ignoto sudamericano con apenas una pelea en USA, fue con decisión al encuentro de Dempsey. Comenzó expresándole su admiración y concluyó por advertirle que alguna vez, no en mucho tiempo, tendría que poner en juego su corona frente a él. Tras la traducción de rigor, el séquito de Dempsey estalló en sonoras carcajadas. Corría abril de 1921. Fue la primera vez que se vieron cara a cara.

DOS años después, con el mítico Polo Grounds con su capacidad rebalsada, Luis Angel Firpo ataviado con su legendaria bata de cuadros enormes se disponía a enfrentar al Campeón del Mundo. El rincón del argentino estaba al mando de Horacio Lavalle, un compatriota amigo íntimo del boxeador, que lo que en realidad hacía era transmitir las minuciosas indicaciones enviadas por Félix Bunge desde Buenos Aires. Bunge, quien no acudió al combate por no poder desatender sus campos y múltiples negocios, elaboró voluminosas carpetas — ilustradas con cientos de fotos sacadas en el jardín de su casona con dos boxeadores aficionados como modelos- con el fin de detallarle a Firpo cual debía ser su plan de pelea: se trata, sin el menor lugar a dudas, de la más bizarra dirección técnica de la historia del deporte universal.

Fueron muchas las versiones que corrieron sobre los motivos por los cuales el Toro Salvaje de Las Pampas desplazó de su puesto de entrenador a Jimmy de Forrest. El anciano Jimmy de Forrest había sido quien entrenó a Dempsey en su tránsito al estrellato y quien comandara los primeros pasos de Firpo en Estados Unidos. Las razones esgrimidas para explicar este cambio de un entrenador con vasta experiencia y reconocidos logros por un estanciero que aconsejaba vía postal se centraron sobre la nacionalidad norteamericana de De Forrest y su cercano pasado ligado a Dempsey; teniendo presente la austeridad ( y tacañería) de nuestro púgil tampoco habría que desdeñar como principal fundamento del alejamiento, el reclamo por parte del coach de un porcentaje de la bolsa.

TRES minutos de furia, salvajes. Tres minutos como nunca más se vieron. Tres minutos épicos. Los tres minutos más memorables de la historia del boxeo moderno. Se suele decir que el primer round es el de “ estudio” donde los protagonistas, por lo general, no asumen riesgos, analizan los movimientos del rival con precauciones. Nada de eso realizaron Firpo y Dempsey. Apenas escucharon el gong inicial, los dos boxeadores, salieron a batirse sin contemplaciones; no dejaron el menor resquicio para la especulación. Cambiaron golpe por golpe con ferocidad. Los 85.000 espectadores no daban crédito a lo que observaban. Aquel que se inclinó, en busca de reparo del viento, para encender un cigarrillo con el que acompañar el match principal, seguramente habrá dejado de ver alguna caída. El combate exigía una atención constante, no se podía ni por un segundo quitar los ojos del cuadrilátero. Tanto fue así, que apenas transcurridos los primeros treinta segundos ambos boxeadores ya habían rodado por la lona. El primero en caer fue el norteamericano, luego que Firpo asestara uno de sus terribles mandobles sobre su sien izquierda. A partir de ese momento Dempsey, enceguecido por su orgullo y con sus admirables piernas de aliadas, hostigó sin cesar al argentino. Se transformó en un huracán y puso en la lona a Firpo en siete oportunidades; algunas de ellas pasando por encima del reglamento y en una en particular — literalmente- por encima de su rival.

CUATRO veces le gané; él a mí, una sola” declaró Firpo ante su biógrafo Horacio Estol. Algo de razón tenía: Dempsey en el transcurso de ese primer round cometió cuatro infracciones ostensibles, algunas de las cuales — no todas- debieron haber traído aparejada su descalificación, de no contar con la parsimonia de un árbitro venal. El primer knock-down de Firpo se produjo por un golpe recibido mientras el árbitro, luego de haber separado a los dos boxeadores de un clinch, le estaba hablando. En ninguna de las siete veces en que cayó nuestro peleador, el campeón del mundo respetó aquella regla que ellos mismos habían aceptado en los vestuarios: jamás se dirigió hacia el rincón neutral a esperar que Firpo recibiera la cuenta de protección; se quedó parado al lado de su oponente caído para seguir con el castigo apenas se levantaba y en una de ellas le pegó cuando aún no se había incorporado de la lona. Tras esa pelea, esta regla fue incorporada al reglamento del boxeo. La tercera infracción, la más conocida, la más comentada, la más lamentada por los argentinos, fue la asistencia que recibió Dempsey para regresar al ring, subvirtiendo la regla cuarta impuesta por el Marqués de Queensberry cuando estableció las normas modernas de este deporte, y todo ello durante el tan mentado lapso de los 17 segundos. Por último, cuando sonó la campana que puso fin a ese frenético primer round, mientras Firpo se dirigía maltrecho a su rincón, Dempsey le asestó dos furibundos derechazos en su nuca.

CINCO veces se lo repitió Dempsey a los periodistas argentinos que concurrieron, en 1954, al asado que en su honor organizó Luis Angel Firpo en una de sus estancias de Rosario. Insistía en que luego de recibir el primer golpe, aquel que lo tirara a los diez segundos del combate, quedó groggy, obnubilado y comenzó a ver doble. Esa quinta vez, el gigante argentino, que hasta el momento había asistido a la improvisada conferencia de prensa en silencio con una leve sonrisa dibujada en sus labios, reaccionó con vehemencia. Algunos de los hombres de prensa que sabían del carácter hosco de Firpo se alarmaron. “ No le crean, eztá diziendo macanaz. Zi veía a doz Firpoz, ¿me quiere dezir como hizo ziempre para azertarme a mí, al verdadero?” bromeó, ceceoso como era y retomó su silencio y su sonrisa, ante la carcajada general.

SEIS golpes consecutivos, desmañados y efectivos, potentes y poco ortodoxos, telegrafiados y feroces que arrinconaron al campeón del mundo. En el momento en que todos suponían que la suerte estaba echada, el combate tuvo un vuelco dramático. ¿ Cómo era posible que ese argentino que desde que la pelea había empezado pasó más tiempo en la lona que de pie, tuviera fuerzas aún para lanzar golpes? Dempsey intentaba superar el acoso pero cada mazazo de Firpo lo acorralaba más contra las cuerdas. Hasta que, de forma súbita, salió en vuelo raso por entre las sogas para aterrizar en la segunda fila del ring-side. El periodista Jack Lawrence no entendía por qué esa noche, en el Polo Grounds, llovían desde el cielo campeones del mundo, mientras decidía qué levantar primero: al “Asesino de Manassa” o a su querida máquina de escribir que el campeón había destrozado tras su vuelo, al caer sobre ella y su dueño. Luego diez, veinte, treinta manos devolvieron a Jack Dempsey al ring donde lo esperaba un Firpo ansioso y jadeante y un árbitro inmóvil y asustado.

SIETE segundos más que los necesarios. Diecisiete segundos en total pasaron desde que el campeón de la máxima categoría hiciera su mutis y la — poco digna para su investidura- entrada al ring gateando. El árbitro de la pelea, Johnny Gallagher, no empezó a contar desde que Dempsey saliera despedido por entre las cuerdas; sólo lo hizo cuando este volvió a tocar el ring. De haber comenzado la cuenta cuando correspondía, Firpo hubiera sido proclamado vencedor. Pero el referee norteamericano permaneció inerte e ignoró la cuenta iniciada por el time keeper, superado por el asombro y las recomendaciones-órdenes recibidas antes del combate.

OCHO años después de haber estado en boca de todos, el árbitro Johnny Gallagher se suicidó en la habitación de un hotelucho de Brooklyn. En los días posteriores a la pelea la prensa de Nueva York lo fustigó con dureza por su actuación; como corolario de esta situación la Comisión de Box le retiró la licencia y nunca más volvería a dirigir. Fue desde entonces que comenzó a vagar por los gimnasios de la ciudad hundido en el alcohol y la depresión, que lo llevaron, en 1931, a pegarse un tiro. En nuestro país, Gallagher inauguró una peculiar galería de personajes odiados y demonizados, a la cual — con el transcurso de los años, los fallos dudosos y nuestras frustaciones deportivas- fueron ingresando, entre otros, Kreitlen[x], Codesal[xi], Collina[xii] y ( muy recientemente) el griego Pitsilkas[xiii].

NUEVE caídas en poco más de un round y medio soportó Firpo; sin embargo, le bastó con esa tormenta de empellones y golpes inarticulados surgida de su coraje indómito y sus puños de acero para lograr el ingreso a la Historia. Julio Cortázar en “ El noble arte” escribió: “ Sí, Firpo tuvo su hora inmortal de tres minutos y además reglamentariamente ganó la pelea, pero con esa manía que tiene la verdad de suplantar a la ilusión, en los otros tres minutos Dempsey demostró hasta que punto era capaz de resistir el doble efecto de un uppercut seguido de un viaje de ida y vuelta al ring side, y empezó a demoler la pared de ladrillos hasta no dejar más que un montoncito en el suelo con quince millones de argentinos retorciéndose en diversas posturas y pidiendo entre otras cosas la ruptura de relaciones, la declaración de guerra y el incendio de la embajada de los Estados Unidos. Fue nuestra noche triste”

Con idénticos niveles de coraje, entrega y deterioro, al comenzar el segundo round, Dempsey puso las cosas en su lugar. Impuso su mayor calidad; derribó a Firpo en dos nuevas oportunidades. En la segunda, ocasionada por un veloz cross de derecha, por fin el árbitro pudo completar la cuenta, tantas veces iniciada en los últimos cinco minutos, y mientras hacía flamear su brazo derecho, gritó con alivio…¡OUT!

A fines de la década del 50, cuando una de las recurrentes crisis argentinas inquietaba a las principales personalidades yanquis, Richard Nixon ( por entonces vice-presidente de Estados Unidos) en medio de uno de sus frecuentes ataques de ira, farfulló: “ Allá abajo, todavía creen que Firpo ganó”. Mientras, esperaban que se encendiera, por fin, la luz verde -que indicaría la victoria del argentino- del faro del flamante Pasaje Barolo, mientras aguardaban el sonido triunfal de la sirena del diario “ La Prensa” o mientras recibían las noticias en el patio de una casona que algún familiar o vecino solícito lograba arrancarle a la única radio galena del barrio, muchos argentinos lo creyeron, al menos, esa noche del 14 de setiembre del 23. Deben haberlo creído, también, las diez mil personas que se estacionaron frente al edificio Pullitzer en Nueva York para escuchar la pelea por los altoparlantes del diario “ The World”. Las cambiantes alternativas del combate confundieron a varios. Nunca antes un suceso de cualquier índole ( mucho menos uno deportivo) había conseguido generar semejante expectativa.

Lo curioso es que este evento que impidió dormir a funcionarios y pobladores, que paralizó a la ciudad, estaba prohibido en nuestro territorio. Recién el 28 de diciembre del 23 y bajo la égida de la gesta Firpiana se promulgó la Ordenanza Municipal habilitando los espectáculos de box en Buenos Aires. Firpo fue un entusiasta propulsor de la abolición de la prohibición. En un viaje previo al combate con Dempsey, entregó el reglamento de la Comisión de Box de Nueva York a los ediles porteños en un solemne y promocionado acto para que lo adoptaran como modelo. Su interés no era meramente altruista. Necesitaba incorporar a Buenos Aires como plaza boxística. Una pelea contra cualquier contrincante, aún uno de escasa valía, se traduciría en ingresos económicos fabulosos para sus ávidos bolsillos.

Fue canonizado como Padre del Boxeo Argentino no solo por su decisiva influencia en la legalización de esta práctica deportiva: a partir de su irrupción el boxeo se popularizó de manera notable. Tras Luis Angel Firpo surgieron las masas y desapareció la oligarquía. El boxeo se mudó de los exclusivos clubes privados o de los jardines posteriores de los palacetes de Belgrano, hacia los grandes estadios, los clubes de barrio, las tapas de los diarios, la fascinación de los jóvenes y los estaños del café de la esquina.

Esa posta es la que Justo Suárez, El Torito de Mataderos, tomaría en años siguientes, aunque con otros matices. Firpo era idolatrado, pero con un halo legendario en derredor. Su fama, sus logros y sus hazañas los había obtenido en tierras lejanas, casi míticas teniendo en cuenta el estado de las comunicaciones por esos días; a eso se debe añadir su aspecto y sus apariciones públicas; un físico portentoso, de coloso, casi irreal y una personalidad misteriosa, llena de silencios, adusta y poco propensa a exteriorizaciones festivas. El público veía en él a una figura lejana con la que se vinculaba a través de la admiración y el asombro por sus proezas. Suárez, por el contrario dio entrada a otro tipo de fenómeno: el ídolo sonriente, cercano, accesible, hecho a imagen y semejanza de ellos mismos.

A TODO O NADA[xiv]

Luego de su enfrentamiento con Dempsey regresó a su país natal, pero sus compatriotas, ansiosos por ver al nuevo ídolo, tendrían que esperar. Pagar un boleto de primera clase en el mejor barco que partiera hacia Buenos Aires era un gasto que sus bolsillos podían afrontar sin inconvenientes; sin embargo, fiel a su lema “ ¿Para qué gastar cuando se puede recaudar? ”, el regreso fue emprendido a través de la costa del Pacífico, con una primera parada en Canadá por la que cobró diez mil dólares. No había peleado hasta el momento por esos lugares y su estadía por unos pocos días en cada puerto, exhibición de por medio, alargó varias semanas su retorno y engrosó su cuenta bancaria.

Su entrada a Buenos Aires, el 18 de noviembre de 1923, fue clamorosa y triunfal. Los miles de porteños que lo aguardaban en la estación de trenes ( Perú y Bolivia habían sido las últimas escalas del viaje) cargaron con él en andas por varias cuadras.

Firpo supo que no había tiempo por perder; debía cosechar los frutos de su extraordinaria popularidad. Y no sólo a través de sus dotes deportivas. En nuestro país fundó su empresa Firposports, pionera en el mundo en usufructuar la imagen de una atleta y lanzar merchandising ( revistas, indumentaria, etc).

Si bien su campaña en USA había resultado un suceso fenomenal, tanto desde el punto boxístico como del económico, encontró un inconveniente que no había previsto y que lo tenía muy preocupado: cuando intentó retirar sus ahorros del banco y traerlos a la Argentina, descubrió que gran parte de ellos se esfumarían merced a las rígidas normas impositivas norteamericanas. La situación difería en caso de realizar inversiones en tierras yanquis o con sus empresas, por lo tanto luego de adquirir algunos inmuebles, optó por “trabajar” sus dólares. La Bolsa era demasiado riesgosa como para poner todo su capital en acciones y demasiado tentadora con sus posibilidades de obtener fuertes ganancias en poco tiempo y sin esfuerzo, como para desdeñarla; fue así que parte de su dinero lo apostó en negocios bursátiles ( con los que, como de costumbre, le fue muy bien). El resto, la mayor porción, decidió colocarla en el desarrollo de alguna industria. Como es obvio, antes de hacerlo estudiaría en profundidad los mercados, tanto el de Estados Unidos como el argentino, y sus necesidades.

Mientras elaboraba todo esto en su cabeza, se aprestaba a celebrar en Buenos Aires la legalización del boxeo, a la que tanto contribuyó, con una pelea frente a Farmer Lodge en la vieja cancha de River.

La tarde del 24 de febrero de 1924 la ciudad se vistió de fiesta. Las casi cien mil personas — cifra récord hasta ese momento para un espectáculo deportivo en el país- se acomodaban en sus lugares, al tiempo que se sucedían los combates preliminares protagonizados, entre otros, por el exquisito Luis Rayo y por esa rara mezcla de personaje, aristócrata, boxeador y poeta rante que fue Alcides Gandolfi Herrero. Lodge, un rival sin brillo, sucumbió ante los golpes del local en el quinto round. Firpo, en los siguientes dos meses, realizó otras dos pelea, siempre a estadio lleno, frente a Erminio Spalla ( KO 14) y Al Reich (KO1, en Sportivo Barracas). Aquellas opiniones que habían sido unánimemente favorables, al observarlo pelear en nuestra tierra y con mayor asiduidad, comenzaron a filtrar algunas críticas hacia el nuevo ídolo. La mayoría de ellos se centraban en su lentitud de desplazamiento y en su escasa y anticuada técnica; otras voces se inmiscuían en otros ámbitos: le reprochaban su hosquedad, su poca simpatía y hasta su marcada tendencia a la avaricia. Molesto por esta situación, inédita para él, Luis Ángel anunció su retiro a través de los medios gráficos.

Tex Rickard, desde Nueva York, con un escueto telegrama hizo que cambiara de opinión con celeridad; doscientos mil dólares fueron un motivo más que válido para preparar las valijas y embarcarse en el primer buque que partiera hacia el Norte. A esa suma, que fue la ofrecida por el promotor para enfrentar al “ campeón de la raza negra” Harry Wills, había que agregarle la promesa de negociar la revancha con Jack Dempsey. Pese a que Firpo tenía la plena convicción de estar ante su última oportunidad de entreverarse con los grandes, el boxeo no era su única preocupación. Un religioso norteamericano, el reverendo William Sheafe Chase, lo acusó ante los estrados judiciales por conducta inmoral y perjurio en su declaración ante migraciones. Los medios sensacionalistas prestaron especial interés al asunto; un conocido deportista envuelto en un escándalo sexual garantizaba la venta extra de varias decenas de miles de ejemplares. Chase persiguió a Firpo incansablemente, imputándole la comisión de conductas delictivas por tener una — según él- confusa, impropia e inmoral relación con la señorita Bianca Lourdes Picart, quien sería pareja del boxeador durante muchísimos años, pero como no estaban legalmente casados, había ingresado a USA bajo el título de “ secretaria” de Luis Angel. Firpo, reservado y pudoroso, se encontraba agobiado por las acusaciones y la atención desmedida que recibían. Un cronista que se acercó a realizarle un reportaje acerca de esta cuestión recibió, matizada por la habitual parquedad de sus declaraciones, como única respuesta “ Oiga, a mí no me importa con quien duerme usted; a ustedez no debería importarle con quien duermo yo. No joda máz…que ze va a ligar un cazcarazo”. Su otro obvio motivo de atribulación eran las abultadas cuentas mensuales que le facturaban los abogados norteamericanos, recomendados por Rickard, que lo defendían en este pleito.

Este tercer viaje a USA fue, al mismo tiempo, un fracaso ( deportivo) y un colosal suceso (económico). El tosco y primitivo hombre de ring se transformó en un sigiloso y sutil hombre de negocios.

El enfrentamiento con el talentoso Harry Wills concluyó sin decisión luego de doce rounds, en cuyo desarrollo fue superado con holgura por el boxeador de color. Luego, realizaría otra pelea frente a Jack Weinert ( su último match en USA), a quien tampoco pudo vencer. El periodismo especializado, que lo vio perder en los dos combates, concordaba en describir a Firpo como “ …próspero económicamente y fuera de forma”. Tras estos magros resultados deportivos y la sensación generalizada de que la mejor época del Toro Salvaje había pasado, las posibilidades de conseguir una revancha con Dempsey se evaporaron de forma definitiva.

Siempre tuvo muy en claro lo transitorio de su profesión, que la vida útil de un boxeador era corta y que alargarla por demás, iría en desmedro de su salud y su prestigio; así es que, entre pelea y pelea, se dedicaba a visitar fábricas con el fin de decidir cual sería el negocio que iba a emprender.

Antes de partir de Buenos Aires ya había acotado el posible marco de las inversiones futuras: se dedicaría a la fabricación automotriz o a la industria alimenticia. Cierto día, visitando la fábrica de automóviles Stutz quedó deslumbrado con esos coches modernos, livianos con una línea de diseño innovadora para la época. Tuvo el presentimiento que con una agresiva e imaginativa promoción, impondría sin mayores inconvenientes este producto en la Argentina. Rápidamente obtuvo la licencia para fabricar y comercializar esta marca en Sudamérica. Una operación de este tipo, en nuestros días, haría imprescindible la intervención de un ejército de abogados, contadores, ingenieros y otros expertos. Firpo que siempre aborreció de los intermediarios de cualquier tipo encaró las negociaciones con la única compañía de su instinto, su paciencia y su extraordinario olfato para los negocios. El cierre de las tratativas para el otorgamiento de la licencia de fabricación y venta de los Stutz en la Argentina se coronó con el regalo hecho por la empresa a Luis Ángel de su último modelo, al cual como gentileza especial, le pintaron en una de sus puertas un búfalo, a pesar que la intención de los fabricantes fue la de mandar dibujar un toro en homenaje al boxeador y nuevo socio.

En pocos meses, el mercado automotriz argentino era casi monopolizado por nuestro personaje. Porque a los Stutz, le sumó la concesión de la importación para nuestro país de otras dos marcas de primera línea. Ningún aspecto del negocio era menospreciado; todos los detalles tenían que estar cubiertos, nada era dejado al azar. Instaló líneas de producción, construyó talleres, salones de ventas y exhibiciones, organizó eventos especiales, cedió autos para que participaran en carreras ( se ocupaba de la preparación en forma personal), bocetó planes publicitarios inéditos y hasta vendía -él mismo- el producto. Sus locales de venta, poseían un salón especial que servía para ofrecer un lunch a cada flamante comprador de un auto, en el cual ante la presencia de sus familiares y amigos, el legendario peso pesado le hacía entrega de las llaves. Suponía, no sin razón, que no había mejor método publicitario que el auto rodando por las calles, por lo tanto a los proyectistas, arquitectos, constructores, agencias de publicidad y a todo otro acreedor suyo le pagaba con un coche, aunque perdiera de esa forma algunos pesos. Con este negocio ganó fortunas descomunales y se ubicó durante varios años entre los comerciantes y empresarios argentinos de mayor facturación.

Con los años sus inversiones se fueron diversificando. Tuvo criadero de aves, se convirtió en un prolífico productor agropecuario, invirtió en grandes extensiones de campo, fue productor cinematográfico y, por supuesto, siempre se mantuvo atento a los movimientos bursátiles. Ring Lardner al esbozar una semblanza del Toro Salvaje, lo define: “ Firpo, parsimonioso en una escala heroica, fue el genio solitario financiero más espectacular y excepcional que el boxeo haya conocido alguna vez”. Un auténtico self-made man.

A fines de la década del treinta, se vio obligado a bajar su perfil comercial como consecuencia de un escándalo judicial (del que luego fuera sobreseído) que lo llevó otra vez a la tapa de los diarios. Un enorme campo comprado en una nada clara subasta judicial puso ante la justicia a notables de la época como Fortabat, Firpo y Horacio Lavalle, entre otros. Retirado ya de la industria automotriz, terminó sus días convertido en un próspero estanciero.

SU ÚLTIMA PELEA[xv]: REQUIEM PARA UN LUCHADOR[xvi]

La aparición de Justo Suárez, la inauguración del Luna Park en su actual locación, las medallas olímpicas y la irrupción de nuevos talentos en los años 30, convirtieron al boxeo en un fenómeno de masas. Corría 1936, cuando Firpo tentado por esta nueva situación, intentó reverdecer viejos laureles, con un retorno, a la postre fugaz, a los cuadriláteros. Los diez años de inactividad — su última pelea había sido en 1926- pudo disimularlos ante los oscuros Saverio Grizzo y Siska Habarta, pero la juventud del promisorio chileno Arturo Godoy fue demasiado para el argentino. Según cuenta la leyenda, Godoy — quien animaría durante la siguiente década, junto al negro Lovell, la máxima categoría del boxeo en Sudamérica-, al ver caído y desvencijado a su ídolo de juventud, lloró desconsolado en su rincón la victoria.

Algunos años después, se hizo cargo de la conducción de Abel Cestac, un peso pesado con una muy buena actuación amateur y un discreto desempeño en el campo profesional. También fue un referente ineludible a la hora de buscar consejo u opinión sobre la carrera de cualquier boxeador con futuro, hasta el momento de su muerte, el 7 de agosto de 1960.

Su rostro macizo, rústico, con rasgos toscos no sufría las deformaciones típicas de los profesionales del boxeo como las orejas arrepolladas o la nariz deformada. Solía esgrimir este argumento con orgullo cuando refutaba a las voces que le endilgaban falta de habilidad boxística. Para Luis Angel una cara sin grandes rastros de magulladuras era suficiente prueba de la inteligencia y capacidad que demostraba sobre el cuadrilátero, sobre todo si se era peso pesado y si se había enfrentado a varios campeones del mundo.

De carácter reservado, de poco hablar, dejaba que le hicieran diversas propuestas, aún las más disparatadas, con paciencia zen escuchaba en silencio y respondía con unos parcos sí o no, según le pareciera el asunto en cuestión . Muchos atribuyeron su falta de locuacidad no sólo a su personalidad introvertida sino también a un ceceo evidente, que contrastaba con el físico imponente y el halo mítico que lo rodeaba.

“ Firpo es un amarrete”, opinaba mucha gente, aún aquellos que no lo conocían. Si bien es cierto que no era desprendido y que cuidaba cada peso con la misma ferocidad que atacaba rivales en el ring, fueron varias las ocasiones en que ayudó económicamente a quien lo necesitara. Cuando Dempsey, que atravesaba algunos problemas financieros, visitó el país en 1954, luego de celebrar un asado gigantesco en su honor, el argentino le entregó un sobre que, le advirtió, no debería abrir hasta llegar a Nueva York. En él había veinte mil dólares y una pequeña esquela: “ Una pequeña muestra de amistad, de un viejo amigo a otro”.

Más preciso que tildarlo de tacaño, sería definirlo como austero, ascético. Alguna vez, en un diario norteamericano se sorprendieron al comprobar que “ … Firpo, después de haber ganado más de medio millón de dólares, aún vista con el mismo traje y el mismo sombrero que el año pasado”. Casi no se le conocieron actos de ostentación ni grandes lujos que sus jugosos ingresos podrían haber afrontado; tan solo una corta temporada, a fines de 1924, en la Costa Azul y París, donde en el cabaret “El Garrón” tenía todas las noches una mesa reservada. Fue allí, cuando una noche varios habitués del lugar tuvieron que frenarlo para que no se trenzara a las trompadas con el campeón francés, George Carpentier, por un gesto que Firpo interpretó como una descortesía hacia una dama que lo acompañaba en su mesa.

La carrera boxística de Firpo fue breve, pero no efímera; su impronta quedó grabada a fuego en la historia del deporte nacional. Mostró un camino a transitar. Logró que los argentinos siguieran los eventos deportivos internacionales como parte interesada. Por más de treinta años fue el punto culminante del palmarés deportivo argentino, junto a los medallistas olímpicos. Recién en 1954, Pascual Pérez conseguiría la primera corona mundial para nuestro país.

Su talento dentro del ring puede cuestionarse; tal vez, sea esto lo que agiganta -aún más- su figura. Bravura, obstinación, un corazón de hierro, un sentido sobrenatural para aprovechar las oportunidades que se le presentaban, claridad en los objetivos y, por qué no, la necesaria cuota de fortuna, fueron sus mejores armas. El público de la época que abarrotaba las tribunas de todos los estadios en los que se presentó, así lo entendía (dando inicio a un extraño fenómeno del boxeo nacional, en el que los boxeadores más taquilleros a nivel local, no llegaron nunca a ser campeones del mundo –Firpo, Suárez, Gatica, Bonavena, Saldaño- con la excepción, claro está, de Nicolino Locche)

Jack Johnson, Bob Fitzsimmons, Jess Willard, Joe Louis y hasta Mike Tyson fueron campeones mundiales de la máxima categoría, realizaron decenas de combates relevantes y ganaron fortunas con cada uno. Pero, con posterioridad, todos ellos sufrieron terribles penurias económicas; algunos murieron en la indigencia, sin un centavo. Firpo construyó un imperio económico a partir de tres o cuatro peleas de importancia. Gene Tunney, campeón del mundo y vencedor de Dempsey en dos ocasiones, narró con asombro un diálogo sostenido con el Toro Salvaje a mediados de los años cincuenta: “ A juzgar por su popularidad actual, los sudamericanos han olvidado, o tal vez nunca creyeron, que él fue derrotado por Dempsey…como algunas naciones en las guerras modernas, a veces los vencidos han prosperado más que los vencedores. Comparen las fortunas actuales del derrotado Firpo con la del triunfante Jore Louis. Le pregunté a Firpo acerca de esto la última vez que lo vi. “Luis, dicen que tenés diez millones de dólares” “ Oh, no, Gene, oh, no, no”. Hizo una pausa, frunció el entrecejo, luego continuó en su titubeante inglés “ Diez, no. No. Tal vez, sólo cinco”.

Se sabe como es. Estados Unidos, en la mayoría de los casos, es quien otorga y sentencia sobre los cetros en los tiempos modernos. El 14 de septiembre de 1923 Luis Angel Firpo, el que jamás tuvo manager, El Toro Salvaje de Las Pampas, no pudo, no lo dejaron conquistar el título mundial de los pesos pesados. A mediados de la década del treinta obtuvo la otra corona, la que retendría hasta el momento de su muerte, la de “ El Boxeador Retirado de Mayor Fortuna del Mundo”.

[i] Film. Más dura será la caída ( The harder they fall) 1956. Director: Mark Robson. Protagonistas Humphrey Bogart, Rod Steiger, Jan Sterling, Mike Lane, Max Baer. Ültima película protagonizada por Bogart donde encarna a un periodista deportivo que recorre el sórdido submundo del boxeo. El protagonista se llama Toro Moreno y algunos de sus características están tomadas de las vidas de Firpo y Primo Carnera.

[ii] Film. El Luchador ( The set up) 1949. Director: Robert Wise. Protagonistas: Robert Ryan, Audrey Totter, George Tobias, Alan Baxter. Excelente film que narra en tiempo real la última pelea de un oscuro boxeador que no acepta ir a menos y es castigado por ello.

[iii] Film. El Boxeador ( Battling Butler) 1926. Director: Buster Keaton. Protagonistas: Buster Keaton, Sally O’Neal, Snitz Edwards, Francis Mc Donald. Buster Keaton se hace pasar por un famoso boxeador para conquistar el corazón de una dama.

[iv] Film. Nace un campeón. 1952. Director: Roberto Ratti. Protagonistas: Luis Ángel Firpo, Ricardo Castro Ríos, Gloria Ramírez, Mauro Cía, Kid Cachetada, Raúl del Valle. Película protagonizada y producida por Firpo en la que se ficcionaliza la trayectoria del Toro Salvaje, que aquí hace de promotor. Sobre argumento de Bernardo Verbitsky.

[v] Film. ¡Segundos afuera!. 1937. Director: Chas de Cruz y Alberte Etchebehere. Protagonistas: Pedro Quartucci, Amanda Varela, Pablo Palitos, Lalo Malcolm, Raúl Landini, Luis Elías Sojit, Eva Duarte, Delia Garcés. Comedia en la que un oficinista debe suplantar a su hermano mellizo boxeador. Con el papel protagónico en manos del medallista olímpico Pedro Quartucci. Actuación de Eva Duarte que en los títulos aparece como Eva Durante.

[vi] Film. El Triunfador ( Champion). 1949. Director: Mark Robson. Protagonistas: Kirk Douglas, Marilyn Maxwell, Arthur Kennedy, Paul Stewart. Deslumbrante actuación de Kirk Douglas como un boxeador exitoso y de una sórdida vida. Montaje ganador del Oscar de la Academia.

[vii] Film. Toro Salvaje (Raging Bull) 1980. Director: Martin Scorsese. Protagonistas: Robert De Niro, Cathy Moriarty, Joe Pesci, Frank Vincent. Biografía del boxeador Jake La Motta. Excepcionalmente filmada por Scorsese e interpretada por De Niro que ganó el Oscar a la mejor actuación. Uno de las mejores películas de los ochenta y la mejor rodada alguna vez sobre el boxeo.

[viii] Film. El Campeón (The Champ) 1931. Director: King Vidor. Protagonista: Wallace Beery, Jackie Cooper, Roscoe Ates, Irene Rich, Jesse Scott, Frank Hagney. Narra la relación entre un boxeador, acosado por la afición al juego y la bebida, y su pequeño hijo de diez años. Se realizó una exitosa y sosa remake en los años ochenta.

[ix] Documental. Cuando éramos reyes ( When we were kings) 1996. Excepcional documental sobre la batalla que entablaron Ali y George Foreman en el Zaire a mediados de los años setenta. Ganador del Oscar en su categoría.

[x] Árbitro alemán que dirigió Argentina- Inglaterra en el Mundial 66, expulsando a Ubaldo Rattin, capitán del equipo argentino.

[xi] Árbitro mexicano que dirigió la final del Mundial 90 entre Argentina y Alemania. Otorgó un penal muy discutido a cuatro minutos del final del encuentro, con el que Alemania salió campeón.

[xii] Árbitro italiano que dirigió el partido por la medalla dorada en fútbol en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96.

[xiii] Árbitro griego que dirigió la final del último Mundial de Basquet. Ignoró una clara falta sobre Sconocchini que le hubiera dado a la Argentina su segundo título mundial en ese deporte.

[xiv] Film. A todo o nada ( Winner take all) 1932. Director: Roy del Ruth. Protagonistas: James Cagney, Marian Nixon, Guy Kibee, Virginia Bruce, John Roche. Un boxeador se somete a una operación de cirugía estética despues de haberse roto la nariz. Luego, temeroso de que le destrocen su nueva cara, desarrolla un particular estilo defensivo.

[xv] Film. Su última pelea. 1949. Director: Jerry Gómez. Protagonistas: Armando Bó, Laura Hidalgo, Santiago Arrieta, José Marrone, Eduardo Lausse, Mauro Cía, José María Gatica, Alfredo Porcio, Angel Vargas. Basada libremente en la vida de Justo Suárez, con guión de Borocotó, esta película trató de aprovechar el éxito que pocos años antes había tenido Pelota de Trapo.

[xvi] Film. Requiem para un luchador ( Requiem for a Heavyweight). 1962. Director: Ralph Nelson. Protagonistas: Anthonny Quinn, Jackie Gleason, Mickey Rooney, Julie Harris, Muhammad Ali. Buena película sobre un veterano peso pesado, con un gran elenco y el debut en cine de Ali, por entonces Cassius Clay.

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