PAPÁ SALIÓ CAMPEÓN

Voy a la cancha desde que tengo tres años. No recuerdo cuál fue mi primer partido. Para mí ir a ver a Racing es algo que sucedió siempre, que no tiene un comienzo determinado. Un hábito que lleva 44 años.

Para ser preciso: cuando era chico no iba a la cancha, me llevaba mi papá. Como hoy yo llevo a mi hijo. Íbamos los tres cada domingo: mi papá, mi hermano y yo (y a veces la hacíamos ir a mi mamá que nunca vio un gol porque cerraba los ojos y rezaba cada vez que la pelota se acercaba a las áreas: quería tener una semana tranquila). Lo de “cada domingo” no es una forma de decir. Se jugaba siempre ese día a la tarde. Cada tanto se intercalaba un miércoles nocturno -no hay mejor programa en el mundo que el fútbol de noche. Y nosotros no faltábamos nunca.

Me tocó vivir malas épocas de Racing. Derrotas, descenso, peligro de extinción. Pero nosotros seguíamos yendo. Este presente, en el que la victoria se hizo habitual y en el que el orden y la normalidad son una regla, muestra que eso contra lo que luchábamos unos pocos merecía ser combatido. El regodeo en el sufrimiento, la épica del aguante, la victimización permanente. Todo eso debía ser erradicado. El regreso de Milito y la presidencia de Víctor Blanco lograron el cambio de mentalidad (reconozcamos un dato empírico: todo este renacimiento sucedió apenas se produjo la muerte de Julio Grondona). Lisandro López, con su obstinación, consolidó la tarea. Cocca y Coudet condujeron a sus grupos con destreza y ambición, una de las características fundamentales para triunfar en el fútbol actual aunque suela menospreciársela.

Discépolo sostenía que el hincha era lo más sano del fútbol mientras que muchos protagonistas repiten que lo más sano son los futbolistas; la realidad ha demostrado que nada de eso es cierto. El fútbol dista de ser ideal. Mucho más el argentino en el que los dirigentes muestran una ineptitud olímpica, los políticos pretenden obtener todo el provecho posible del mismo, los árbitros fallan constantemente dando pie a las sospechas de venalidad, los técnicos sólo piensan en conservar su puesto, los jugadores muestran una deslealtad casi única y los hinchas se comportan, muchas veces, con una violencia inconcebible que impide, entre otras cosas, que el público visitante acuda a las canchas.

El fútbol argentino se ha convertido en el terreno de la demagogia, la ventaja desleal, la burla sin sentido y el odio. Un lugar donde el otro es enemigo.

Pero, paradójicamente, también el fútbol es el mejor programa paterno filial del mundo. Ese punto de encuentro entre un padre y sus hijos de cualquier sexo. Cierta vez un hombre que fue padre tardío me contaba con un entusiasmo notable sus idas a la cancha con sus hijos adolescentes. Aunque ya estaban grandes y podían ir solos, el padre seguía acompañándolos. Se sabe que ir al fútbol en Argentina no es demasiado cómodo. Menos para un hombre de casi setenta años y en la tribuna: horas de pie, apretujado, sometido al maltrato de la policía, una odisea llegar al baño cada vez que la próstata lo traiciona. Se sabe también que la pasión del fútbol todo lo puede. Pero ese no era el verdadero motivo que empujaba al señor cada domingo, de local o visitante. Amaba a su club pero ya estaba en edad de preferir ver los partidos por televisión. Antes de que alcanzara a preguntarle algo, me agarró del brazo para asegurarse de que lo mirara, de que lo escuchara con atención y me dijo: “¿En qué otro programa puedo estar cinco horas seguidas con mis hijos? ¿En qué otro momento de la semana me abrazan como cuando hacemos un gol?”

Cuando a una personalidad la entrevistan y le preguntan cuál fue su día más feliz, la gran mayoría responde lo mismo: “el día que nacieron mis hijos”. Una fórmula que no creo que tenga toda la sinceridad necesaria. Creería más si dijeran el día que se enteraron que iban a ser padres o madres (si era un embarazo deseado). Pero cuando nace un hijo, en especial el primero, junto a la alegría y la emoción se instalan el temor, la incertidumbre, el cansancio que produce la falta de sueño y en el caso de la madre las dificultades del puerperio y los dolores físicos. Inclinarse sobre la cuna para asegurarse que el recién nacido respira, interpretar los roncos gorjeos, la preocupación por si se prende o no a la teta materna, desvelarse procurando de que no se ahogue con los restos del líquido amniótico. Nada de eso se parece a la felicidad.

Aunque parezca una banalidad, mis días más felices fueron racinguistas. Aquellos en los que salió campeón o en los que consiguió un triunfo agónico o en el que venció en un clásico. Poder compartir eso con mis hijos, con mi esposa, con mi papá, con mi hermano, con mis sobrinos, con mi cuñado. Esos abrazos, esas lágrimas, los gritos y los cánticos forjaron recuerdos imborrables.

Acá donde dice Racing o racinguista, naturalmente, podría ponerse el nombre de cualquier otro equipo. Se suele sentir lo mismo por cada equipo pero nosotros -cada hincha- necesitamos sentir que lo nuestro es especial, que es un sentimiento más genuino que el del resto. Olvidarse de eso, creernos únicos y geniales (y por ende endilgarle las peores características al rival), es probable, haya hecho una enorme contribución para que el estado de situación sea tan deplorable.

El miércoles pasado acompañé a mi mamá a hacer un trámite por su pensión en el Anses. Cuando salíamos, mientras tomábamos un café, me dijo, dando alguna vuelta, que habíamos hecho algo que no le había gustado. Se rectificó enseguida: que le había dolido, dijo. Supuse, sin preguntar, que el plural nos incluía a mi hermano y a mí. Me dijo que le había dolido que sacáramos a mi papá del grupo familiar de wassap. Yo no me había dado cuenta de la situación. Entre salutaciones matutinas, fotos del debut de la más pequeña en el jardín, comentarios de mis artículos en Infobae y proezas de los primos más grandes había pasado desapercibido el pequeño cartel rectangular que con fondo celeste decía “Yayo salió del grupo”. Yayo, mi papá, murió en agosto del año pasado. Traté de explicarle que pese a que dimos de baja la línea hace meses, el sistema recién en estos días lo había sacado del grupo. Que ninguno de nosotros lo había eliminado del grupo. Para explicarle, para mostrarle que el contacto ya no existía, puse en el buscador de su teléfono el nombre de mi papá para que viera que había sucedido lo mismo en los otros grupos. Pero lo primero que me encontré fueron los mensajes que se mandaban ellos dos. La noche previa a que él fuera sedado y ya no despertara, habían intercambiado los últimos mensajes después de 61 años de relación. Él con los dedos temblorosos por la medicación y la edad había tipeado desde su cama de hospital: Te amo. Fue lo último que le dijo. Mientras yo leía ese mensaje y trataba de disimular la emoción, mamá me contó que no podía dejar de pensar cómo hubiera estado mi papá esa semana con la expectativa del partido contra Tigre. No le contesté. Porque ese pensamiento me venía desvelando desde hacía unos días. Y también los recuerdos que se me amontonaron durante la última semana.

Estos días reviví el miedo que me invadía cuando los caballos de la policía montada arremetían contra la gente y mi papá agarraba mi mano y con serenidad me decía que no me iba a pasar nada, que estaba con él mientras con fingida serenidad caminaba hacia un lugar que le permitiera tener varias vías de escape; o el día que en la cancha de Argentinos nos vendieron como plateas tres números dibujados con tiza en un escalón contra las paredes de una cabina de transmisión (eran tiempos de la explosión de Maradona); su cara cuando con mis doce años y la Spika pegada al oído le dije que había gol de Temperley y que estábamos descendidos: él ya lo sabía y tenía su propio dolor pero no soportó el mío que mantenía esa esperanza tropical que se porta en la juventud; o el apuro para llegar al auto para escuchar en la radio la repetición de los goles las tardes en qué ganábamos; o cuando con mi hermano entraron corriendo a la habitación en la que yo estaba enfermo con casi 40 grados de temperatura para gritar conmigo desesperadamente el gol agónico de Fabbri que nos clasificaba a la final de la Supercopa; o el abrazo que nos dimos los tres la tarde del gol de Bedoya a River; o el poco oído musical que tenía: era la única persona en la tierra que perdía el ritmo hasta cantando una canción de cancha.

Mi esposa es hincha de Racing también. Pero no es de esas personas que se hacen hincha por transición o de esos hombres o mujeres que adoptan el equipo de su pareja más fanática que él o ella. Siempre fue de Racing. Teníamos, antes de conocernos, las plateas en el mismo sector del Cilindro a diez metros de distancia. Ella iba con su papá. Fue la manera más directa que encontró para acercarse a él y compartir algo juntos. Algo importante y durarero. Las dos familias somos de Racing. Nuestros hijos, por lo tanto, sólo tienen tíos y primos de Racing (tenemos por ahí una infiltrada de Boca, todo debe decirse). Y, como en las dos familias nos interesa mucho el fútbol, no tuvimos que modificar ninguna costumbre ni realizar ningún sacrificio supremo: podemos postergar cumpleaños familiares si se superponen con un partido de Racing.

El domingo mi hijo Valentín de seis años pudo festejar su primer campeonato. En el 2014 era muy chiquito. Abrazarnos con cada gol es un momento de una plenitud inefable. Julieta, la más chiquita, no entiende demasiado pero imita la alegría y cualquier excusa le resulta divertida para poder saltar y gritar, abrazar y besar. Lo mismo que a todo el mundo.

A Valentín, el otro día le tuvimos que explicar que no es lo más normal ganar todos los partidos de local, salir victorioso cada vez que va al Cilindro. O, en realidad, contarle que eso que ahora para él es frecuente para nosotros durante años fue una rareza. Los tiempos cambian. Así es el fútbol. Pero poco importa eso. A Racing (y a Boca, Independiente, Dock Sud o Quilmes según cada uno) se lo va a ver sin importar su presente, con una ilusión a prueba de balas, con una pertinaz esperanza.

Durante la internación final de mi papá, de más de un mes, luego de algún episodio confusional, lo primero que preguntaba cuando retornaba la lucidez era sobre el mercado de pases. Si habíamos traído al delantero que hacía falta para reemplazar la salida de Lautaro o a un volante mixto que nos diera más juego o si había conseguido algún antecedente de ese arquero casi desconocido que habíamos repatriado de Chile. Eso también es fútbol.

Cuando jugamos con River la revancha de la Libertadores me enojé con Papá. Había muerto hacía diez días. Estaba convencido que nos iba a dar una mano. Lo veía como algo evidente y con una lógica irrompible. Un silogismo perfecto. Papá amaba a Racing, Papá nos amaba a nosotros, Papá odiaba a River por sobre todas las cosas, por ende Papá nos haría ganar el partido y la serie. River nos aplastó. El pensamiento mágico en mi vida sólo tiene lugar en todo lo referido al fútbol. Cábalas, definiciones arbitrarias, reacciones extemporáneas, insultos desmedidos (sólo a los árbitros: la mayoría de las veces ganados con creces). Con la pelota de por medio todos nos volvemos terraplanistas.

Cada uno vive su duelo como puede. El domingo apenas terminó el partido me dominó un llanto incontrolable. Vero, mi esposa, con lágrimas en los ojos, fue en ese instante como siempre es: contenedora y esperanzada. Me consoló, me abrazó y, veterana en estas lides de perder al padre, me dijo: “El primer campeonato es muy difícil”. Dando por hecho que esto de festejar será habitual y no una excepción.

No podía dejar de llorar. Algo que nunca me había pasado. Ni una vez en estos últimos meses. Abracé a Vero, a mis hijos, a mi cuñado. La alegría inconmensurable convivía al mismo tiempo, con idéntica intensidad, con un dolor lacerante. Nunca en los siete meses y medio anteriores, nunca antes como en ese instante tuve plena conciencia de que ya no iba a poder abrazar a mi papá.

A mi papá que el domingo volvió a salir campeón.