La respuesta.
Algún comentario hizo ella, y a el le dió miedo. El nunca analizo nada, nunca fue demaciado cauto, pero esta vez la idea no salía de su cabeza y carcomía sus pensamientos. El sabía que no tenía que preguntar, pero igual pregunto. Ella sabía que debía ser sincera, y lo fue.
Secó sus manos, prendió un cigarro y lo llevó a su boca. Después pronunció sus palabras, mitad planeadas, mitad improvisadas, mientras sabía que algo en su receptor cambiaría para siempre.
Cuando él escucho lo que ella tenía para decir, la habitación se hizo gigante. El tiempo se freno. De repente estaba el frente a ella, atónito, indefenso, como si estuviera completamente desnudo, sin más cartas que mostrar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al igual que los de ella, y ambos cometieron el terrible error de intentar disimularlo.
Otra vez silencio. Incómodo, frío, tenso. Así que ella tomó las riendas como siempre, y otra vez, fue la primera en preguntar. Y una vez más, hizo la única pregunta que él no quería escuchar.
-Yo no puedo…
-Se que no podés…
Y otra vez silencio. Ya está todo hecho. Todo hablado. El silencio ya no es el mismo.
Pero como de costumbre, ella sabía cómo arreglar hasta las heridas más profundas. Solamente se acerco donde el estaba, lo miro a los ojos, miro sus lágrimas, y retruco su pregunta.
-Vos sabes que yo te amo?
Y solo bastó un abrazo.