Despedidas
Los labios se fruncieron en la falacia del beso. Chasquearon un ruido endeble al aire y los cachetes se volvieron a tocar como la primera vez, hace 10 años, de una forma fría y casi distante. Se suponía el adiós. Los labios nunca se volverían a tocar. Esos labios flacos y largos que alguna vez soñó despierto pero que ahora simplemente eran meros portales al infierno. Labios que cada vez que se abrían desataban la furia del mar, la oscuridad de la nube que tapa las Pléyades, la mismísima ira del Cosmos.
Los cachetes se alejaron, los ojos clavados en la clavícula contraria, como con el miedo de volver a cruzarse una vez más y sucumbir. Al deseo, primero, al odio después. La palma acarició el pullover con un desdén tan condescendiente que cuando la quitó, había sido depositado en el jardín de infantes de su mente.
Los labios se abrieron una última vez, con el mismo aliento a menta y muerte que la primera vez.
“nos vemos por ahí”
