Gorilismo Desatado

Aburrido en la sucursal de una conocida cadena de libros, me decidí a hojear el nuevo libro de una de las plumas más celebradas (por el macrismo) del oficialismo: La Década Sakeada, de Fernando Iglesias. Ya el título nos muestra que el autor no perdió su usual delicadeza, como cuando trataba a su potencial lector de “estúpido” por no comprender que el único gran problema de la Argentina era y es el peronismo. Invitado tan cordialmente, no pude menos que ponerme a hojear el incendiario volumen. Estos apuntes desordenados son lo que saqué de tan interesante lectura:

  1. Desde el vamos, puede consignarse uno de los grandes méritos de la obra: la contratapa resume bastante bien el contenido del libro. En pocas palabras, el kirchnerismo fue una “catástrofe nacional y popular” que rompió récords en corrupción, criminalidad, ineficiencia y empobrecimiento. Noticias de ayer.
  2. Materialmente, el libro engaña: el grueso volumen parece anunciar un ensayo extenso y sesudo, pero la desmesurada tipografía y la proliferación de espacios en blanco desmienten esto. La cantidad de páginas encubre entonces una penosa escasez de argumentos.
  3. Como gesto, el libro revela uno de los callejones sin salida del macrismo: el miedo al presente. El autor se despacha extensamente contra “la década kirchnerista” (que, según el pasaje, se inicia en 2001, 2003 o 2008), para luego contraste esa época de ignominia con el futuro brillante que nos aguarda. De la actual crisis económica, social y política, ni rastros. Así, el mismo Iglesias cae en el vicio que le enrostraba a CFK y a toda la Argentina: una patológica obsesión por el pasado.
  4. A pesar de tener tal fijación por lo ocurrido, Nando presenta serias dificultades a la hora de abordarlo. Cuando señala taxativamente que Néstor y Cristina Kirchner gozaron de “las mejores condiciones en 200 años de historia”, pasa por alto los más elementales rudimentos del análisis económico. ¿Mejores que el boom agroexportador del “orden conservarvador” al que Iglesias tanto admira? ¿Más favorables que las dos posguerras mundiales, cuando una Europa famélica pagaba con los ojos cerrados los envíos de granos y carne? ¿Tan propicios como los ’70 y ’90, en los que Argentina era la niña mimada de los capitales internacionales? Preguntas a mi juicio relevantes, que el iluminado escritor deja totalmente fuera de consideración. Al igual que hace abstracción de la crisis mundial iniciada en 2008, el declive de Europa, los obstáculos de Brasil o el enfriamiento de China. O el hecho de que difícilmente un país logre desarrollarse vendiendo a precio récord porotos de soja para alimentar peces y vacas en Asia. Pero, si está en la tele, seguro que algo sabe.
  5. Peor aún, el kirchnerismo no resolvió el crimen organizado, ni la drogadicción, ni las flaquezas institucionales de nuestra democracia. Es innegable que estas situaciones se agravaron, y las administraciones del matrimonio tienen una parte importante de responsabilidad en esto. Pero, de haber resuelto esos problemas, seguro que expertos de todo el mundo vendrían a ver cómo un partido populista resolvió los principales problemas de la modernidad. O, al menos, eso es lo que Iglesias parecía esperar de ellos.
  6. El autor muestra también incapacidad o tendenciosidad a la hora de usar estadísticas. Así, le echa en cara a Cristina las preocupantes estadísticas de junio de 2016. Implícitamente, hace suyas las excusas del poder: la inflación desatada, la devaluación del 60, la quita de retenciones a los sectores más pujantes y los parches sociales son simplemente un “sinceramiento”.
  7. Detrás de ese argumento aparece uno de los topos fundamentales de toda mirada nostálgica (y revanchista): la oportunidad perdida. El devenir histórico se transforma en una sucesión de coyunturas en las cuales, invariablemente, siempre se tomó el camino incorrecto. Esto lleva, casi naturalmente, a juicios de valor en los cuales los actores, desde las élites políticas hasta las sociedades civiles en su conjunto, se vuelven responsables por su estupidez o por su maldad. El presentismo devora así la historia, reemplazando la indagación de por qué ocurrió lo que ocurrió por una falsa sensación de superioridad por el pasado.
  8. Pero, de seguro, esto no invalida el caballo de batalla de la obra: las denuncias de corrupción. Fiel discípulo de Lilita Carrió, Iglesias se lanza con un morbo apenas velado a enumerar todos los hechos aberrantes cometidos por el tiránico matrimonio. La cuestión aquí es qué tan necesario era otro tomo que aporte a la sobresaturada “leyenda negra” de la “dictadura depuesta”, cocinada por periodistas e “intelectuales. ¿Es necesario que se reiteren las menciones a los embargos de tierras durante el “Proceso”, los negocios pergeñados con Lázaro Baez o el enriquecimiento de los funcionarios? O, mejor aún, ¿es necesario que se repitan en 2017 hechos ilícitos que eran evidentes para cualquier observador atento en 2010?
  9. Es probable que, para el oficialismo, la respuesta sea afirmativa en ambos casos. La perversión de la anterior administración es un mantra comodín repetido para justificar cualquier desprolijidad, despilfarro o desastre. Pero dos males no hacen un bien, a pesar de que Iglesias piense eso. En este sentido, llama la atención que su horror por la korrupción no se vea acompañado por una reacción moral igualmente enérgica frente a la corrupción M. Los Panamá Papers, el blanqueo de los familiares, los giros arbitrarios de dinero a aliados políticos, la presencia de parientes de funcionarios en cargos para los que no están capacitados o los millonarios contratos al primo Ángelo brillan por su ausencia. Tampoco nada se dice de Nicky, el amigo de la infancia del presidente que es ministro sin cartera tras haber realizado grandes ganancias con la ayuda del Gobierno de la Ciudad. Tal vez Iglesias está preparando otro libro para callar a “estúpidos” como yo, pero por el momento parece que hay una corrupción que le gusta y otra que aborrece.
  10. Durante la “Revolución Libertadora”, figuras antiperonistas como Gino Germani, José Luis Romero, Tulio Halperín Donghi y Jorge Luis Borges se lanzaron a explicar lo que había ocurrido. Más o menos atinados, ellos iniciaron un debate que pondría bajo la lupa el rol de Perón, pero también los grandes problemas que la Argentina como país atravesaba. Actualmente, escritores mercenarios regurgitan al público los mismos argumentos de diarios serviles y acomodaticios, mal escritos y peor editados. Cuando la crisis se enseñorea de todos los ámbitos, hay que señalar con más insistencia que tanto el rey como sus consejeros y bufones están desnudos.