
Feliz Navidad
Era un verano caliente, uno de los más calientes en décadas. Estaba acostado en el sofá, con el ventilador a centímetros de mi cuerpo.
— Matías — dijo mi papá, sentándose a mi lado — creo que deberías pasar la navidad con tu mamá.
— ¿Y tú… irás?
— Sabes que las cosas entre nosotros no están bien.
— Pero son las fiestas, no creo que se enoje porque vayas.
— Créeme, es mejor así.
Me dio una desazón gigante tener que irme a San Felipe. Me fue a dejar al terminal y nos despedimos con un abrazo estrecho y con mucho cariño. Me dio un beso en la frente y me subí al bus. Lo vi por la ventana. Ahí estaba el pobre viejo, levantando sus brazos para despedirse. Se acercó a mi ventanilla y le dio un leve golpecito. Yo le hacía gestos de cariño, mirando hacia abajo, en donde estaba él. El bus arrancó para alejarse del terminal. Mi papá, a lo lejos, se llevó el celular al oído y se marchó del lugar.
Llegué a la casa de mi mamá a eso de las 4 de la tarde. Abrí la reja con mis llaves y le di un empujoncito a la puerta principal que estaba entreabierta. Ella estaba ahí, ordenando unas cosas que tenía esparramadas sobre la mesa del comedor.
— ¡Hiiiijo! — gritó al verme, con su cara llena de felicidad.
Dejó de hacer lo que estaba haciendo y se acercó a mí para abrazarme. Su cara estaba iluminada y no dejaba de mirarme y sonreírme.
— Te ves hasta más grande — dijo ella.
— No ha pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos — dije yo, algo extrañado.
— ¿Qué tal el trabajo? ¿Te han tratado bien? ¿Tu papá se ha portado bien contigo?
— Sí, sí y sí.
— Ya poh, cuéntame más.
Le expliqué en qué consistía lo que estaba haciendo, pero no tenía ganas de conversar con ella, la culpaba de cierta forma por pasar la navidad solos. Era injusto, pero no lo entendía en esos momentos. Tampoco sé si ahora lo haga.
— Me voy a bañar — dije — tengo mucho calor y estoy algo sudado.
Fui a mi pieza y estaban todos los muebles en diferentes posiciones de lo que recordaba. La cama estaba donde antes estaba el escritorio, el escritorio estaba donde antes estaba la repisa y la repisa estaba donde antes estaba la cama. El closet era fijo, así que no me costó saber donde estaba. Saqué una toalla y me fui al baño. Cerré la puerta con pestillo, corrí la puerta de la mampara y la cerré cuando ya estaba adentro. Levanté la manilla del grifo y el agua comenzó a caer por mi cuerpo.
El agua estaba perfecta en cuanto a temperatura. El vapor empañaba la mampara y yo me sumergía en mi tristeza. El pecho se me apretó y vi caer una gota desde mi pupila que se perdió junto al chorro de agua que caía desde arriba. Luego solté todo lo que tenía acumulado y lloré y lloré y lloré como nunca lo había hecho. Tenía un mar de lágrimas acumulado adentro de mí y por primera vez lo estaba botando con fuerzas y ganas. Me senté y el chorro daba fuerte en mi cabeza. Se sentía bien, no quería salir de ahí por un par de horas.
Salí de la mampara, tomé la toalla que había dejado arriba de la tapa del excusado y me sequé la cara y el pelo. Traté de mirarme al espejo pero estaba empañado. Lo sequé con la toalla. Tenía los ojos hinchados e irritados. Esperé un momento para que se me pasara y salí del baño. Me sequé todo el cuerpo y me tumbé sobre la cama, mirando el techo durante unos segundos. Me vestí y salí de mi pieza y encontré todo muy ordenado y decorado: había un mantel blanco sobre la mesa con bordados elegantes de navidad y muchos platos y servicios con mucha variedad de ensaladas. El horno olía a asado.
— Estoy haciendo pollito y pavo — dijo mi mamá.
— Qué rico — dije sin ganas.
— Tienes los ojos rojos ¿Qué te pasó?
— Nada, debe ser el shampoo.
Se hizo la noche. A las afuera sentí gritar el nombre de mi mamá.
— Es la Valeria — dijo — pasará Noche Buena con nosotros.
La Valeria era nuestra vecina de dos casas más allá. También estaba sola. Tenía una hija, la Antonia, de unos 13 años, pero por temas de acuerdo con su ex pareja tendría que pasar la Noche Buena con su papá y Año Nuevo con ella.
— Hola, Vieji — saludó a mi mamá.
— Hola, Valeria — respondió ella.
— Hola, Mati — me saludó a mí — qué estai grande. Ahora tení cuerpo de hombre.
Ambas se rieron. Yo también.
— No cierto… yo también le dije lo mismo — dijo mi mamá.
Valeria y mi mamá se sentaron en el sofá y se pusieron a platicar. Yo me acomodé en el sillón de al frente. La Valeria estaba sentada con sus piernas cruzadas, dejando entrever sus bragas blancas que se asomaban de entre sus piernas. La Valeria era una mujer joven, mucho más joven que mi mamá. Tenía unos treinta años, y era bastante guapa. Tenía unas largas piernas morenas que le caían desde sus caderas y le acompañaba un culo muy grande con el que soñé tener toda mi infancia. Me costaba trabajo quitar mi vista de su entrepierna. Sentía que podía ir gateando hasta ella, acercarme a su coño y devorárselo con mi boca. Escuché un ruidito que venía de la cocina.
— Está listo — avisó mi mamá — siéntense
Nos fuimos a sentar con la Valeria al comedor. Ella nuevamente quedó a mi frente, pero solo podía mirar su torso y su agradable cara morena. Mi mamá llegó con dos platos con arroz en forma de torre y los dejó sobre la mesa. Luego llegó con un tercer plato con arroz y otro con un pollo entero, asado. Y, finalmente, fue a buscar el pavo y se sentó en la punta de la mesa. Sacamos un plato cada uno; yo me serví pollo y la Valeria con mi mamá comieron pavo. Nos mantuvimos sentados un largo momento luego de cenar, en donde la Valeria nos habló sobre la Antonia.
— La extraño tanto, vecina. Pero ese hueón del Rodrigo se la llevó para pasarla con él y con la vieja de su mamá y su nueva polola. Lo odio tanto, no sabe cómo.
— Tranquila, Valeria — dijo mi mamá, apaciguándola — la niña quería estar con él, lo pasa bien allá.
— No sé. ¿Y si ahora no quiere volver y pasa el Año Nuevo con él?
— No pasará — y la volvió a contener.
— No sé qué haría sola, vecina. Gracias por todo.
Vimos la hora y quedaban unos minutos para la medianoche. Nos sentamos en el suelo frente al árbol de navidad que estaba sobre una mesita de vidrio para que se viera más grande. Debajo de la superficie de la mesita había tres paquetes envueltos.
— Ya son las doce — anunció la Valeria alegremente — ¡Feliiiiiiiz navidaaad!
Mi mamá estiró sus brazos hasta llegar a uno de los paquetes y me lo pasó a mí.
— Te lo mereces — dijo orgullosa.
Le agradecí y nos abrazamos. Rompí el papel y era una Play Station Move. Saqué los dos joystick de la caja, enchufé el Play Station con la TV y los encendí. Conecté los cables USB del joystick nuevo a la consola y los instalé antes de jugar.
Mi mamá sacó otro regalo y se lo pasó a la Valeria.
— Por ser una gran amiga y siempre acompañarnos.
— Gracias, Vieji — le dijo con cariño y estrecharon sus brazos.
La Valeria sacó de su bolsillo una cajita pequeña de metal y se la pasó a mi mamá.
— Espero que le guste.
Mi mamá recibió la cajita y la abrió. Eran unos aritos de lapis lazuli.
— Gracias, Valeria. Son muy bonitos. Me los voy a probar al tiro.
Se acercaron y se volvieron a abrazar por unos largos segundos.
— Al Mati también le tengo un regalo — dijo, mirándome.
Sacó de la mesita el último regalo que quedaba. Se paró y se acercó a mí. Dejé el joystick sobre el sillón y posé mi vista en ella. Se veía realmente guapa con ese vestido floreado que le llegaba hasta el muslo. Me pasó la envoltura y me abrazó. Deposité mi cara en su hombro y cerré mis ojos que se volvían a humedecer. Ella hizo lo mismo. Aun me quedaban lágrimas. A ella también.
