¿Qué esperamos cada vez que miramos el teléfono?
¿O tarareamos una canción?
¿O abrimos la heladera?
¿O prendemos uno?
Anoche yo fui él. El que se quedó callado entre tanto grito.
El que escucho cada palabra pero solo asentía con la cabeza.
El que comía despacio, encendía un cigarro junto a la ventana y contra el humo luchaba para que no entrara.
Y me toco a mí, no meter un bocadillo…
Pensar si estuvo bien haber venido, si me tendría que haber ido.
Si había encerrado al gato, si me puse calzoncillo o lo tengo colgando.
Anoche, él, fue solo una sombra, una chimenea, ni siquiera pa ser molestia le alcanzo.
“Había perdido todo” le dijeron a uno que recién llegaba.
“Perdió la gracia” dijo uno que ya estaba.
“A mí no me vengan con llantos” dijo el que se bajo medio frasco, “Este pibe está dormido”
Pero lo que el loco no sabía, es que para él ya era domingo.
Y se acordó de buscar la llave, la billetera, la cajita y el paquete de cigarrillos. Y se toco un bolsillo y tanteo el otro, clavó la mirada en la campera y se enredo la bufanda al cuello.
Y sin mover ni un musculo de más, susurró un “ya vuelvo”
Y llegó. Ya no estaba en la nada, ya no era solo sombra. Pero aun esperaba.
Entonces encendió el teléfono, tarareo una canción, abrió la heladera y prendió uno como buena chimenea.
Para él, que solo él se conocía lo insuficiente, esperar era eso que hacía esperando que algo suceda.
Entonces se volvió a callar, no quería sonar fuerte, ya no quería sonar ni soñar y se sentó a esperar ese mensaje, un amigo, la locura y un sándwich de milanesa fría.