Una rebelión limitada
Una filosofía de la rebeldía
“¿Se puede rechazar eternamente la injusticia sin dejar de proclamar la naturaleza del hombre y la belleza del mundo? Nuestra respuesta es afirmativa” — Albert Camus
Hay dos libros fundamentales sobre el concepto de rebeldía: “El Hombre Rebelde” de Albert Camus y “Microfísica del Poder” de Michele Foucault. El primero analiza las pautas morales y estéticas sobre la rebeldía a lo largo de la historia. El segundo define el mecanismo por el cuál la rebeldía encuentra los espacios para manifestarse en la modernidad. Son el Por qué y el Cómo.
La filosofía de Camus parte de una premisa: la realidad no tiene sentido per se. El acto más humano al que podemos aspirar entonces es la dicha y la condena de tener que construir un sentido. Pero no cualquier sentido dice Camus. Hay que construir un sentido indefinido, fuera de la moralidad del bien y del mal, fuera de la divinidad o las ideas absolutas. Es decir, hay que construir un sentido en permanente tensión. Dice sobre el sentido rebelde: “Su universo es el de lo relativo. En vez de decir con Hegel y Marx que todo es necesario, repite solamente que todo es posible y que, en cierta frontera, lo posible merece también el sacrificio.”.
La clave reside en que ese sentido, esa rebelión a escala humana, es una tensión basada en la fuerza y la resistencia, pero también en la mesura y el límite. Dice al respecto: “La mesura no es lo contrario de la rebelión. La rebelión es la mesura y ella la ordena, la defiende y la recrea a través de la historia y sus desórdenes”. El riesgo, según Camus, es pasarse de rosca con la rebelión. Su tesis, es que el exceso, la búsqueda desesperada de un sentido ulterior, ha sido lo que ha justificado el asesinato a lo largo de todas las religiones e ideologías de la historia.
El problema para Camus es cuando por una causa, se justifica cualquier cosa. En sus palabras: “¿El fin justifica los medios? Es posible. ¿Pero qué justifica al fin? A esta pregunta, que el pensamiento histórico deja pendiente, la rebelión responde: los medios”. Rebelarse, es entonces, una rebelión de los medios. Porque no hay fin, no hay final, no hay llegada.
Y este es uno de los principales problemas del presente: la gente quiere que las cosas concluyan, para bien o para mal. Hay un deseo irrefrenable de ganar o perder, pero de cerrar la realidad. De acotarla y guardarla en una cajita. Trump, las fake news, el kirchnerismo o el macrismo más fanáticos, Bolsonaro, son todos síntomas del mismo problema: la gente desea que el mundo sea cierto y está dispuesta a pagar el precio que sea para lograrlo. Es mejor ser parte de algo cerrado que aceptar rebeldemente que nunca nada se va a volver a cerrar para siempre. Es mejor simple que complejo, mejor pocos que muchos, mejor iguales que diferentes. Esa es la lógica subyacente del miedo que mucha gente tiene hoy en día.
La verdadera rebeldía en el siglo XXI debería luchar contra esa necesidad de ir cerrando nuestro mapa de relaciones. Es la rebeldía de creer que mientras más gente diferente conozca más me voy a enriquecer, de que mientras menos restricciones me autoimponga más chances de descubrir cosas nuevas que me interesan. Es creer que es mejor vivir en un sistema abierto y con fronteras difusas que en un sistema cerrado.
El problema de un sistema abierto, es que requiere que todo el tiempo estemos revalidando los límites. Requiere una rebelión permanentemente limitada. Requiere un esfuerzo que no muchos están dispuestos a hacer.

La rebelión permanente
Y ahí es cuando entra Foucault. En su libro, plantea una sociedad donde el poder ya no es algo externo si no algo internalizado y que actúa sobre la conciencia de los hombres. No se ve, no se puede tocar. No se puede matar al rey ante las injusticias. Y, aún peor, las injusticias internalizadas, nos parecen naturales. Ya no tenemos la posibilidad de reconocerlas como tales. Son la normalidad.
Pero Foucault descubre una trampa, una falla fundamental en la corporización del poder. Que es que ya el poder no es un bloque. No es una opresión desde afuera absoluta e irrefrenable. Es la acumulación de infinitas acciones automáticas e infinitas autocensuras. Por ende, en cada instante, en cada acción, en cada pensamiento, podemos rebelarnos contra el poder que nos oprime. Eso no significa que el esfuerzo sea menor, que sea sencillo rebelarse. Todo lo contrario. La primera rebelión exige un despertar a lo Neo en Matrix. Una redefinición del ser, del sentido interior y exterior, un sufrimiento, una despersonalización, romper con la naturaleza.
Ambos autores proponen una rebeldía que construye un sentido en constante equilibrio, que niega los absolutos, que requiere un esfuerzo supremo para romper la inercia y convertirse en una acción que a su vez tiene que tener un límite para no desbandarse.
La distorsión más común de este enfoque, es que, para los que consideran que el mundo y el hombre tienen que llegar a un destino, la rebeldía rápidamente se convierte en negación del otro y violencia. Saber que a cada paso tenemos la posibilidad de rebelarnos, se convierte en el peor boomerang, porque se banaliza la rebelión. Los ejemplos más conocidos de esto son el fascismo que utiliza la violencia como método de coerción o los partidos de izquierda radicalizados que usan la violencia como método de protesta. Ambos se creen los elegidos para re-ordenar el mundo y así justifican un presente de violencia.
Foucault avanza en el análisis sobre como ecualizar la pregunta sobre poder y rebelión: “Un análisis de ese tipo conviene no diluirlo en una culpabilización de tipo individual (…de un existencialismo de autoflagelación…) y tampoco conviene esquivarlo mediante uno de esos desplazamientos que son corrientes hoy en día: todo esto deriva de una economía de mercado, o de la explotación capitalista, o simplemente, de esta sociedad podrida”. Para el francés entonces, la solución principal al problema del poder y la rebelión, es el método, el prisma con el que se lo analice: la genealogía. De forma muy resumida la genealogía sería el proceso de analizar el poder no por sus discursos, si no a través de sus prácticas. Rebelarse, es entonces, descubrir las prácticas reales del poder, sus métodos, sus procesos, sus instrumentos de medición y desenmascararlos, sacarlos de su invisibilidad a la luz.
Verdades afiladas
Creo que Argentina adolece de un problema clásico de desequilibrio de rebelión. Sufrimos de un exceso de rebelión violenta y carecemos de un ejercicio de límites a la rebelión. Hemos naturalizado la idea de que el poder nos oprime y que por ende es legítimo rebelarse. Pero no hemos definido la mesura con la que tenemos que hacerlo. Y, lo más importante, no hemos logrado desnudar los verdaderos mecanismos de poder contra los que queremos rebelarnos.
Un solo ejemplo para clarificar el concepto sobre desnudar los instrumentos de poder: el caso cuadernos fue posible porque el gobierno anterior violó y ocultó el proceso licitatorio de las obras públicas. Poner la lupa sobre ese instrumento de poder/corrupción, tan fácil de controlar en última instancia, hubiera sido condición necesaria y suficiente como para evitar el descontrol de los poderosos en ese aspecto. Tanto en ese momento, como hoy donde el proceso es diametralmente opuesto, transparente y online, el tema parece no generar ningún interés en la sociedad. Siendo exagerado, nos interesa más saber si los políticos son buenos o malos, si nos quieren o nos odian, si son santos o demonios, que exigirles algo simple como que un proceso burocrático no sea haga a nuestras espaldas. Priorizamos el sentido último, el fin, más que el medio.
Como además estamos ansiosos de cerrar nuestros esquemas de sentido, rápidamente depositamos nuestras frustraciones en modelos binarios. Le perdonamos todo a los nuestros y nada a los adversarios. El resultado es que generamos discursos de verdad que excluyen a los que no son como nosotros y que contribuyen a ocultar los instrumentos de poder que verdaderamente nos oprimen y deberíamos derrocar en conjunto. Peor aún, como tenemos la rebeldía a flor de piel, usamos toda nuestra creatividad para marcar nuestras diferencias con el de enfrente, encerrándonos aún más. Se ve en twitter todo el tiempo. Se suele tratar al otro con un nivel de prejuicio y cinismo que retroalimentan una violencia y una locura sutil. Camus dice: “Por eso no hay genio, contrariamente a lo que hoy se enseña, en la negación y en la pura desesperación”.
Y agrega algo: “El nihilismo no es solo desesperación y negación, sino sobre todo la voluntad de desesperar y de negar”. Algo de eso hay en los ciclos de frustración y resignación en Argentina.
El resultado principal de nuestras formas actuales, a mi entender, es que el exceso de rebelión sin dirección con el que todos nos manejamos atenta contra los lazos de solidaridad que construyen una sociedad con el mínimo nivel de cohesión necesaria para desarrollarse en el tiempo. Después de eso tenemos problemas políticos, económicos, educativos. Pero antes tenemos el problema de un desconocimiento profundo del otro, sus problemas y virtudes.
Familias ampliadas
Kurt Vonnegut era famoso por dar discursos en los días de graduación de las universidades en Estados Unidos. En un compilado de discursos que se editaron bajo el título “Que levante mi mano el que crea en la telequinesis” (gran título) repite una y otra vez que uno de nuestros principales problemas como sociedad es que nuestras familias son chicas. Que familias de 3, 4 o 6 personas no sirven para subsistir en la sociedad moderna. Por eso es imprescindible que participemos de clubes sociales, de deportes de grupo, de clases de baile. El le propone enfáticamente a los estudiantes que se compren una moto y se unan a los Hell´s Angels.
En el libro “Payasadas” va más allá: el presidente de Estados Unidos decreta que todos los habitantes del país serán designados al azar a una familia ampliada. Así, cada persona pasa a tener decenas de miles de familiares (primos, hermanos, tios, sobrinos). El efecto inicial es que no hay lugar del país donde una persona vuelva a estar sola y desamparada. El problema es que esa solidaridad inicial, rápidamente se ve quebrada cuando esas familias ampliadas comienzan a convertirse en feudos que excluyen a los diferentes.
Eso sucede permanentemente en Argentina. Ampliamos nuestras familias pero en organizaciones que rápidamente nos obligan a delimitar al enemigo (partidos políticos, clubes de futbol, ideologías, religiones). Y en ese proceso, muchas veces se desnaturaliza la misma relación humana que intentábamos estimular.
Somos una sociedad abierta y cariñosa con el que integramos a nuestra familia (ya sea un conocido de toda la vida o un perfecto extraño con el que sincronizamos mágicamente) y al mismo tiempo somos demasiado duros con el que juzgamos extraño. Mucho más de lo que a veces se merece.
Una rebelión limitada
Creo que como sociedad nos hemos enfocado equivocadamente en la búsqueda de solucionar la pregunta sobre los sentidos trascendentales de la existencia. En si somos culpables e inocentes. En si estamos completos o si estamos perdidos. Sin reparar en que todos tenemos un poco de la culpa y ninguna culpa a la vez. Y que la solución comienza en asumir la complejidad que conlleva rebelarse contra los fines.
Camus dice: “En fin, el hombre no es enteramente culpable, pues no comenzó la historia; ni enteramente inocente, pues la continúa. Quienes traspasan este límite y afirman su inocencia total terminan en la desesperación de la culpabilidad definitiva. La rebelión, por el contrario, nos pone en el camino de una culpabilidad calculada”.
Esa es la definición que falta en la Argentina de los próximos años. Si cada uno va a aceptar un poco de la culpa y un poco de la inocencia. Si vamos a juzgar al otro con la misma vara que a nosotros mismos. Si vamos a preferir la celebración de nuestro bando a la posibilidad de conectar con el que está enfrente. Si vamos a bajar la ansiedad por solucionar los problemas ya, para solucionarlos de verdad. Si vamos a ser solidarios con el del otro. Si vamos a animarnos a hacer lo que nos da miedo. Si vamos a hacernos cuerpo, a la vez, de nuestra rebeldía y de su límite.
