Carta Abierta de Ayn Rand a Mauricio Macri

«Tal como un neurótico cree que los hechos de la realidad desaparecerán si él se rehúsa a reconocerlos, así hoy, la neurosis de toda una cultura lleva a los hombres a creer que su necesidad desesperada de principios políticos y de conceptos desaparecerá, si consiguen borrar todos los principios y conceptos.

Pero ya que, de hecho, ni un individuo ni una nación pueden existir sin alguna forma de ideología, esta clase de antiideología es ahora la idelogía formal, explícita, dominante de nuestra cultura en bancarrota.

Esta antiideología tiene un nombre nuevo y muy desagradable: Es llamado “gobierno por consenso”.

Si algún demagogo nos propusiera, como un credo orientador, la siguiente tesis: las estadísticas deberían sustituír a la verdad, el recuento de votos a los principios, las cifras a los derechos y las encuestas públicas a la moral, que la conveniencia pragmática del momento debería ser el criterio para los intereses de un país y que el número de adherentes debería ser el criterio de verdad o de falsedad de una idea, que cualquier deseo de cualquier naturaleza sobre cualquier cosa debería ser aceptado como un derecho válido, siempre que lo sostenga un número suficiente de personas, que una mayoría le puede hacer a una minoría lo que le plazca, en resumen, el gobierno de la banda y de la turba si un demagogo lo ofreciera, no llegaría demasiado lejos. Pero todo eso está contenido en -y se camufla con- la noción del “gobierno por consenso”.

Esta noción ahora está camuflada, no como una ideología, sino como una antiideología; no como un principio, sino como una manera de borrar los principios; no como una causa, sino como una nacionalización, como un ritual verbal o una fórmula mágica para apaciguar la neurosis nacional de ansiedad, un tipo de píldora estimulante o de estupidez para los que “no mueven al barco” y una oportunidad para juzgar salvajemente, a los otros.

Es sólo el actual desprecio letárgico por los pronunciamentos de nuestros líderes políticos e intelectuales lo que ciega a las personas frente al significado, implicancias y consecuencias de la noción del “gobierno por consenso”. Todos ustedes lo han oído y, sospecho, lo descartan como oratoria de políticos, sin pensar en su significado real, pero eso es lo que les insto a considerar. […]

“La moderación política, casi por definición, está en el corazón del consenso”.

[…] Ahora identifiquemos lo que esto significa: “El consenso generalmente abarca todos los puntos de vista políticos aceptables…” ¿Aceptables, para quién? Para el consenso. Y dado que el gobierno es dirigido por consenso, esto significa que las visiones políticas deben dividirse entre las aceptables y las “inaceptables” para el gobierno. ¿Cuál sería el criterio de “aceptabilidad”?

[…] Observe que el criterio no es intelectual, no es una cuestión de si ciertos puntos de vistas son verdaderos o falsos; el criterio no es moral, no es una cuestión de si los puntos de vista son buenos o malos; el criterio es emocional: “todas las ideas que no sean ‘repugnantes’”. ¿Para quién? “Para algún amplio segmento de la población”. Existe también la estipulación adicional de que esas ideas no deben “amenazar directamente” a ese amplio segmento.

¿Qué pasa con los segmentos minoritarios de la población? ¿Son las ideas que los amenazan “aceptables”? ¿Qué pasa con el segmento mínimo: el individuo? Obviamente, el individuo y los grupos minoritarios no son tomadas en consideración, no importa cuán repugnante pueda ser una idea para un hombre y no importa cuán gravemente pueda amenazar su vida, su trabajo, su futuro, este debe ser ignorado o sacrificado por el consenso omnipotente y por su gobierno, a menos que él tenga una pandilla, una pandilla grande, que lo respalde.

[…] Pero suponga que un grupo de socialistas quiere nacionalizar todas las fábricas y un grupo de industriales quiere conservar sus propiedades? ¿Qué significaría, para cualquier grupo, tener en cuenta los puntos de vistas del otro? ¿Y en qué consistiría, en tal caso, “la moderación”? ¿Qué constituiría moderación en un conflicto entre un grupo de hombres que quieren ser mantenidos a la expensa pública y un grupo de contribuyentes que tienen otros usos para su dinero?

[…] No puede haber base de acuerdo ni encuentro ni transigencia entre principios opuestos. No puede haber tal cosa como “moderación” en el campo de la razón y la moral. Pero la razón y la moral son precisamente los dos conceptos invalidados por la noción del “gobierno por consenso”.

Los preconizadores de esa noción declararían en este punto que cualquier idea que no permite alcanzar un compromiso constituye un “extremismo”, que cualquier forma de “extremismo”, cualquier posición inflexible, es mala; que el consenso se derrumba ante aquellas ideas que son gratas a la “moderación” y que la “moderación” es la virtud suprema, reemplazando a la razón y la moral.

Esta es la clave del núcleo, la esencia, el motivo y el significado verdadero de la doctrina del “gobierno por consenso”. El culto de la transigencia.

[…] Es innecesario señalar quiénes serán los constantes ganadores y los constantes perdedores en un juego de esta clase.

También está clara la clase de unidad (consenso) que el juego requiere: la unidad de un acuerdo tácito de que cualquier cosa vale, cualquier cosa está en venta (o en “negociación”) y el resto anda tras la refriega de ejercer presión, hacer lobby, manipular, rogar, sobornar, traicionar y la probabilidad, la ciega probabilidad de una guerra en la cual el premio es el privilegio de usar la fuerza legal contra víctimas legalmente desarmadas.

Observe que este tipo de premio establece un interés básico sostenido en común por todos los jugadores: el deseo de tener un gobierno fuerte, un gobierno de poder ilimitado, lo suficientemente fuerte como para dejar a los ganadores y a los presuntos ganadores huir con cualquier cosa que pretendan, un gobierno no comprometido con ninguna política, sin restricciones de ninguna ideología, un gobierno que acapara un poder en contínuo aumento, el poder por el hecho del poder, lo cual significa: para el bien y el uso de cualquier pandilla “mayor” que lo pueda tomar momentáneamente para atacar con su cláusula legislativa particular y enterrarla en la garganta del país.

Observe, por consiguiente, que la doctrina de la “transigencia” y la “moderación” se aplica a todo excepto a un tema: a cualquier sugerencia que limite el poder del gobierno.

Observe los torrentes de vilipendio, abuso y odio histérico desatado por lo “moderados” contra cualquier defensor de la libertad, o sea, del capitalismo.

[…] Si usted duda del poder de la filosofía para establecer un curso y forjar un destino de las sociedades humanas, observe que nuestra economía mixta es el producto literal, fielmente conducido como Pragmatismo y de la generación criada bajo su influencia. El pragmatismo es la filosofía que dice que no hay realidad objetiva o verdad permanente, que no hay principios absolutos ni abstracciones válidas, ni conceptos estables, que cualquier cosa puede ser probada de modo empírico, que la objetividad consiste en el subjetivismo colectivo, que cualquier persona que desea ser auténtica, es auténtica, que cualquier persona que desea existir, existe, ‘siempre que un consenso así lo indique’.

Si usted quiere evitar el desastre final, es a este tipo de forma de pensar, a cada una de esas proposiciones, a las que usted debe enfrentar, analizar y rechazar. Entonces habrá captado la vinculación de la filosofía con la política y con los acontecimientos diarios de su vida. Se habrá dado cuenta de que ninguna sociedad es mejor que su basamento filosófico. Y entonces, parafraseando a John Galt, usted estará listo, no para volver al capitalismo, sino para descubrirlo.»


Disclaimer: Titulo a modo de sátira. Texto entrecomillado (« ») extraído del libro “Capitalismo, el ideal desconocido” (Capítulo 20 “El nuevo fascismo: Gobernar por consenso”, publicado originalmente en The Objetivist Newsletter, en mayo y junio de 1965.). Autora del texto y libro: Ayn Rand *.

* Ayn Rand. Autora de la novela “La Rebelión de Atlas”, además de “El Manantial”, “Himno”, “Los que vivimos”, entre otros.
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