LOS BESOS DE ROCÍO

Por las mañanas, cuando la luz no es calor y las escobas exfolian los restos de la noche, esperaba yo a Rocío. Cada vez que aparecía en la otra esquina era como si fuera la primera. Venía hacia mi, pero sin mirarme; saludando a caderazos las puertas de un pueblo dormido. Su maquinaria de piernas masticaba la minifalda y yo me mordía la boca.

Con mi cabeza escoltaba su taconeo y la muda percusión de sus pechos sin sostén. Bajo la camisa, los pezones pedían una guerra que ya habían ganado. La marea es turbia en carnes donde una mujer es madre y amante.

Roció se detenía detrás de mi, yo atrincheraba la cabeza en mis piernas. A los 13, no ver es no ser visto. Ella abría su cartera, prendía un cigarrillo que se fumaba a suspiros.

Me daba una patadita en la espalda y yo me hacía el sorprendido. Al levantar la cabeza me encontraba con los dedos temblorosos, entregándome lo que quedaba del cigarro, dos suspiros para ser preciso. Me miraba. Serafines de risas húmedas, sus ojos me envolvían en terciopelos verdes.

Me llevaba el cigarrillo a la boca, dejaba que mis labios se resbalaran en el labial que embarraba el filtro. Al exhalar, salía Hermes en alas de humo a vagabundear por los oídos de Rocío.

El tabaco se acababa y ella se perdía detrás de un portazo.

A muchos años y kilómetros del pueblo dormido, me encontré en la calle un caminito de cigarros a medio fumar, embadurnados de labial. Los recogí uno a uno, el hilo me trajo a esta cantina donde hace noches espero a Rocío.