A cinco minutos de las 11:00, Pausar — el café-restó ubicado en el edificio Santo Tomás Moro de la UCA — se encuentra casi vacío. Alguna que otra pareja compartiendo un café y un par de solitarios profesores corrigiendo exámenes son los únicos que ocupan la escena. Los cajeros charlan entre ellos relajados, saben que en minutos empieza el recreo y se retoma la actividad,

De un momento a otro, decenas de grupos de estudiantes entran al bar. Unos encaran directo a la cafetería, apurados ­porque saben que si no son rápidos la fila se va a extender. Otros se sientan en las mesas para reservar el lugar a sus amigos. Algunos directamente se van afuera para poder fumar o para no pasar frío.

También están los que hacen división de tareas. Es el caso de Inés Mayer y sus compañeras de administración de empresas. Ellas dicen ser ya habitués del café, por lo que tienen muy en claro cómo es la dinámica. Apenas llegan Teresa Keller y Mica Lanusse hacen la fila para comprar el café y la comida. Mechi Juri e Inés se sientan en algún lugar cercano a la televisión y cuando llegan las otras con aprovechan para salir a fumar. Terminado el cigarrillo vuelven y comparten el recreo las cuatro.

La razón por la que eligen ir a este bar es simple: “No hay muchas más opciones”. Aunque el lugar es agradable, la comida buena y variada­. Lo que más preocupa son los precios.

– Quince pesos una manzana me cobraron — se queja Inés.

– A mí $30 dos medialunas — aporta Mica.

– ¡14 pesos una mentita! — redobla la apuesta Mechi.

Por último, siempre que el clima acompañe, salen a sentarse un rato frente al dique antes de retomar las clases.

Las mesas afuera, clave para los fumadores

Algo menos común es encontrarse estudiantes sentados solos. Suelen juntarse de a dos o más, y cuando no tienen compañía simplemente compran el desayuno y vuelven a la clase. Delfina Díaz Alberdi, quien cursa el primer año de administración de empresas, justifica su soledad: “este es mi punto de encuentro con mis amigas del colegio generalmente, pero no las encuentro ahora”. A cada rato le echa una ojeada preocupada el teléfono: según cuenta durante la semana no ve mucho a sus ex compañeras y aprovecha los recreos para ponerse al día y charlar un rato.

También Delfi confiesa que aprovechó los sillones que se encuentran al fondo para dormir unos minutos los días que le cuesta mantenerse despierta. Para eso tiene que contar con alguien que le haga de alarma cuando termine el recreo, por eso la siesta pasa a ser una actividad grupal en donde se turnan con el fin de no perderse las clases.

Delfina buscando a las amigas

Ahora, a cinco minutos del fin del recreo el panorama es diferente. Los alumnos comen los restos de comida, tiran los papeles al basurero y de a poco van liberando la zona. La escena vuelve a ser la de media hora antes: las parejas compartiendo el café, los profesores corrigiendo exámenes y los cajeros charlando relajados, sabiendo que les queda por delante una tarde tranquila.

El bar, lleno de gente
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